Capítulo 23
Gideon
Serena no llegó hasta las dos de la madrugada. Y lo hizo totalmente perjudicada por el alcohol.
Ni siquiera fue capaz de abrir la puerta principal, causando un gran revuelo en el rellano, mientras luchaba por introducir la llave en la cerradura.
Así que, como logró despertarme, no dudé en ir a ayudarla y abrirle antes de que despertase a todo el maldito edificio.
—Ups, lo siento —se disculpó ella, con una sonrisita ebria curvándole los labios—. Creo que mi llave no funciona.
—Eso, o estás muy borracha —sugerí con la voz pastosa.
Me había quedado dormido en el sofá unas horas antes y ahora me dolía todo el maldito cuerpo.
Serena se balanceó sobre sus piernas, meditando mi respuesta. Finalmente se rio y se lanzó hacia mí, rodeándome con sus brazos.
—Siempre hueles tan bien —ronroneó, pegando la nariz a mi pecho—. Consigues que toda la casa huela a ti, es increíble.
Noté que las entrañas me temblaban al escucharla. Como si fuera una proeza lograr que mi olor se quedase impregnado por todos los rincones de mi apartamento.
—Anda, vamos; te llevaré a la cama.
—Espero que sea para poder montar un rodeo —dijo con voz sugerente.
Una carcajada escapó de mis labios.
—No, eso no ocurrirá.
—Aguafiestas —se quejó ella, y me abrazó más fuerte.
Como no decía nada, di por hecho que había tenido otro mal día.
Desde que se recuperó del esguince, pasaba mucho tiempo fuera de casa. Trabajando mano a mano con Frank, yendo al cine o simplemente visitando la ciudad como si fuera una turista más.
Estaba claro que Serena se sentía muy sola y era incapaz de hablar de ello.
—No lo pongas muy difícil —le pedí, rodeándole la cintura para llevármela hacia la habitación de invitados—, o te meteré en la ducha y cerraré la puerta.
—Cobarde.
Escondiendo una sonrisa, la acompañé hasta su habitación —aún se me hacía raro llamarlo así— y le ayudé a quitarse la ropa. Olía a whisky que echaba para atrás. Aunque eso no me detuvo cuando la dejé en ropa interior y fui a buscar un pijama.
—Siempre eres muy amable conmigo —dijo con ese acento griego tan marcado que le salía cuando no tenía que forzar el inglés.
La miré por encima del hombro, sin saber a qué se refería.
—¿Por qué lo dices?
—Porque me acogiste en tu casa sin pensártelo dos veces, y me cuidas y te preocupas por mí. Comprando mi café favorito, abasteciéndome con galletas y caramelo salado, abrazándome sin más... Eres el hombre perfecto.
—Lo dudo mucho. La gente debería ser amable por naturaleza.
Y aunque lo pensaba de verdad, me alegró descubrir que Serena notaba esos pequeños detalles que hacía porque quería. No esperaba nada a cambio, salvo que ella se sintiera cómoda en mi casa. Como si fuera parte de este hogar y una viajera que tarde o temprano se iría.
—Pero no es así. Nunca lo es —insistió ella. Hablaba arrastrando las eses y las emes, pero parecía más lúcida de lo que su cuerpo dejaba entrever—. Y tú eres demasiado cordial conmigo.
—Eso es porque te aprecio —dije sin pensar.
Serena abrió mucho los ojos. Se había apartado el pelo de la cara y ahora los mechones de su flequillo miraban en todas direcciones. Se lo peiné con los dedos cuando volví con ella y le di el pijama.
—Lo has lavado —apreció ella.
Solo tenía dos, así que procuraba que siempre tuviese limpio el de recambio.
—Sí. Como siempre.
La barbilla le tembló cuando acercó la prenda a su nariz y olisqueó con fuerza. Igual que un gatito.
—Huele como tú.
—Si tanto te gusta mi perfume, lo puedes usar —bromeé, sin saber cómo sentirme al respecto.
—No es tu perfume. Eres tú —insistió ella, sonando más como una griega que como una norteamericana. Y qué acento más bonito tenía—. Siempre eres tú.
Tragué saliva antes de quitarle la prenda y pasarla por su cabeza.
—Has bebido mucho.
—Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad. Tú lo dijiste.
Sí, pero prefería no pensar en eso.
—¿Por qué has bebido tanto? ¿Qué celebrabas?
—Nada. Es que últimamente me siento muy sola —reconoció en voz baja.
Le ayudé a ponerse también los pantalones del pijama.
—¿Quieres hablar de ello?
—No. Porque ya te he dicho que vamos a hacer un rodeo esta noche.
Una sonrisa perversa apareció en su rostro.
Parecía la maldita Elphaba, a punto de convertir todo a su alrededor en una intricada pesadilla de la que solo se podría salir si sacudías tus zapatos rojos un par de veces.
—Chica lista. Entonces empecemos por lo más importante: debes meterte en la cama.
—Sí, señor.
Por primera vez en su vida, Serena me obedeció sin rechistar. Tambaleándose y soltando alguna que otra risita coqueta, eso sí. Porque la borrachera no se le pasaría hasta que durmiera la mona.
—¿Vienes?
Me limité a sentarme en el borde de la cama.
—Intenta descansar un poco.
—¿Nada de rodeos, entonces? —hizo un puchero.
—Esta noche no.
Porque jamás me aprovecharía de ella estando borracha. Ni sobria. Si Serena de verdad quería acostarse conmigo —y, a juzgar por su insistencia, parecía que sí— entonces tendría que ser cuando el alcohol abandonase su sistema.
Por más tentadora que se viera esa noche, con el pelo revuelto, los labios pintados de rojo y los ojos brillantes como dos carbones encendidos, no le pondría un solo dedo encima.
—Eres muy aburrido.
—Lo soy.
—Tengo sed.
—¿Quieres que vaya por agua? —sugerí.
—No. Mejor quédate —se tiró sobre la cama y cerró los ojos—. Por si me da miedo quedarme dormida.
—¿Y por qué te daría miedo?
—Porque no dejo de soñar que lo pierdo todo —admitió, y sonó tan frágil como se veía.
Noté una sacudida en el pecho, como si me hubieran golpeado con fuerza.
—¿Te refieres al trabajo?
Serena no respondió de inmediato.
Llegué a pensar que se había quedado dormida, pero entonces negó con la cabeza y suspiró.
—Nunca sé dónde quiero estar. Todo es frustrante. Pensé que me haría feliz viajar y descubrir toda la historia de la humanidad que aún permanece oculta debajo de nuestros pies, pero entonces regreso a Manhattan y todo se enturbia. Odio esta maldita ciudad. Odio a Renato. Odio ser tan débil.
—No eres débil, Serena. Tener emociones es lo que nos hace más fuertes, en realidad.
—Eso lo dices porque eres psiquiatra —me acusó. Entonces abrió los ojos y me miró—. No te atrevas a analizarme.
—Ni se me ocurriría —repuse, alzando las manos a modo de rendición.
—Debes pensar que soy una inmadura por querer vengarme de tu hermano, ¿verdad? Lo fácil es lidiar con las consecuencias de mis errores y construir un camino mejor.
—No te juzgaría por querer recuperar lo que es tuyo.
Como no la había visto en todo el día, no le pude contar que ya tenía el ordenador en casa, para que ella hiciera toda la investigación necesaria. Pero es que tampoco estaba seguro de si aquello era lo mejor.
Aunque la decisión no fuese mía, seguía siendo mi hermano el que saldría perjudicado con la demanda. Y eso me colocaba entre la espada y la pared.
—Solía pensar que lo amaba, ¿sabes? A Renato —dijo de pronto, y sus párpados se cerraron de nuevo—.
Pero creo que solo era una forma absurda de aferrarme a la idea de que alguien me apreciaba y valoraba lo suficiente como para mantenerme a su lado toda la vida.
Como una familia pequeña y llena de cariño y respeto.
Y cuando me enteré de que me había puesto los cuernos y me había robado el trabajo de mis sueños, solo me sentí mal por lo último.
Ni siquiera me molestó que hubiese tenido una aventura con otra mujer.
No sentí nada. Solo un vacío que me congeló las entrañas. Entonces… ¿cómo iba a tratarse de amor?
Nunca me hubiese imaginado que Serena confesaría en voz alta sus sentimientos por mi hermano. Y mentiría si dijese que no me tranquilizó de sobremanera descubrir que nunca había estado enamorado de él. Como si fuese una pequeña victoria.
Joder, estaba siendo un completo capullo.
Que Serena hubiese querido o no a Renato no cambiaba en absoluto que fue su pareja y era mi excuñada. Y que estábamos siendo cómplices del mismo delito: robarle todo su trabajo y humillarlo delante de sus compañeros.
—Sí que le quería y le tenía cariño. Pero pasé más tiempo con Frank y contigo que con él. No habíamos construido ningún álbum de recuerdos que valiese la pena conservar. Así que eso me hace sentir miserable. Me hace dudar de si realmente estoy haciendo lo correcto.
—¿De qué hablas?
—¿Vale la pena vengarse de un hombre por el que no sentí nada? ¿Qué pasará si cuando lleve a cabo mis planes… no siento nada? ¿Y si estoy condenada a vivir hueca por dentro?, ¿como si no hubiese nada en el mundo que me llenara de verdad?
No lo pensé demasiado cuando me acerqué a ella, acorralándola contra el colchón, y besé su frente con suavidad.
—¿Sientes algo?
—Tu calor. Tu olor.
—Entonces no estás hueca por dentro.
Sus ojos se cristalizaron de pronto.
—Eres todo lo que él nunca podrá ser —murmuró, a punto de echarse a llorar—. Ese ha sido siempre tu problema. Que eras todo lo que deseaba… y nunca tenía.
Quise preguntarle a qué se refería, pero entonces Serena inspiró profundamente por la nariz… y se quedó dormida. Como si fuese tan fácil.
No me moví en unos minutos, comprobando si estaba bien. Si podía seguir con mi vida después de escuchar sus palabras. Palabras que me golpeaban como la lluvia contra el cristal en mitad de una tormenta.
¿Por qué coño todo tenía que ser tan difícil?
Me aparté después de cubrir su cuerpo con la sábana y apagar la luz. Al abandonar la habitación, noté que el agujero de mi pecho se agrandaba considerablemente.
No tenía tiempo que perder y, aun así, me pasé toda la noche dándole vueltas al mismo tema: ¿estaba haciendo lo correcto al vengarme de mi hermano?