Saga Sin Reglas Capítulo 22
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Capítulo 22

Gideon

Serena había dejado muchos de sus recuerdos en esa casa. Se notaba por todo lo que dejó atrás el día que, decepcionada con la actitud de Renato, se marchó sin ni siquiera llevarse la mayoría de su ropa, de sus zapatos y de sus fotografías familiares.

A pesar de ser una mujer independiente, de las que no necesitaban vivir rodeada de personas para sentirse plena y feliz, quería a su familia y viajaba a todos lados con sus recuerdos. Esas imágenes llenas de personas que sonreían a cámara mientras Serena los rodeaba con sus brazos.

Pero nunca regresó a casa de su ex para recuperar lo que quería. Probablemente porque le dolía todo lo que construyó entre estas paredes, confiando en que sería feliz, solo para luego ver cómo se transformaba en su peor pesadilla.

Mi hermano me permitió coger todo y meterlo en una caja de cartón. Como si fuera un oficinistas que debe despedirse de su despacho después de un montón de años trabajando allí.

La diferencia estaba en que Serena no me había pedido nada de aquello. Elegí por ella, y no estaba seguro de cómo se lo tomaría.

Serena:

Hey.

¿Qué tal la comida?

Leí el mensaje y sonreí por inercia. No sabía cómo le explicaría lo ocurrido. A lo mejor me ordenaba tirar todo a la basura.

Serena ya no era la misma mujer de antes.

En realidad, ninguno de nosotros lo era.

Gideon:

Bien.

Llegaré para la cena.

Serena:

Hoy voy a cenar con Frank.

Tenemos que hablar de algunas cosas.

Ah, claro. Serena solía salir con Frank a menudo. Era su mejor amigo y su abogado. Los dos tenían que ponerse de acuerdo antes de ponerle una demanda a Renato.

Solo de pensarlo sentía náuseas.

Gideon:

Pásalo bien.

Serena solo me respondió con un montón de corazones.

Habíamos pasado de mantener las distancias durante meses a acostarnos juntos y robar a Renato todas las pruebas. Dos cómplices del mismo crimen que terminarían muy mal si no llevaban cuidado.

Nada más acabar de sacar todo lo que había allí guardado, me dirigí al despacho de mi hermano y rebusqué entre sus pertenencias. Sabía que el ordenador de Serena debía estar allí. Siempre había trabajado entre esas paredes, oculta del mundo, totalmente concentrada en lo que se traía entre manos.

A diferencia de mi hermano, yo sí guardaba un montón de recuerdos de Serena en esta casa.

Recuerdos agridulces de nosotros viendo nuestras series favoritas, debatiendo sobre las noticias que leíamos en el periódico o simplemente bromeando sobre lo mucho que Renato amaba viajar.

También los había un poco menos intensos, como cuando Serena se frustraba porque no veía a su pareja tanto como quería o cuando empezó a sospechar que le era infiel.

A mí me estalló todo en la cara, igual que una bomba.

No existió posibilidad alguna de no verme en medio de los dos, como si fuera el hijo de unos padres a punto de divorciarse, tratando de elegir el camino más fácil.

Tratando de no alegrarme por el hecho de que Serena por fin rompiese con Renato y buscara algo mejor.

De no seguir viéndola en brazos de un hombre que no era yo.

Tan malditamente egoísta que aún no conseguía deshacerme de esa culpabilidad que llevaba tanto tiempo arrastrando.

¿Quién, en su sano juicio, querría oír cómo anhelaba a la mujer de otro hombre? Hasta la Biblia lo condenaba.

“No anhelarás a la mujer del prójimo”.

Vale, pues yo sí. Lo había hecho y lo seguía siendo.

Porque Serena me había robado el corazón y la cordura desde el primer momento en que la vi.

Frotándome la cara con una mano, traté de centrarme en lo que de verdad importaba.

Encontré el ordenador escondido en uno de los cajones de su escritorio.

Parecía funcionar todavía. Y, a pesar de no estar seguro de si seguiría conteniendo todos los documentos de la investigación dentro, lo cogí de todos modos y lo escondí en la caja.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Renato, apareciendo de pronto.

Noté el pellizco en mi estómago de nuevo.

—Buscando más cosas de Serena —dije como si nada.

—Aquí no hay nada —aseguró él, tranquilo—. Anda, vamos; Lina está a punto de llegar y no quiero que vea las cosas de Serena. Las estaba ocultando por algo.

Quizás ese es el problema: que escondes muchas cosas, pensé, alejándome del escritorio y siguiéndole hasta la entrada.

—¿Se pone celosa por esto?

—No quiere que la casa donde vamos a vivir esté impregnada de objetos de otra mujer —explicó como si fuera lo más obvio.

—Entiendo.

—Tampoco la voy a culpar por eso. Sé que está esforzándose para que todo salga bien.

—¿Y tú? ¿También estás poniendo de tu parte? —pregunté con fingida inocencia.

Renato resopló.

—Voy a dejar de viajar tanto solo para estar con ella y formar una familia. Creo que eso ya responde a tu pregunta.

No le cuestioné acerca de sus decisiones porque era muy consciente de que, en ocasiones, no se trataba de nosotros, sino de la persona que nos acompañaba.

Era absurdo preguntar por qué con unas sí y con otras no, dado que no todos estábamos en sintonía al mismo tiempo.

Y si Renato de verdad sentía que Lina era la indicada, me alegraba por él.

Así no pondría el grito en el cielo el día que descubriese que me había acostado con su ex.

—Sí, lo hace.

Renato me dio un par de palmaditas en la espalda.

—¿Quieres comer con nosotros el viernes? Así os conocéis mejor.

—Tengo guardia.

—Bueno, en otro momento será. —Renato se quedó mirando la caja con atención—. ¿Lo llevas todo?

—Sí.

Más de lo que debería, en realidad. Porque acababa de traicionarlo y él no lo sabría hasta mucho después.

—Gracias por haber venido. Hacía tiempo que no pasábamos tiempo en familia.

—Quizás se deba a que nunca estás por aquí —traté de bromear.

—Ya, es cierto —se rio él—. Llévate esto antes de que yo mismo lo tire a la basura.

Apreté más la caja contra mi pecho, protegiendo las pruebas de su delito, y asentí. No soltaría la maldita caja hasta llegar a mi apartamento.

—Ya te llamaré.

Abandoné su apartamento sintiéndome aún peor que unas horas antes.

Ya tenía lo que quería, pero... ¿realmente la valía la pena traicionarlo? ¿O era mejor convencer a Serena de dejarlo estar?