Capítulo 15
Serena
Me estaba cansando de la actitud esquiva de Gideon. Cansando de verdad.
¿Por qué seguía ignorándome, como si tuviera una enfermedad terminal o contagiosa?, ¿es que no sabía comportarse como un adulto?
Las personas hablaban, discutían y solucionaban las cosas a la cara. No escabulléndose a primera hora de la mañana ni llegando a altas horas de la noche.
Y por su culpa, no lograba concentrarme en mi propia venganza.
Después de averiguar que el gobierno griego había dado luz verde al proyecto que me pertenecía, y Renato se estaba llevando toda la gloria, me sentí aún peor que antes.
Pasaba las mañanas y las tardes leyendo información en los periódicos, en internet, en los programas de televisión griegos.
Y cuanto más leía, veía y escuchaba, más me enfadaba.
Prácticamente me había convertido en una bomba de relojería.
Pero cuando Gideon llegaba a casa y se mostraba esquivo, mi rabia se dirigía hacia él. O hacia su actitud, más bien.
De ahí que decidiera cortar aquella estúpida dinámica de raíz antes de que alguno de los dos dijera o hiciera una tontería.
—¿Hasta cuándo vas a estar esquivándome? —le eché en cara, quizá más brusca de lo necesario.
Gideon se detuvo de golpe al verme aparecer en el salón.
Era obvio que no me esperaba en casa a esas horas.
—No sé de qué me hablas. ¿Necesitas algo?
—Sí, la verdad.
—Dime —se giró despacio hacia mí—. ¿Qué pasa?
Bufé, con una mano apoyada en mi cadera.
Repasé con la mirada a ese hombre y casi sonreí al darme cuenta que hasta Gideon pecaba de ser demasiado… humano. Ahorrándose la vergüenza de mirarme a la cara y decirme lo estúpida que fui al traspasar una línea prohibida, como si también hubiese sido culpa suya.
Pero si me merecía algo tan drástico como un toque de atención, que me lo diera ya. De ese modo podría disculparme con él y borrar ese abismo que se abrió entre nosotros y me hería.
—Pasa que estoy harta de ver cómo te escabulles, igual que un ratón asustado, cada vez que me escuchas o sabes que estoy en casa.
—Eso no es…
—Claro que es cierto, Gideon. Somos adultos, ¡comportémonos como tal!
Gideon suspiró.
—¿Qué quieres oír?
—La verdad, joder. La verdad —dije con amargura—. Lo siento, ¿vale? Antes de que me digas que fui una estúpida o algo así, te pido disculpas.
Él pestañeó.
—¿Te estás disculpando conmigo? —preguntó, y se le veía confuso.
—Pues sí. Porque sé que traspasé una línea contigo que no debía, totalmente cegada por la lujuria del momento. Y tendría que haber sido más espabilada, pero no fue el caso.
—Serena, eso da igual.
—No, no da igual. Porque me estás haciendo sentir como si…
como si hubiera abusado de ti al no respetar tu elección.
Sé que eres célibe, joder. Lo sé y lo olvidé en ese momento.
O sencillamente no quise tenerlo en cuanto, solo por egoísmo.
Porque te vi allí, totalmente sonrojado, y quise…
quise mamártela como nunca he querido algo más en mi vida.
Y no te respeté. Así que entiendo que estés enfadado y molesto conmigo, y no me desees cerca.
Pero si tan solo me dieras la oportunidad de pedirte perdón y…
—Serena —me interrumpió él. Sus músculos tensos bajo la camisa, sus ojos azules oscurecidos—, no me forzaste a nada.
—Pero… tu celibato…
—¿Crees que es una promesa mágica que me matará si la rompo? Elegí ser célibe porque necesitaba hacerme a la idea de lo que me esperaría cuando fuese cura, no porque no me gustase el sexo.
—Hace años que renunciaste a esa vida, y has seguido… —balbuceé, confundida.
Él deslizó la mano por su cabello. Pequeñas líneas de carbón se deslizaban por su frente, rizándose debido a lo mucho que estaba sudando. Como si de pronto estuviera en una puta sauna.
—No quería acostarme con ninguna mujer. Tranquila, no es por una promesa hacia Dios, no es porque necesite casarme antes o encontrar el amor verdadero. Sencillamente nadie me llamaba la atención y quise mantenerme… célibe. Sin más.
—¿Qué?
Eso no tenía ningún sentido.
—Ya te he dicho en más de una ocasión que mis elecciones no están basadas en algo profundo. Me dejo arrastrar por lo que mi cuerpo y mi mente exigen en cada momento. No he follado con nadie porque no me apetecía —parecía como si buscase algo más que decir, aunque finalmente dejó la frase ahí.
Y eso, aunque debería haberme hecho sentir más tranquila, solo me irritó más.
—¿Entonces por qué me esquivabas? ¿Es porque no querías que yo te tocara? Si ese es el caso, dímelo de frente. No voy a ofenderme por eso, ni dejaré de hablarte o algo así. Prefiero que seas honesto y ceses en tu empeño por ignorarme.
Gideon soltó una carcajada cansada.
—Claro que no me arrepiento de lo que pasó, Serena. O sea, sí, porque fue injusto hacia ti.
—¿Hacia mí? Fui yo la que se te tiró encima —le recordé, frustrada—. La que te bajó la ropa interior y te la chupó como si llevara años hambrienta.
—Me corrí sobre ti sin venir a cuento.
—No me molestó, Gideon. Solo… me sorprendió. Y entonces te escuché y quise… Quise hacerlo más divertido. Más morboso.
Dejó escapar el aire lentamente por entre sus labios. Sus ojos continuaban oscureciéndose a medida que sus pupilas se dilataban.
Si el deseo tuviera nombre y apellidos, se llamaría Gideon Sinclair. Y olería a ese perfume intenso que seguía flotando en el aire hasta cuando él se marchaba de casa. Sería cálido y agradable, como el oleaje que se deslizaba sobre la arena de la playa en una plácida mañana de domingo.
Por su culpa, mis entrañas se agarrotaron y mi corazón se saltó un latido.
—Cometí el error de subestimar mis emociones y mi cuerpo, y metí la pata. No sabía ni cómo mirarte a la cara —reconoció con los dientes algo apretados. Cada sílaba pronunciada con un deje despectivo hacia sí mismo—. Pensé que estabas enfadada conmigo.
—¿Por eso me evitabas? ¿No te dio rabia que desobedeciera tu deseo de no tocarte?
—Nunca dije que no me tocaras.
—Eres célibe. Eso ya lo deja claro.
—Serena… —como si de pronto se hubiese derrumbado, se acercó a mí y pasó los dedos por mi nuca, tirando de mí—.
Si no hubiese querido que me chuparas la polla, te habría apartado al segundo de sentir tu boca sobre ella.
No soy estúpido, no estaba indefenso. Lo que pasó en ese baño fue deseo de los dos.
Por fin, joder. Por fin tenía su consentimiento explícitamente.
Por fin me liberaba de aquella culpa que había atrapada mis muñecas con dos grilletes fríos y dolorosos.
Jadeé cuando mis manos tocaron su pecho, cálido y fuerte, y mi boca se deslizó por la línea de su mentón. Un poco rasposo, debido a que no se había afeitado en un par de días.
Demasiado ocupado esquivándome incluso para arreglarse un poco.
—Bien, porque estaba harta de volverme loca —murmuré cerca de su piel. Mi aliento deslizándose por su mentón y su boca—. Pensando que te había hecho sentir mal por tomar algo que deseaba tan profundamente.
—¿Querías hacerlo?
—Sí, Gideon. Quería mamártela. Y quiero volver a hacerlo —admití, el calor subiendo en oleadas por mi pecho. Cegándome—. Quiero atragantarme con tu polla.
En el pasado ya me había metido en varios problemas por hablar así. Los hombres con los que me acosté se revolvían ante mi lenguaje en la cama.
Demasiado intenso para ellos. Demasiado sucio para una dama.
Pero es que no me gustaban las cosas sencillas y fáciles. Quería que la lujuria se derramase de mis entrañas y lo manchara todo. Que las marcas de cada encuentro lucieran en mi piel como pequeñas manchas de acuarela sobre un lienzo varias horas después.
Observé la reacción de Gideon, preguntándome si también vería esa mueca a la que estaba familiarizada. Un gesto sutil y evidente de desagrado. De «esto no es lo que busco, así que cierra la boca».
No fue así.
Gideon respiró bajo y apretó más mi nuca, y, cuando estuve tentada a preguntarle si me permitiría besarla o alejarme, habló.
Y sus palabras fueron mágicas.
Abrieron la cueva de las maravillas.
—Puedes atragantarte con ella todo lo que quieras… más tarde. Ahora —dijo, de forma autoritaria—, voy a romper mi celibato de seis años contigo, Serena.
Totalmente empapada y acalorada, cerré los ojos y jadeé cuando Gideon clavó sus dientes sobre mi labio inferior antes de jalar con fuerza.
Acababa de desatar a la bestia, y me sentía totalmente ansiosa de recibirla.