Capítulo 14
Gideon
Mis ojos se quedaron fijos en la ecografía que Cayden me mostraba, con una sonrisa de orgullo curvándole los labios.
Al principio, pensé que se trataba de algo más inofensivo. Nunca había visto algo semejante. Pero entonces señaló aquel punto en medio de una bolsa oscura y solo fui capaz de reír.
—Enhorabuena, futuro padre. Veo que corres mucho para todo —bromeé.
Cayden y yo llevábamos unos cuantos años siendo amigos. Nunca pensé que alguien como él, que rechazaba de manera contundente sentar la cabeza y prefería las aventuras puntuales, terminaría prometido y con un embarazo.
La vida pasaba demasiado rápido.
—Gracias —me dio un par de palmaditas en la espalda—. Mad no ha podido venir porque ha preferido quedarse en casa, durmiendo. Últimamente solo duerme y se queja y come helado con pepinillos. Tendría que haberme dado cuenta antes de lo que pasaba.
—Normalmente no se suele hablar de ello hasta que pasan las semanas de riesgo.
—Sí, lo sé. Mad me lo dijo.
Cabeceé y lo ayudé a poner los platos en la mesa.
Como solo éramos dos, me animé a cocinar algo de pasta casera. Receta de mi abuela. Los italianos teníamos mucha maña a la hora de mezclar ingredientes sencillos y sacarles todo el potencial.
Además, cocinar me ayudó bastante a tener la mente en blanco. No quería darle vueltas a lo que ocurrió la otra noche, en el baño, cuando Serena puso su boca y sus manos sobre su cuerpo y me llevó al puto paraíso.
Desde entonces, me esforzaba por ignorarla. Por no cruzármela. Convirtiéndome en el mayor cobarde de todos.
Pero es que sabía que, si me enfrentaba a ella, no sería capaz de pensar con racionalidad. Esa mujer echaba abajo todo. Desde mi fortaleza a mi sentido común.
Por no hablar de que era muy probable que solo actuase impulsada por la lástima.
Me había corrido con solo rozarla, su cuerpo pegado al mío, y luego ella… Maldita fuese. No tenía sentido alguno lo que ocurrió.
Y no conseguía sacármelo de la cabeza.
Su boca sobre mi polla, sus manos acariciándome.
Ni en mis sueños más prohibidos y lascivos se atrevía a tanto. Y eso que Serena era la musa perfecta. La mujer por la que me sentía incapaz de romper mi celibato con cualquier otra… solo porque ninguna se parecería a ella.
Estaba jodidísimo.
—¿Todo bien? —preguntó Cayden cuando se sentó y se quedó mirándome—. Te noto demasiado tenso.
—Sí, todo bien.
—¿De verdad?
—Eh, estamos celebrando que vas a ser padre —le recordé, riéndome, y acompañándolo por fin en la mesa—. ¿No deberíamos estar hablando de dónde vas a mudarte con tu futura esposa?
—Probablemente nos quedemos en mi apartamento hasta que el niño sea algo más grande —encogió uno de sus hombros—. Aún no sabemos si queremos quedarnos en Nueva York o volver a Londres.
—¿Y tu trabajo?
Pregunté por el de Cayden y no por el de Maddison porque sabía que ella era capaz de llevar adelante sus proyectos en cualquier lado del mundo.
Pero él no. Y se había pasado un montón de años obsesionado con comprar y reformar la mayoría de edificios más emblemáticos del país como para que ahora renunciara a ellos como si no fuese nada.
Por otro lado, si lo miraba en perspectiva, tampoco importaba demasiado. Cayden le daría más valor a la comodidad de su familia, y eso no era negociable.
—Excedencia. O tal vez trabajar desde Londres.
—Allí estaríais mejor. No me malinterpretes, me gusta Nueva York. Es como la ciudad más reconocida del mundo solo porque sale en miles de películas y series, pero…
—Pero no es el sitio ideal a la hora de formar una familia.
—Exacto.
Removí la pasta de mi plato, pensativo.
A pesar de que estuve a punto de iniciarme como cura, nunca me planteé lo que supondría renunciar a no tener esposa e hijos.
Por un lado, lo segundo no me suponía un sacrificio como tal.
Entre mis intereses no se encontraba ese pequeño apartado de «quiero ser padre en el futuro». Y no había cambiado.
Lo primero… era distinto. Porque sí que quería casarme. O simplemente tener a mi pareja al lado. Construir algo bonito.
Me había acostumbrado demasiado a ir cediendo esas pequeñas partes de mí hasta que no quedó nada. Solo un vacío. Un muro que me aislaba de los demás.
Pero, entre medias, ocurrían cosas bonitas. Como ver a Cayden orgulloso de lo que conseguía con el paso de los meses. Desde la compra del hotel Vaughnat, su sueño, a formar una familia con la mujer que siempre deseó en silencio.
—¿Qué tal con Serena, por cierto?
—Bien.
—¿Seguirá viviendo contigo?
—Creo que sí. Hasta que decida si quiere volver o no a Grecia.
Al menos, era la sensación que me provocaba su actitud. Antes del accidente.
No me molestaba que se quedara allí, porque éramos buenos compañeros de piso. Enseguida nos adaptamos a los horarios y las manías del otro.
Pero después de lo que ocurrió… Dios, me costaría mucho volver a mirarla a la cara sin sentir que había cruzado una línea prohibida.
—No he querido decírtelo antes porque me sabía mal, pero quizás no es lo más sano convivir con ella.
—¿Por qué lo dices?
Cayden tragó y bebió un poco de vino antes de hablar.
—Sé lo que significa. A mí no vas a convencerme de lo contrario.
Las orejas me ardieron ligeramente.
Sí, era cierto. A él le conté mi oscuro secretito.
Cómo había deseado a esa mujer en silencio, a pesar de que se iba a casar con mi hermano.
E incluso después de eso, me mantuve al margen.
No porque buscara ahorrarme las peleas entre los dos, o elegir bando; lo que me irritaba era, en realidad, que la deseaba y me faltaba autocontrol.
«No codiciarás a la mujer del prójimo» fue mi lema durante algunos años. Los que duraron juntos. Y lo mantuve cuando se separaron.
Y la otra noche lo había olvidado por completo, mientras enterraba mi polla entre sus labios y le permitía demostrarme lo que el deseo era capaz de lograr en las mentes débiles como la mía.
¿Cómo le iba a decir eso a Cayden… sin sonar parecido a un lunático?
—¿Intentas que eche a una mujer a la calle?
—No, joder. Ni se me ocurriría —la mirada de Cayden vino cargada de irritación—. Lo que digo es que sé lo que hace el deseo descontrolado.
—Que tú te tirases a la hermana de tu mejor amigo no nos convierte a todos en pecadores.
Menudo mentiroso de mierda, pensé.
Yo ya había pecado.
—Así que intentas jugar tus cartas de manera tan obvia —dijo Cayden.
—¿Jugar? Nadie está jugando.
—Pero has aceptado joder a tu hermano con tal de ayudarla.
—¿Tú no harías lo mismo? —pregunté con calma.
Sabía la respuesta incluso antes de que la dijese en voz alta.
—No. Y lo intento mirar desde un punto realista.
Porque sé que sería capaz de todo por Maddison.
Pero eso es ahora que estamos juntos. Antes…
Hace años… No tengo hermanos, por supuesto; ignoro qué tipo de relación se mantiene con ellos.
Pero Max fue como uno para mí y no tendría los cojones de hacerle daño a propósito.
—Quizás es que confías demasiado en mi buena fe.
En muchos sentidos. Como iba para cura, automáticamente soy el mejor hombre sobre la Tierra, ¿no?
—enarqué una ceja, las manos temblándome un poco—.
Reciclo, me gusta mi trabajo, ayudo a los centros cívicos donde acuden los hijos de familias conflictivas, no me meto con nadie, no bebo, no fumo…
Y eso me convierte en un hombre maravilloso.
Casi como un cura de verdad, salvo porque no meto el cuerpo de cristo en las bocas de los demás los domingos por la mañana, ni rezo por las noches.
—No quería decir…
—Sé que no, pero todos actuáis igual conmigo.
Veis bondad donde solo hay indiferencia —recalqué con una mueca—.
No quise convertirme en cura porque perdí la fe antes de que todo empezara.
Porque ese no era mi destino. Ni siquiera rezo o me consagro a una vida religiosa.
Eso fue hace mucho. Y si ayudo a los demás es porque considero que todo el mundo merece una segunda oportunidad, nada más.
No hay decisiones apresuradas ni impulsadas por el fanatismo.
Ni siquiera estoy cerca de ser una buena persona.
¿Y sabes por qué, Cayden? Porque peco como todo el mundo.
Porque también anhelo cosas prohibidas. Porque estoy dispuesto a reventar la burbuja en la que vive mi hermano si con eso una persona inocente, en este caso Serena, recupera lo que es suyo.
»No me motiva dañar a mi hermano, porque lo quiero y me importa. Me motiva que se haga justicia. Y si para eso tengo que ayudarla y darle un golpe al ego de mi hermano, lo haré. Eso ya me convierte en una persona de mierda, ¿no crees?
Cayden se quedó en silencio, procesando mi discurso.
No se lo había dicho a malas, de todos modos. Solo me había cansado de que todos dieran por hecho que era un ser de luz cuando, en lo más profundo de mi ser, habitaba un monstruo oscuro y feroz.
De acabar en el Infierno ya nadie me libraría. Ni siquiera yo.
No cuando deseaba a Serena. Cuando iba a hacer daño a mi hermano a propósito. Cuando mis impulsos más bajos tomaban el control.
—Vaya, creo que es la primera vez que te veo tan… intenso —reconoció Cayden, tan tranquilo—. Pero, si te sirve de consuelo, no veo a un futuro cura cuando te miro a los ojos.
—Eso me tranquiliza, cariño —repuse con ironía.
Cayden se rio.
—Lo digo en serio. No creo que seas alguien incapaz de hacer cosas malas. Pero como nunca las haces, doy por hecho que caminas por el lado correcto de la ley.
—Ya ves. Hasta los mejores terminamos corrompiéndonos.
—No te juzgaba con lo de tu hermano —agregó de pronto—.
Eres adulto y sabes lo que quieres y lo que puedes hacer.
Y eso te hace más honesto que yo. Porque, en cierta medida, también decepcioné a Max, mi hermano, cuando me acosté con su hermana y no se lo dije al momento.
Y esa culpa me persiguió bastante más tiempo del que me gustaría admitir.
—Él te perdonó. Mi hermano es probable que no me hable nunca más.
—Tendrá que entenderlo.
O no. Tal vez nunca lo hiciera.
Renato no era precisamente un ser de luz. A la vista quedaba que no le importaba en absoluto pisar los sueños ajenos si con ello ganaba fama y reconocimiento.
Pero eso tampoco me detendría.
—Ya.
—Gideon, sabes que puedes contar conmigo, ¿no?
—Sí, lo sé.
—Y que no tengo nada contra Serena.
—Normal. No la conoces.
—Pero sé que es importante para ti —repuso con calma—. Y si tú confías en ella, yo también.
Agradecí que lo hiciera, porque no me apetecía sentirme dividido entre dos bandos. El de la venganza y el de la amistad.
Los dos significaban mucho para mí, y ya me había cansado de mirar siempre hacia otro lado. Fingiendo que nada me afectaba. Que todo estaba bien.
Por primera vez en mi vida, pretendía surfear las olas y dejarme arrastrar por el oleaje sin pensar en cuándo me caería de la tabla. O si me costaría volver a subirme a ella.