Capítulo 18
Gideon
—Ahora podré meterme contigo siempre que quiera —comentó Brady cuando nos acercábamos a la sala de descanso del personal—. Pensaba que cometerías el error de caer en la tentación, pero no por la puerta grande.
Esa misma tarde, mientras trabajábamos juntos en el mismo turno, me vi en la obligación de contarlo lo que había pasado entre Serena y yo. Sobre todo, porque Cayden no dejó de repetirme que estaba haciendo el imbécil y que iba a pagar caro el haberme dejado llevar por la tentación.
Y lo decía él, claro. El mismo tío que se acostó con la hermana de su mejor amigo solo porque eligió pensar con la cabeza equivocada.
Aunque no dejaba de tener razón en una cosa: y es que ya me había arrepentido.
No porque Serena fuese a tratarme con la punta del pie, o porque fuera mi ex cuñada; sino porque era la mujer que pretendía arruinarle la vida laboral a mi hermano. Y eso lo complicaba todo muchísimo más.
—Ya ves. Soy de los que pecan a lo grande —traté de bromear.
Brady se sentó en su sillón de siempre, café en mano, y me dedicó una mirada tranquila.
—¿Has hablado con ella sobre lo ocurrido?
—No —reconocí, dejándome caer sobre el respaldo de una de las sillas—. Salió esta mañana temprano y no la vi.
Y tampoco sabía qué decirle.
No estaba nada acostumbrado a dejarme llevar con una mujer y luego dejarla ir a casa. Hacía años que no tenía ese tipo de intimidad con otra persona. El sexo me quedaba muy lejos. Y todo lo que lo envolvía, aquel extraño silencio posterior a un orgasmo, también.
—¿Y planeas repetir?
Lo primero que vino a mi mente era que no. Por supuesto que no repetiría.
Pero luego recordé cómo se deshizo en mi boca, cómo su cuerpo temblaba con violencia cada vez que la acariciaba o la lamía… y ese control se hizo pedazos. ¿Cómo se resistía uno a la tentación?
Si hablábamos de pecados, yo estaba muy puesto en el tema.
Y ahora que ya había cometido le peor de todos, quería seguir haciéndolo.
—Estás disfrutando con esto, ¿verdad? —traté de bromear, de desviar el tema.
Brady encogió uno de sus hombros.
—Me ayuda a no pensar mucho en mis cosas. Es más divertido si te torturo a ti que a mí.
—¿Lo dices por Frank?
Desde que se cruzaron allí, en el hospital, unos días atrás, no había dejado de notar cierto nerviosismo en los movimientos del doctor Brady. Como si no supiera gestionar muy bien ese reencuentro.
Tantos años enamorado de un hombre al que no podía ni quería tener lo dejaban a uno exhausto. Y Brady era el claro ejemplo de ello.
La historia de esos dos parecía sacada del guion de una película hollywoodiense que pretendía hablar del peligroso camino que uno recorría cuando perseguía un amor imposible. Más o menos como Serena y yo.
Solo que Serena no estaba enamorada de mí, sino de su trabajo.
Y jamás sentiría que se le encogía el estómago al pensar en mí.
—Nunca pensé que Nueva York fuera tan pequeña como para que nos volviéramos a cruzar.
—Trabajas en un hospital —le recordé—. Existían muchas posibilidades de que te lo cruzaras por urgencias alguna vez.
—Lo sé. Pero han pasado algunos años y ya había dado por hecho que no sucedería.
—¿Y si hablas con él?
Brady hizo una mueca.
—No. De ningún modo.
—Quizás sea lo mejor —traté de hacerle entender, acercándome finalmente y sentándome a su lado—. Os quedó una conversación pendiente.
El rostro de Brady se contrajo por el dolor de los recuerdos.
—Preferiría seguir con esta tranquilidad que me envuelve. El amor no siempre ayuda a superar todos los obstáculos.
Lo dijo con algo más de seriedad, de contundencia, y por eso opté por no presionarlo.
Brady y yo éramos muy parecidos en ese aspecto. Optábamos por ser prácticos, por dejar a un lado las emociones. Al haberlo practicado durante años entre las paredes del hospital, se nos daba francamente bien esconder el sufrimiento bajo capas y capas, en el interior de nuestro corazón.
Que nos lleváramos tan bien no era casualidad. Las personas afines solían construir un puente en común por el que caminaban de vez en cuando, seguros de que no se caerían jamás.
—Doctor Brady, tiene un paciente en el box ocho —le informó una de las enfermeras, asomando la cabeza por la puerta.
—Voy —se levantó con tranquilidad y me miró—. Hablamos luego.
—Bien.
Pero no quería seguir charlando acerca de Serena. Porque no había nada más que discutir. Lo mejor era fingir que nada había pasado entre nosotros y esperar a que ella se marchara de nuevo a Grecia, a Egipto o donde eligiera quedarse a trabajar una vez recuperase su reputación.
Mi teléfono sonó en ese momento, y como si lo hubiese invocado, vi el nombre de mi hermano reflejado en la pantalla.
—¿Qué pasa? —pregunté nada más descolgar.
—¿Por qué no me habías dicho que Serena estaba en Manhattan? —soltó de sopetón, enfadado. Alterado.
—¿Cómo sabes tú…?
—Porque ha venido a la charla que he dado hoy. Era una convención donde íbamos a estar unos cuantos historiadores y la he visto ahí, en primera fila, lanzándome cuchillos con la mirada.
Vaya, eso sí que no me lo esperaba.
—¿Y por qué das por hecho que yo sabía que ella se encontraba aquí?
—Porque me ha dicho que habláis mucho.
Joder, Serena; podrías haberte callado, pensé, presionando el tabique de mi nariz con ambos dedos.
—Lo siento. No lo vi necesario.
—Habría estado bien —siguió diciendo Renato, sin rebajar el tono.
—¿Para qué? —solté sin pensar, aún con los ojos cerrados y el teléfono pegado a la oreja—. Ni siquiera te importaba hace dos semanas. ¿Ha sido desagradable contigo o qué?
—No, porque no hemos hablado. Pero prefiero no tenerla cerca.
Claro que no quería, porque era una bomba de relojería que no estaba seguro de cuándo explotaría. Y a Renato no le gustaba ser consciente de ello.
—¿De qué tienes miedo, Renato?
—De nada —dijo de inmediato—. Es solo que… Mira, sé que te cae bien Serena, y lo respeto.
—No, no lo haces.
Renato resopló al otro lado de la línea.
—Vale, no. Pero sé que eres un hombre libre y no soy nadie para exigirte que dejes de hablar con mi ex. Eso sería inmaduro.
—Gracias por verlo —repuse, algo irónico.
—El problema es que sé que Serena no es… No es el tipo de mujer que perdona y se olvida de lo que pasó. ¿Y si está tratando de acercarse a mí con la idea de joderme mi actual relación?
Una carcajada brotó de mis labios incluso antes de que fuera consciente de lo cómica que sonó su pregunta.
—Dime que no estás hablando en serio.
—¿Por qué?
—A Serena le importa un carajo tu relación. Diría que ni sabe que tienes novia.
—¿Y cómo estás tan seguro? ¿Tan cercanos sois? —como no respondí, Renato resopló—. Ya veo, tengo al enemigo en casa.
Pues más o menos, sí.
Sacudí la cabeza y decidí redireccionar la conversación hacia otro lado.
—Los dos habéis superado al otro. Quizás ni sabía que ibas a estar en esa convención. ¿Y si la invitaron y no quería hacerles el feo? Ella trabaja en lo mismo que tú y escribe muchos artículos a lo largo del año para revistas especializadas.
Eso ayudó a que se relajase porque, en lugar de seguir insistiendo en una supuesta venganza de Serena —lo cual era cierto, más o menos—, se relajó un poco al suspirar y hablar en un tono tranquilo.
—Vale, sí. Tienes razón. Es que me cabrea mucho.
—No veo por qué.
—Da igual —le restó importancia. Renato no planeaba compartir conmigo su sucio secreto—. ¿Mañana vendrás a casa?
—Sí, claro.
—Genial. Hablamos entonces.
Colgué con la sensación de que estaba caminando al borde de un acantilado por culpa de esos dos. Y si daba un paso en falso, me caería y acabaría herido por el resto de mis días.
Tampoco es que eso fuera a frenarme, porque me había comprometido a ayudar a Serena y también porque confiaba en que Renato fuera justo con ella.
Pero el dolor de cabeza me azotó casi de inmediato.
Qué difícil era tener cariño por dos personas tan opuestas y al mismo tiempo tan idénticas.