Saga Sin Reglas Capítulo 16
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Capítulo 16

Serena

No supe que había caído sobre la cama hasta que noté el colchón rebotando debajo de mi cuerpo.

Gideon se colocó encima de mí, prácticamente encerrándome entre la cama y él, con su aliento rebotando sobre mis mejillas encendidas. No me resistí a rozar sus labios con las yemas de los dedos, maravillada. Ansiosa por un beso que él se estaba resistiendo a darme.

Tendría que haber dicho algo. Era lo más inteligente. Pero toda la sangre estaba acumulándose entre mis muslos y no había una sola palabra racional que quisiera salir de mi boca.

Gideon se quitó la camisa, dejando a la vista un torso moldeado con ejercicio moderado. Nada de músculos que resaltasen bajo su piel pálida, ni bolsas en sus brazos. Era atlético, sin sobresalir. Con un montón de lunares salpicando su abdomen, sus caderas, sus clavículas.

Un rastro de vello oscuro se derramaba hacia la cinturilla del pantalón. Su polla endurecida ya presionaba contra la tela oscura, llamándome como lo haría una sirena con un montón de marineros.

La boca se me hizo agua.

—Mis ojos están arriba, cariño —dijo Gideon con un deje burlón.

Alcé la barbilla y… joder, el aire se congeló en mis pulmones al ver cómo se relamía.

El pelo oscuro seguía pegándose a su frente y su sien, rebelde.

Era la imagen del deseo descarnado.

—Te dije que quería chuparte la polla y estás negándote a ello. Lo acepto, pero eso no significa que no quiera deleitarme con ella. Con la vista, al menos.

—Bueno, lamento aguarte la fiesta. Pero si me la chupas, esto acabará antes de lo que me gustaría.

Sus dedos se presionaron contra mi barbilla, obligándome a flexionar la cabeza hacia atrás. Gideon se inclinó, de rodillas entre mis piernas, y rozó tentativamente mis labios con los suyos. Caricias sutiles, resbaladizas.

—Deja de burlarte, maldita sea.

—¿Burlarme? Cariño, querías esto. Y voy a dártelo.

Dos Gideon diferentes se desdibujaban frente a mis narices. Este no era el hombre que conocía, atento y amable. Demasiado dulce.

Este Gideon era el picante que te ardía en la lengua y te insensibilizaba los labios.

—¿Quieres que te bese?

—Sí.

—Bien. Me gusta que me supliquen.

¿Qué…?

Antes de que pudiera decir algo, lo que fuese, Gideon invadió mi boca como si fuese el puto FBI en mitad de una redada. No me dio espacio ni a hacerme a la idea cuando ya estaba provocándome; todo labios y lengua y dientes.

Gimoteé de forma lastimera contra él antes de corresponderle. Tratando de seguirle el ritmo, aunque sin mucho éxito.

Mis dedos rodearon su muñeca con fuerza, poco a poco convirtiéndome en una muñeca de trapo que él amoldaba a su gusto.

Dios, aquella boca era el paraíso. Cálida y suave, dulce. Pero también adictiva.

Nos besamos tanto y tan intenso que mi cuerpo empezó a perder fuelle incluso antes de que fuéramos a más.

Gideon debió notarlo, porque me tumbó sobre la cama y presionó la mano contra mi cuello; sin asfixiarme. Solo manteniéndome cerca, por si me atrevía a apartarlo o escabullirme igual que una culebrilla de agua.

Menuda tontería.

Planeaba quedarme en esa cama hasta que Gideon se corriera gritando mi nombre. Y luego, a lo mejor, me atragantaba con su polla.

Se alejó de mí, rompiendo nuestro beso, y bajó por mi mandíbula y el lateral de mi cuello en chupetones que erizaban toda mi piel. Si me hubiera mordido, me habría corrido ahí mismo.

—Tienes que dejar de usar mi ropa —gruñó. Su queja viajó hasta mis oídos, despertándome de aquel sueño extraño.

—¿Por qué? Tenía todos mis pijamas sucios. Pensé que no te molestaría.

—No, no me molesta. Pero te sienta demasiado bien que vayas por ahí con mis camisetas de la universidad.

Vaya idiota estás hecho, Gideon. Pensé mientras relamía mis labios y guardaba esa información para más adelante.

Diciéndome eso solo había conseguido abrir la jaula de la bestia que dormía en mi interior.

—Oblígame, entonces. ¿Prefieres que vaya desnuda?

—Sí —gruñó, y tiró de la prenda hasta sacármela por completo.

Debajo solo había la ropa interior de siempre. Bragas y sujetador negro. De haber sabido que Gideon caería en mis garras, le habría sorprendido con un conjunto de La perla negra.

Esos nunca fallaban.

Quizás para otro momento.

—Adelante —le hice un gesto provocador con la barbilla, indicándole que bajase un poco y tirase de las bragas—. Deshazte de todo lo que te impida disfrutar de las vistas.

Si pensaba que Gideon se achantaría con la propuesta, no pude estar más equivocada. Me arrancó de un tirón las bragas y me dio la vuelta antes de darme una palmada, a mano abierta, en el culo que resonó por toda la habitación.

Jadeé, con los ojos llorosos y el culo escociéndome. Traté de mantener la calma, pero él era implacable conmigo. Lo siguiente que supe era que el sujetador resbalaba por mis hombros después de que él deshiciera el broche.

—Tu insolencia no va a servir de nada conmigo. Ya te he dicho que me gusta que me supliquen.

¿Ese era el plan, entonces? ¿Arrancarme súplicas y lloriqueos de los labios? Pues no pensaba darle el gusto.

De ningún modo.

Las caricias tentativas de Gideon dejaron de ser amables y cuidadosas para pasar a ser avasalladoras. Apretaba la carne de mis muslos, de mis nalgas y de mi cintura a medida que sus labios se deslizaban, húmedos y suaves, por toda mi espalda. Sería un milagro si no me dejaba algún que otro moretón.

Y eso me excitaba tanto.

Prácticamente estaba chorreando entre los muslos, y él ni siquiera había empezado a rozarme en los sitios estratégicos.

Jugaba conmigo y rompía mi psique con besos y mordiscos que se repartían por mis costados, la base de mi espalda y… ¡auch! también mis nalgas.

—Hablas demasiado —balbuceé entonces, dispuesta a llevarlo al límite. Si no lo hacía, acabaría conmigo— y haces muy poco.

Por encima del hombro vi que Gideon esbozaba una sonrisa perezosa.

No quedaba nada del hombre que conocía. Ese hombre amable y empático que hablaba sin alzar la voz, y nunca hacía movimientos bruscos.

El Gideon que estaba sobre mí se veía dispuesto a romperme.

—¿Qué quieres que te haga, preciosa?

Todo, pensé en decir. Quiero que me hagas de todo.

Pero me negué en rotundo a darle el gusto.

Que se lo trabajase un poco.

Acomodado sobre sus rodillas, tomó ambas nalgas con las manos y las separó, amasando con los dedos, hasta dejarme expuesta a su mirada.

—Estás muy mojada, dolcezza.

Dolcezza. Oh, joder. Acababa de llamarme dulzura en su idioma natal y eso casi me envió hacia el borde.

En su boca, el italiano sonaba como un idioma sucio y obsceno.

—Vamos a acabar con tu sufrimiento, ¿te parece?

Un gimoteo lastimero abandonó mis labios cuando lo escuché alejarse. Volví a mirar por encima del hombro justo a tiempo de presenciar cómo se quitaba el resto de su ropa.

Ya le había visto desnudo de cintura para abajo, pero me abrumó igualmente. Todo músculos definidos de manera sutil, la piel bronceada, el vello rizado de sus muslos. Y… oh, joder, su polla.

Dura, brillante en la punta.

Deliciosa.

Pensé que me daría la vuelta de nuevo, pero Gideon se limitó a alzarme las caderas y colocarme sobre las rodillas. ¿Iba directo al grano? Porque necesitaba que su boca estuviera por todas partes.

De un codazo me obligó a separar más los muslos… y se deslizó justo debajo. Sus hombros apretándose contra mis piernas a medida que su lengua se movía por la circunferencia de mi ombligo.

—Relájate —dijo, con la voz enronquecida—. No tengo mucha práctica, pero te haré sentir bien.

La mitad de mi cuerpo cayó hacia delante cuando plantó su boca justo encima de mi coño y lo saboreó de una sola pasada de su lengua. No necesitó mucho más para tumbarme y vaciar mi cabeza de cualquier pensamiento, queja o duda.

Colocó ambas manos sobre mi trasero y pegó más mi cadera a su boca. Devorándome sin piedad con los labios. Besando aquí y allá. Succionando mi clítoris abandonado hasta que me tuvo gritando y retorciéndome y aferrándome a las sábanas con ambas manos.

—Mierda… —gruñí—. Joder…

—¿Joder qué bien —dio otro lametón sobre mi clítoris— o joder qué mal?

—Sigue —fue todo lo que logré decir.

Gideon frotó la punta de su nariz contra mi pubis, abandonando un beso aquí y allá; en mi entrada, alrededor. Esparciendo mi humedad por todo su mentón. Jugando conmigo y con mi límite, como si le diese igual romperme o tenerme al borde de la súplica.

Y si continuaba con ese despliegue de fanfarronería, no duraría demasiado.

Había pasado meses desde la última vez que me acosté con alguien. Mi cuerpo estaba tenso, al límite. Ya no sabía cómo soportar tanta tirantez.

—Córrete para mí, dolcezza. Déjame probarte —gruñó, su aliento haciéndome cosquillas directamente sobre mi coño.

La espalda se me quebraría en dos partes si continuaba encorvada de forma imposible, pero aguanté porque la simple posibilidad de romper el contacto con su boca caliente y húmeda se me antojaba el peor de los castigos.

Estaba demasiado cerca del clímax, y me aferré a él con uñas y dientes.

Una sinfonía de gemidos brotando de mis labios a medida que sus uñas romas se clavaban en la tierna carne de mis nalgas y su lengua ahondaba en mi interior.

Cuando finalmente me corrí, lo hice con un grito de sorpresa. Más que nada porque Gideon había introducido de golpe dos de sus dedos en el interior de mi vagina, encorvándolos hasta llenarme por completo y arrancarme un orgasmo devastador.

Con los ojos cerrados y la saliva acumulándose en mi boca, me dejé ir hasta que no quedó nada. Hasta que mis pulmones clamaron por oxígeno y un sinfín de diminutos puntos de luz danzaron detrás de mis ojos.

—Deliciosa —dijo Gideon, retirándose un poco.

Mi cuerpo cayó sobre la cama, laxo. Pero logré ver por el rabillo del ojo cómo relamía sus dedos —los que estuvieron en mi interior— con la lujuria aún oscureciendo sus iris azules.

—No tengo condones, así que no podré follarte. Lo siento —dijo, apoyándose sobre sus muslos. Su polla erecta aún apuntaba en mi dirección, y fue imposible obviarla. Y como si él se hubiese dado cuenta, sonrió de medio lado y añadió—: Adelante, preciosa. Ahora sí te puedes atragantar con ella.