Saga Sin Reglas Capítulo 17
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Capítulo 17

Gideon

La sangre no me llegaba al cerebro. Era una realidad.

Tampoco la necesitaba a esas alturas. Sobre mi cama, totalmente desnuda, se encontraba una Serena sonrojada y sudorosa que parecía dispuesta a saciar su hambre a como diese lugar.

Menuda fortuna la mía.

Aquella mujer era una diosa recién esculpida por las mejores manos. Toda curvas, piel oscura, caderas anchas, muslos llenos, pechos generosos… y una melena negra que se desparramaba por su cara y se pegaba a su frente debido al sudor.

Solo bastó un par de lametones a ese precioso coño suyo para hacerme caer de rodillas frente a ella.

Una delicia.

Una delicia sumamente peligrosa.

—¿Por fin se me permite hacer de las mías?

—todavía sofocada, con los muslos húmedos y la piel brillándole bajo los focos, Serena sonrió de medio lado sin dejar de moverse por la cama.

Gateó hacia mí sin dejar de mirarme con esos ojos preñados de lujuria, capaces de hacer arder el mundo entero si se lo proponía—. Qué… amable de tu parte.

—Serena…

—Cállate —chistó ella, rozando con las yemas de los dedos mi erección. Al arrancarme un gemido ronco, sonrió todavía más—. ¿Nunca te han enseñado que las damas van primero?

—Por eso mismo te he devorado. Hubiese sido descortés de mi parte hacer esperar.

—Pero quería esto —agarró mi polla por la base, sonsacándome otro jadeo—, y no me lo has dado.

—Ahora eres libre de hacer lo que quieras.

—A Dios damos gracias —repuso, burlona, antes de saborear la cima de mi miembro con una lenta pasada de su lengua.

A elocuente no la ganaba nadie, todo había que decirlo.

Mantuve la mirada fija en ella, todavía apoyada sobre sus rodillas y una de sus manos, mientras con la otra acariciaba lentamente mi polla.

Hacía tanto tiempo que no me dejaba arrastrar por la lujuria que ya no sabía cómo sentirme.

Todo mi cuerpo pesaba más que de costumbre, el aire que llegaba a mis pulmones era cálido y denso, y sentía que me correría en cualquier momento.

Como un maldito adolescente de quince años viendo una porno en su habitación.

Y no es que Serena ayudase demasiado. Cada uno de sus movimientos, cada una de sus miradas, enviaba escalofríos a mi espina dorsal y una dolorosa sensación de ahogo a mis pulmones.

Era preciosa.

Tenía que ser un sueño. Un sueño húmedo del que despertaría en cualquier momento. Y, al abrir los ojos, descubriría que había manchado mis pantalones.

Pero no, allí estaba ella, enseñándome lo que esa boca y esas manos eran capaces de hacer.

Cerré los ojos un momento cuando envolvió el glande con sus labios. No era la primera vez que tenía el placer de recibir un beso húmedo de su parte y, aun así, consiguió estremecerme y hacerme gemir como la vez anterior.

—Serena…

Sin resistirme en esta ocasión, tomé su pelo oscuro entre los dedos y tiré suavemente.

Ella gimió, introduciéndose todavía más mi polla en la boca. Se la encajó hasta la mitad, y respiró con dificultad. Hice ademán de alejarme, pero ella no quiso; dándome un manotazo para que la dejase tranquila.

Sonreí a pesar del calor que se apoderaba de todo mi ser.

Entonces la miré… y supe que estaba jodidamente perdido.

Serena se alejó un instante, cogió aire y volvió a metérsela en la boca. Esta vez lo hizo por completo. La cima de mi polla rozó contra su garganta y eso fue todo.

Como si estuviera poseído, moví las caderas un poco, alejándome y acercándome de nuevo. Y ella me lo permitió al abrir un poco más la boca; dándome acceso completo a follarla como quisiera.

Sus gemidos se mezclaron con los míos.

Su mano libre se aferró a uno de sus muslos, apoyándose ahí y clavándome las uñas a medida que su boca me albergaba hasta el fondo. Una y otra vez. Lentas y profundas embestidas que creaban un sonido húmedo, obsceno.

Serena cometió el error de mirarme en una de esas ocasiones, la saliva y el pre semen escurriéndose por una de sus comisuras. La tomé del mentón y la alejé de mi polla. Ella gruñó en respuesta, queriendo volver a tomarla. Pero yo me incliné y la besé.

La besé hasta que noté mi sabor y el suyo mezclándose en mi lengua. La besé hasta que se rindió a cualquier cosa que quisiera hacerle. La besé porque… joder, amaba esa boca pecaminosa.

Ella me miró, desafiante, antes de tomar prisionero mi labio inferior y dar un fuerte jalón. El escozor no fue nada comparado con la cantidad de besos que dejó por mi cuello, mi pecho y mi abdomen hasta llegar a mi polla.

—Realmente estabas ansiosa por ella, dolcezza —jadeé.

A modo de respuesta, rozó con los dientes la sensible corona y luego la besó.

—Toda tuya, cariño.

Con los ojos encendidos, volvió a chupármela hasta el fondo.

Gimiendo tan alto que mis rodillas estuvieron a punto de ceder.

No aguantaría mucho, así que le sostuve el cabello y me deleité con la sensual imagen de ella meciendo su cabeza de delante hacia atrás; abarcándome por completo.

Ahuecando las mejillas para que fuese más placentero.

Solo me aparté cuando noté que el orgasmo se acercaba. La saqué con algo de brusquedad, la tomé con la mano y me acaricié un poco antes de derramarme sobre sus labios y sus mejillas y su mentón entre gemidos lastimeros.

Serena sostuvo mis caderas hasta que dejé de sacudirme por el clímax. E incluso después, con la respiración todavía agitada, recogió un poco de mi semen de sus labios y lo lamió como si nada.

—Planeas matarme, ¿verdad?

—Por lo visto, Dios me envió para torturarte.

—No hace falta que lo jures —susurré, y le di un beso en la frente—. Déjame ir a por algo, para que puedas limpiarte.

Salí de la cama con algo de torpeza. El cuerpo apenas me respondía. Toda la cabeza me daba vueltas a medida que tomaba una toalla limpia del baño, la humedecía y regresaba a mi habitación.

Serena todavía me esperaba allí, de rodillas, desnuda, sonrojada y manchada con mi esencia.

Esa imagen no se borraría de mi mente en la puta vida.

—¿Puedo quedarme a dormir? —fue todo lo que Serena preguntó.

Terminé de limpiarle el rostro y la miré a los ojos. Oscuros, felinos. Ligeramente rasgados. Tan hermosa como la primera vez que me la encontré de frente.

—Sí —dije.

A pesar de que sentía que estaba cavando mi propia tumba, no quise ni pude dejarla marchar.