Capítulo 20
Serena
Toda la habitación terminó caldeándose a medida que nuestras bocas se encontraban, todo dientes y lenguas y saliva. Ese hombre besaba tan bien. Joder, despertaba en mí un instinto egoísta que no sabía que tenía.
No quería que nadie más descubriera las maravillas que sabía hacer con su boca. Con sus manos. Con todo su cuerpo.
Era la primera vez que besaba a alguien en años y me había elegido a mí, como si fuera especial. Como si tuviera algo que las demás no. Y eso ponía a bailar mi corazón dentro de mi pecho.
—Quieta —insistió Gideon cuando abandonó mi boca y bajó mi cuerpo con besos húmedos—. Recuérdalo.
Tragué saliva y asentí.
Toda la cara me ardía cuando miré sus ojos azules ocultos tras un par de mechones salvajes que le caían por la frente. Húmedos por el sudor y la ducha reciente.
Gideon tiró de mi camiseta y de mis pantalones, desnudándome por completo. Dejándome solo en bragas. En algunas partes de mi cuerpo, aún sentía esa mancha pegajosa que había dejado el caramelo salado. Y como si él aún estuviera pensando en eso, fue a la cocina y trajo consigo el bote.
Una sonrisa ladina curvó sus labios.
Parecía mentira que fuese el mismo Gideon tranquilo y amable de siempre. Porque quien se acomodó entre mis piernas no estaba dispuesto a acariciarme el empeine y darme un masaje; sino comerme de la cabeza a los pies y desarmarme pieza a pieza.
Cómo me gustaba ser testigo de algo así. Un hombre tierno y bondadoso que dejaba de serlo en la cama solo por mí era un hombre peligroso.
Y yo amaba correr riesgos en cualquier ámbito de mi vida.
Gideon dejó caer un poco de caramelo salado sobre mis pechos y mi abdomen, solo para lamer justo después. El contraste del frío dulce con su boca cálida hizo que mi piel se estremeciera por cada rincón.
Fue cuestión de tiempo que estuviera mojada y desesperada por que me tocase un poco entre los muslos. Me daba igual si era con su boca o con las manos; pero necesitaba algo de fricción.
Sin embargo, Gideon no me dio en absoluto lo que quería. Se dio un festín conmigo digno de un rey.
Amasó y mordisqueó mis pechos en tanto su boca se abría paso por la curva de mi cuello. Añadiendo más marcas a las que ya me había hecho con anterioridad.
De mi boca solo salían gemidos y jadeos, y un montón de súplicas contenidas. Costaba mucho mantenerme quieta, sumisa, cuando solo quería empujarlo y montarlo. Romperle de la misma manera que él me rompía a mí.
—Tan deliciosa…
Mis pezones endurecidos se volvieron más sensibles en su boca. Gideon ideó un plan malvado en el que los atrapaba entre los dientes y los acariciaba con su lengua en círculos. Luego apretaba un poco y soltaba. Todo el tiempo llevándome al límite.
Y cuando pensé que alargaría más la tortura, tiró de mis bragas y separó mis muslos con una de sus piernas.
—Mírate, toda mojada para mí —murmuró Gideon, deslizando los dedos sobre los pliegues de mi coño—. ¿Quieres correrte, dolcezza?
—Sí —jadeé—. Sí, joder.
Quería todo de él. Todo.
Su boca, sus manos, su polla.
Todo.
Estaba tan desesperada que me valía cualquier cosa que él me diese con tal de correrme. Y Gideon lo sabía. Lo leía en mi cara como si de un libro se tratase.
Y menos mal que fue generoso al no mantener más la expectación, lamiéndome desde el valle que formaban mis pechos hasta mi sexo húmedo, cubriéndolo con toda su boca de manera jodidamente placentera.
Gemí fuerte y llevé ambas manos a su pelo, tirándole con fuerza.
Gideon me castigó al succionar un poco mi clítoris, quizás con más fuerza de la necesaria, y luego mordiendo la cima de mi pubis.
—Tranquila, dolcezza. Te tengo.
Eché la cabeza hacia atrás, sintiéndome una marioneta cuando comenzó a lamer mi coño en lentas pasadas. Gideon era un maldito provocador y a mí me encantaba.
Apoyó una de mis piernas sobre su hombro y se acomodó mejor, deslizando un par de dedos en mi interior al mismo tiempo que su boca devoraba mi coño sin piedad. Era tan bueno, tan hábil, que me catapultó al límite incluso antes de lo esperado.
Pero me contuve tanto como fui capaz, tirándole del pelo, gimiendo su nombre y retorciéndome de placer sobre el sofá.
Eso parecía incentivarlo más, porque no dejaba de atormentar mi clítoris con la lengua.
Lentas y rápidas caricias húmedas que iba intercalando con los envites de sus dedos.
Y justo cuando el orgasmo se arremolinaba en mi vientre, los curvó lo suficiente para adelantar su premio.
Llevándome al borde de la locura en un orgasmo devastador.
Gideon no se apartó de ahí hasta que el último temblor desapareció de mi cuerpo y mis caderas, antes elevadas, se volvía a posar sobre los cojines de cuero.
Sofocada y con la cara ardiéndome, clavé los ojos en él en una súplica velada.
Quería más.
Lo quería a él completamente.
—Buena chica. Veo que eres muy obediente.
Soplé de manera que un mechón de pelo oscuro se apartó de mi cara y no tardé en lanzarme contra él, empujándolo hasta que quedó sentado en el sofá.
—¿Obediente? Solo te estaba usando para mi propio placer —gruñí, alzando un poco su barbilla con el dedo. Gideon me miraba con los ojos oscurecidos de lujuria—. Y seguiré haciéndolo un poco más.
Cubrí su boca con la mía en un beso desesperado que se alargó más de lo necesario. Su sabor y el mío crearon una mezcla perfecta en mi paladar.
Gideon gimió bajo, apretando mi culo desnudo con sus manos. Como si no supiera qué más hacer, salvo acariciarme una y otra vez.
—Dime que tienes condones por algún lado… —dijo él, con la voz ronca.
—No, pero estoy limpia. Y sé que tú también. Tomo la píldora —agregué, por si acaso.
Gideon, con los párpados entornados, asintió y me permitió sentarme ahorcajadas sobre él.
Los dos gemimos al mismo tiempo.
—Estás muy vestido aún.
—Tendremos que ponerle remedio.
Sonreí por inercia al ver que tiraba de sus pantalones de pijama lo suficiente como para liberar su polla. Dura y con la punta brillante, se quedó atrapada entre los dos.
La tomé con la mano, acariciándolo lentamente. La respiración de Gideon se agitó cada vez más y más. No apartaba la mirada de mí, ni siquiera para mirar hacia abajo; hacia su polla atrapada entre mis dedos.
Me incliné y lo besé con fuerza, totalmente ansiosa. Él correspondió enseguida a mi beso con la misma pasión. Con el mismo deseo chisporroteando en las venas.
Qué deliciosa locura estábamos compartiendo.
—Necesito que me folles —declaré contra su boca—. Duro y fuerte.
—Joder, Serena.
Podría haberme regodeado más en lo desesperada que sonaba su voz, pero no lo hice. Porque Gideon rodeó mi cintura, me levantó un poco y cubrió mi mano con la suya para alinear su polla antes de dejarme caer sobre ella de una sola vez.
Me sentí tan llena, tan estirada, que mi espalda se arqueó en respuesta a su invasión. Decenas de escalofríos bajando por mi espina dorsal en un delicioso anticipo por lo que estaba por llegar.
Un gemido brotó de mis labios cuando Gideon apoyó la frente en mi hombro, luchando por recuperar el aliento perdido. Lo acaricié por la nuca, percibiendo sus temblores.
Él llevaba mucho más tiempo que yo sin estar con otra persona. Acababa de romper su celibato de la forma más contundente posible. ¿Y si se arrepentía? ¿Y si de pronto me alejaba y se marchaba a su habitación?
Tal vez había sido muy brusca con él al empujarlo hacia su límite.
—Dame un momento —dijo él, casi suplicó, sin moverse—. Es… demasiado.
Relajé mi postura de inmediato. Ese hombre no iba a ir a ningún lado, pero las emociones lo estaban consumiendo desde todos los francos y eso debía ser abrumador.
Besé su cuello y su mentón a modo de respuesta. Todo estaría bien, porque no lo juzgaría ni lo condenaría.
Cuando pasaron un par de minutos, Gideon rodeó mi cintura y me permitió moverme a mi antojo.
Al principio lo hice lento, disfrutando de cada centímetro de él que se deslizaba fuera y dentro de mí. Una fricción exquisita que ponía a prueba la resistencia de mi cuerpo.
Estaba colmada hasta lo más profundo de mi ser y, aun así, mi cuerpo suplicaba por más.
Apoyada en sus hombros, reboté sobre su polla a un ritmo lento y profundo. Arrancándole gemidos y jadeos. Y cuando por fin noté que mi cuerpo cedía a su grosor, a su invasión, aceleré los movimientos de mis caderas. Tomando todo lo que me ofrecía.
Gideon besaba mi cuello, mi mentón, mis hombros… Lamía el trazo recto de mis clavículas y pellizcaba mis nalgas con sus manos, instándome a seguir. A no detenerme. A llevarnos a esa deliciosa locura que suponía el orgasmo.
Con la cabeza ladeada hacia un lado, el pelo cubriéndome parte del rostro y resbaladiza por el sudor no dejé de follármelo hasta que los muslos me temblaron por los calambres que me casaba la postura.
Y ni aun así cedí.
Quería esto, joder.
Lo quise durante muchísimo tiempo.
—Córrete para mí, dolcezza —murmuraba Gideon, con su boca pegada a la piel de mi hombro—. Déjame sentir cuánto lo estás disfrutando.
Seguí cabalgándolo hasta que ya no pude más. Gideon me ayudó a seguir alargando aquel placer indiscutible que nos azotaba como relámpagos. Todo suspiros y jadeos y besos desesperados que compartíamos cuando conseguíamos acortar la distancia entre ambos.
Gideon introdujo una de sus manos entre nosotros y acarició en círculos mi clítoris, ayudándome a viajar más rápido hacia el orgasmo.
Murmuraba frases cortas, totalmente obscenas, mientras abandonaba algún que otro beso en mi cuello y mi boca.
No tardé demasiado en correrme, apretándolo con las piernas y los brazos.
Espasmo tras espasmo sacudiendo mi cuerpo.
Él me sostuvo con fuerza y me siguió poco después, gimiendo alto. Grave. De una manera tan pornográfica que hasta mi vientre se sacudió por ello.
Cuando finalmente acabamos, me dejé caer hacia atrás, sobre el sofá, y lo atraje conmigo.
Gideon apoyó la cabeza sobre mi pecho, en silencio.
No había esperado terminar el día de esa manera, desnuda y empapada, totalmente llena de marcas y con su semen escurriéndose entre mis muslos. Pero tampoco me importó.
Perder el norte y el sur se me daba genial. Con los hombres, sobre todo.
Y Gideon me gustaba demasiado como para mirar hacia otro lado.
Si solo nos quedaban esos momentos de placer antes de que traicionara a su hermano y yo recuperase mi trabajo, entonces lo aprovecharía al máximo.
Aunque me jodería perderme todo lo que tenía que dar.