Capítulo 19
Serena
Amaba el caramelo salado.
Como dulce, era lo mejor. Un contraste de sabores que explotaba en tu boca y te hacía estremecer de placer.
Por eso, después de ir a ver a Renato hablar de su última investigación y sus proyectos futuros, pasé por el supermercado más cercano y me hice con un alijo de comida basura que me ayudase a rebajar el nivel de ansiedad que me azotaba con la furia de mil tormentas.
No soportaba a Renato.
Era un imbécil, un mentiroso y un ladrón.
Aún me sorprendía a mí misma preguntándome por qué cojones me enamoré de él en el pasado. Por qué soporté que me pusiera detrás de él, pero nunca a su lado. Como si no fuéramos iguales. Como si tuviera que opacarme todo el rato.
Y cuando escuché el orgullo con el que hablaba en la convención, rodeado de personas que lo admiraban, me sentí atacada por un cúmulo de náuseas y rabia que me dejó fuera de juego.
Ni siquiera fui capaz de hablar con él o echarle en cara que jugase a la carta de triunfador cuando esa investigación era solo mía. Me acobardé en el último momento, temblorosa y con los músculos agarrotados. Salí corriendo por temor a que él me confrontara y yo no supiera ponerlo en su sitio.
Esa derrota me perseguiría durante mucho tiempo.
Escuché la puerta de casa abrirse y noté un escalofrío bajando por mi espalda. Todavía me quedaba enfrentarme a Gideon. Y a él le tenía mucho más respeto. Porque me había pasado todo el maldito día sufriendo las consecuencias de haberme dejado llevar con él.
Mi cuerpo prácticamente suplicaba por tener sus grandes y suaves manos otra vez encima. Su boca sobre mi coño y su cabeza apretada contra mis muslos.
Parecía mentira que ese hombre, que carecía de práctica, supiera comerse a una mujer mucho mejor que muchos que follaban casi cada semana.
—Buenas noches —saludó Gideon al asomarse en la cocina y verme allí, envuelta en un montón de botes y bolsas—. ¿Has hecho la compra?
—Algo así —encogí un hombro—. Necesitaba algo dulce.
—Ya veo. Voy a ducharme —informó.
—Genial.
La imagen de Gideon desnudo, en la ducha, me golpeó tan fuerte que mi primera reacción fue meterme una de las mini galletas de la bolsa abierta en la boca. Mastiqué casi con rabia, porque se suponía que debía estar furiosa con Renato, no con Gideon.
Pero el calor que invadía mi cuerpo no era por enfado, sino por lujuria.
Me atraía Gideon y eso era innegable.
Ya lo hacía en el pasado, aunque siempre traté de aferrarme a la idea de que me recordaba a Renato de alguna manera. Porque ambos tenían el mismo color de ojos, la misma altura. Aunque ahí acababa todo.
¿Quién no había fantaseado con tirarse a su cuñado? Seguro que no era la única. Las fantasías no eran un problema, siempre y cuando se tuvieran a buen resguardo y no se llevaran a cabo.
Pero yo me había enrollado con dos hermanos… después de obligar a uno de ellos traicionar al otro.
Me estaba luciendo.
Seguí masticando galletas con cierta ansiedad hasta que Gideon volvió a aparecer por la puerta, con el cabello húmedo y desordenado, las mejillas enrojecidas y ropa de deporte cómoda.
—¿Qué tal el día? —pregunté, más por llenar el silencio que por otra cosa.
—Cansado. ¿Y el tuyo?
—Regular.
—Renato me llamó antes.
—Oh, mierda —dejé ir—. Te ha dicho que me vio.
—Sí.
Mordisqueé la esquina de mi labio inferior, sintiéndome culpable. Aunque no tenía por qué.
Era una mujer libre y tenía permitido ir a donde me diese la gana.
—¿Te echó la bronca?
—Más o menos —dijo él, con tanta tranquilidad que no ayudó a que me relajase por completo. Gideon jamás me culparía por ello, y eso era injusto—. ¿Por qué fuiste a la convención?
—Porque necesitaba convencerme a mí misma de que estaba eligiendo este camino por un buen motivo, y no por un berrinche —respondí con sinceridad—.
Hoy me reuní con Frank, mi abogado, y sentí que igual me estaba precipitando.
Que no importaba demasiado. Tal vez podría dedicar mi vida a otros ámbitos, escribir un libro, buscar otro hallazgo…
Pero luego vi que Renato estaba en esa convención y noté que el corazón me explotaría si no me lo cruzaba, y me aseguraba de que él es consciente de que está disfrutando del fruto de mi trabajo.
La expresión de Gideon se suavizó. Ese hombre era demasiado empático.
Pero su empatía, en ese momento, me ayudó a sobrellevar mis emociones. Llevaba todo el día subida a una montaña rusa y estaba cansada de dar vueltas.
—Ya veo. ¿Y te sirvió?
Eché un vistazo a todas las porquerías que había comprado en el supermercado… y negué con la cabeza.
—No demasiado.
—Tal vez deberías tomarte un descanso.
—Sí, eh.
Agarré el bote de caramelo salado y hundí en la cuchara en él antes de llevármela a la boca. Por el camino, varios hilos descendieron por mi barbilla y mi escote, manchándome toda. Dejándome pegajosa.
Era lo que tenía ser una ansiosa, supuse.
Estaba dispuesta a limpiarme cuando una mano grande y cálida me lo impidió. Gideon se había acercado demasiado a mí, con los párpados entornados, y me arrebató la posibilidad de apartar aquel caramelo de mi piel antes de que se hiciera una costra.
Pensé que solo quería ayudarme, ser generoso. Después de todo, se pasaba los días vigilando que no faltase de nada en esa casa; que siempre tuviera algo de comida hecha y toallas limpias en el baño.
Pero nada más lejos de la realidad.
Gideon se inclinó hacia mí, lamió el caramelo de mi barbilla y bajó por mi cuello, arrancándome un jadeo de sorpresa de los labios, hasta culminar en la uve que formaban mis pechos.
Ahí se esmeró más en limpiar, usando la lengua y los labios y los dientes.
Como si quisiera asegurarse de que no se me quedaría pegajosa la piel después de que él se apartara.
—Gideon…
—Antes de que me lo eches en cara, solo voy a decirte que no he parado de pensar en todo el día en ti. Que tenía planeado ignorar lo que pasó ayer, por el bien de los dos, pero soy incapaz. Porque te tengo cerca y mi juicio se nubla.
Apreté los labios, sin saber muy bien cómo expresar lo que sentía.
De alguna manera, me tranquilizó saber que no era la única que deseaba más. A la que no le importaba demasiado quiénes fuéramos o quiénes habíamos sido en el pasado, porque el presente era mucho más interesante.
Hundí los dedos en su cabello oscuro y suave para acercarlo más; sorprendiéndome al ver un par de canas ahí, escondidas entre sus mechones. Tan malditamente sexy.
—¿Quién ha dicho que fuera a quejarme? —pregunté en voz baja, divertida—. Solo iba a decirte que me hacías cosquillas.
No, no era verdad. Pero ¿qué importaba?
Como si estuviera hecha de leña y él fuera fuego, mi cuerpo se encendió ante su simple cercanía. Ardiendo hasta el tuétano de los huesos mientras me sostenía de la cintura con sus amplias manos.
De haberlas tenido un poco más grandes, habría podido juntar los dedos alrededor de mí. Y eso me puso más cachonda que ninguna otra cosa.
Agarré el bote de caramelo salado y dejé caer más hilos sobre mis pechos, mi cuello… y también sobre su boca. Una sonrisa ladina apareció en mi rostro al oír su queja.
Si quería dejarse llevar, sería bajo mis condiciones. Porque estaba cansada de conformarme con migajas cuando quería la tarta entera.
Lo tomé del mentón y deslicé mi lengua sobre su boca. El caramelo explotó en mi paladar. Gideon hundió más los dedos sobre mi cintura, acorralándome entre su cuerpo y la encimera, sin dejar de frotarse contra mí.
Ya estaba duro, y todavía no lo había tocado.
Vaya portento.
Con mi vanidad femenina floreciendo como si estuviéramos en primavera, seguí con aquel juego. Permitiendo que Gideon me limpiase con la boca y los labios antes de ser yo quien hiciera lo mismo en los lugares más interesantes de su cuerpo. Al menos, a los que tenía acceso.
En cuestión de minutos, con la respiración errática, los dos nos habíamos dedicado a marcar al otro como si fuéramos ganado. Marcas rojas en su cuello y en el mío, en sus clavículas, en mi mentón. Marcas que tardarían un par de días en borrarse.
Una lástima.
—¿Quieres cuidarme, Gideon? —pregunté cuando terminó con el último hilo de caramelo salado que había sobre mi garganta.
Noté que se estremecía ante mi pregunta y que su mirada se oscurecía aún más por el deseo.
Qué interesante.
—Llévame a la cama, por favor.
Gideon no tardó en sostenerme con fuerza y tirar de mí hacia el sofá. Fruncí el ceño, porque pensaba que me haría caso. Pero, al parecer, él tenía otros planes.
Al acomodarme sobre los cojines, no me quedó de otra que rendirme por completo a lo que sea que Gideon tuviera en mente. Porque quería y me apetecía, y mi cuerpo bullía de expectación.
—Te vas a estar quietecita mientras me ocupo de ti, ¿de acuerdo? —dijo con la voz enronquecida—. No me importa si me tiras del pelo o te retuerces, pero no te apartes.
Repasé mis labios con la lengua al mismo tiempo que asentía.
—Bien. Pues vamos a hacer que te relajes por completo, dolcezza.