Capítulo 21
Gideon
—¡Por fin! —exclamó Renato nada más abrirme la puerta—. Pensaba que finalmente no vendrías.
Su abrazo fue mucho más reconfortante de lo que esperaba.
Renato solía ser cariñoso con la familia en general. Más conmigo que con ningún otro miembro. Pero solo porque pasó mucho miedo cuando éramos pequeños y me veía asfixiarme constantemente: cuando jugábamos, cuando dormíamos, cuando llovía.
Aun así, le di un par de palmaditas en la espalda, feliz de volver a tenerle por Manhattan. No solía quedarse demasiado. Su trabajo le obligaba a viajar constantemente durante unos meses, y nuestra relación se limitaba a mensajes, audios y llamadas puntuales.
—Había mucho tráfico —encogí uno de mis hombros—. ¿Qué has preparado?
—Tu plato favorito.
—Pues no huele a sushi —bromeé, dándole la botella de vino que compré por el camino—. Diría que huele a…
—Pasta al pesto rojo. Tu favorita —insistió, riéndose.
Sí, lo era. Mi madre era experta en preparar ese plato. Siempre que viajábamos a casa, nos lo preparaba.
—Gracias. Voy a pensar que estamos celebrando algo.
—Y así es —cabeceó él, dejando el vino sobre la mesa. Colocó ambas manos sobre sus caderas—. Voy a casarme.
Vaya.
Esperaba cualquier respuesta menos esa. Más que nada porque Renato ya estuvo a punto de casarse y le fue infiel a su exnovia. Serena, para mayor información.
No solo la dejó plantada a pocas semanas de la boda, sino que, además, le había robado su proyecto.
No me extrañaba que quisiera vengarse de él.
—¿Con Lina?
Renato arqueó una ceja, confundido.
—Sí, claro. ¿Con quién iba a ser?
—No sé. A lo mejor habías conocido a una mujer griega capaz de meterte en cintura —dije en tono jocoso, tratando de aliviar la leve tensión que se creó entre nosotros.
Mi hermano bufó.
—Que no te escuche Lina, por favor. Se sentiría abrumada por tu falta de emoción.
Exhalé un profundo suspiro y me acerqué a darle un abrazo.
—Sí que me alegro por ti, Renato. De verdad.
Simplemente no entendía la necesidad de casarse con una mujer con la que llevaba solo un año saliendo. Y a la que probablemente le fue infiel al principio.
Amaba a mi hermano, pero no era amable con las mujeres. Y eso siempre entraría en conflicto conmigo.
No entendía por qué no podía ser mejor persona con ellas. Cuidarlas y respetarlas. Y si no sentía nada por ellas, que por lo menos fuera claro.
—¿Seguro? Porque tendrás que ser uno de los padrinos.
Forcé una sonrisa y asentí con la cabeza.
—Claro.
—Bien.
Renato fue a por la fuente de pasta a la cocina y la dejó sobre la mesa, antes de sentarse conmigo. Olía bien. Como en casa.
—Siempre se te ha dado muy bien la cocina.
Él se rio.
—Pasaba mucho tiempo en la cocina, ¿recuerdas?
—Todos pensamos que te harías chef.
—Y al final terminé siendo un maldito arqueólogo. Ni tan mal.
El pellizco en mi estómago enturbió un poco mi ánimo.
No dejaba de pensar en Serena, en su petición. En su sufrimiento. En lo mucho que necesitaba recuperar su vida.
Él le había robado todo. Y yo no me quitaba eso de la cabeza.
—A veces echo de menos aquellos tiempos —confesó de la nada, removiendo la comida de su plato con movimientos perezosos—. Todo parecía más fácil cuando vivíamos con la familia.
—Sí —admití—. No había nada de lo que preocuparse.
—Excepto porque mi hermano decidió meterse a cura —los ojos de Renato brillaron con picardía—. Menos mal que te arrepentiste en el último momento.
—¿Me habrías confesado tus pecados si me hubiera hecho cura? —pregunté sin pensar.
Renato meditó la respuesta.
—Probablemente no. Por mucho que me amparase el secreto de confesión, no querría que supieras todas las cosas malas que hago y pienso.
Por lo menos era sincero en ese aspecto. Y yo tampoco me hubiera sentido cómodo descubriendo las peores facetas de mi hermano.
—Así que tienes cosas que ocultar…
—Como todos —encogió su hombro. Probó un poco de la pasta y gruñó—. Me ha salido deliciosa.
—Sí. ¿Ya le has cocinado a Lina?
—Algunas veces. Pero no le gusta demasiado la pasta.
—Y sabiendo eso te vas a casar con ella —traté de bromear.
—La quiero de verdad —hizo una pausa para beber algo de vino. De pronto se veía muy serio—. Te diría que es la primera mujer con la que puedo ser yo mismo.
—Dijiste lo mismo cuando conociste a Serena —comenté sin pensar.
Enseguida supe que había metido la pata. Era preferible que ella quedara fuera de cualquier conversación. Sobre todo, porque planeaba darle a mi hermano una estocada de la que tardaría en recuperarse.
—Todos cometemos errores.
—Eso no me parece un error. Realmente la querías, ¿no?
Mi hermano resopló, de pronto soltando sus cubiertos. Y eso solo significaba que estaba un poco irritado.
—¿Dónde pretendes llegar con esta conversación? ¿Quieres comparar una relación que lleva años muertas con la que pretendo que sea la definitiva?
—No realmente —encogí los hombros.
—Pues lo parece —gruñó él—. Serena no era la mujer indicada. Uno tiene derecho a saber rectificar antes de cometer el mayor error de su vida.
—Le pusiste los cuernos. Eso no se llama rectificar, sino hacer daño a otra persona.
Dios, parecía el escudo y la lanza de Serena Star. Como si no soportara que Renato la vapuleara incluso cuando no estaba presente.
—Vale, fui un cabrón. Lo admito. Pero tú tampoco te alteraste demasiado cuando todo pasó.
—¿Y qué querías que te dijese? —arqueé una ceja cuando escuché su tono de reproche—. Soy tu hermano, no tu amigo. Mis consejos pueden servirte hasta cierto punto. Por no hablar de que no hubiese cambiado nada, porque ya habías metido el rabo donde no debías.
—¿Estás enfadado conmigo porque te has hecho amigo de Serena? —acusó.
—No. No necesito que Serena sea mi amiga para decirte algo que ya sabes: metiste la pata con ella. Hasta el fondo.
Y yo también, quise agregar. Las manos me temblaron.
Me estoy acostando con ella a tus espaldas y sé que eso te sentaría fatal.
Pero no se lo dije. Porque era tan cobarde como él cuando se trataba de confesar nuestros errores.
—Lina es la mujer con la que voy a casarme. Serena no tiene cabida aquí.
—Vale.
—Lo digo en serio, Gideon. No quiero que ella se haga ideas equivocadas, como que voy a ponerle los cuernos o… —se quedó callado.
Pensé que iba a confesarme lo del proyecto. Cómo le robó meses de trabajo a Serena cuando rompieron. Pero no lo hizo.
—Ya me ha quedado claro.
Renato golpeó la mesa con la servilleta de tela después de limpiarse los labios.
—Joder, planeaba que esto fuera una comida tranquila, y tú has tenido que traer a colación a Serena. ¿También vas a llevarte las cosas que dejó en casa?
Esa información sí que me interesó de golpe.
—Sí —dije—. Creo que no dejó gran cosa.
—No. Diría que están todas en la habitación de invitados.
—¿Quieres que me las lleve en una caja? —probé. Eso ya me daba algo de margen—. Así Lina no las verá.
Renato se relajó de golpe.
—Sí, sí. Gracias.
—No es nada. Y siento haberte molestado con lo de Serena. Sé que ya no te importa.
Mi hermano hizo un gesto con la mano, restándole importancia.
—Aunque hay algo que no comprendo.
—¿De qué se trata?
—El otro día vino a la convención. Sigue pareciéndome raro, porque ya no trabajaba para la empresa que la organizó.
—¿Y qué esperas que haga? ¿Dejar de ir a ampliar sus conocimientos solo porque seas su ex? —intenté sonar burlón, pero las náuseas y los sudores fríos me tenían al borde de la arcada—. Estás actuando como un crío.
Se rascó la barbilla y asintió.
—Tienes razón. No hay por qué pensar mal.
—Pues no. ¿Comemos y me enseñas el anillo de pedida?
Necesitaba cambiar de conversación cuanto antes, o acabaría vomitando allí mismo.
Mi hermano acababa de darme la oportunidad perfecta para llevarme conmigo las pruebas de su traición y no sabía si sería capaz. Si dudaría en el último momento.
Renato era mi hermano.
Serena era… era… Joder, era muchas cosas. Pero no estaba seguro de si esas emociones confusas que siempre me ataron a ella pesaban más que el amor hacia Renato.
¿Y si estaba cometiendo el mayor error de mi vida?
—Claro —accedió Renato, con una sonrisa.
Y entonces volví a dudar.