Capítulo 13
Serena
Un pesado nudo se formó en mis tripas cuando el sonido de la puerta del baño dando un portazo llegó a mis oídos.
¿Qué diantres acababa de pasar?
¿Por qué notaba todo el cuerpo entumecido… y también flácido como la gelatina?
Olvidé por completo lo que estaba haciendo y apagué el fuego mientras trataba de poner en orden mi cabeza.
Primero de todo, no esperaba que Gideon estuviera despierto. Mucho menos, que estuviera en la cocina.
Segundo, tampoco entendía por qué se apretó contra mí. Hasta que vi aquellos dos botes sobre la encimera, empapándose con el vapor que se desprendía de la olla.
Y tercero… ¿acababa de correrse? ¿Sobre mí? ¿En los pantalones?
¿Sin necesidad de nada más?
Mis pies se movieron solos cuando abandoné la cocina y me dirigí al baño. Escuché el sonido del agua correr, las aisladas maldiciones que brotaban de los labios de Gideon.
Realmente no lo había soñado.
Todo aquello era real.
Y, joder, no sabía qué hacer o qué decir.
¿Por qué con Gideon nada podía ser normal?
Conteniendo el aire completamente en mis pulmones, abrí la puerta del baño y contemplé la figura de Gideon como si fuera la primera vez.
Y, en cierto modo, así era.
Estaba en ropa interior, solo con la sudadera puesta. Frotaba incansable la parte frontal del pantalón en el lavabo. Como si buscase borrar la prueba de su delito.
En cuanto me escuchó, sus ojos se desviaron hacia mí un segundo antes de cerrar el grifo de mala gana y apartar los pantalones.
Como si le hiciera falta.
Sus calzoncillos también estaban empapados. De no haber sido por el color oscuro, habría sido muy sencillo ver la silueta de su polla semi flácida con mayor precisión.
—Vete de aquí —prácticamente gruñó entre dientes.
—No —di un paso hacia delante, agradecida porque el baño fuera amplio y no me viese obligada a hacer malabares para acercarme a él—. No cuando…
—¿Intentas hacer esto más humillante?, ¿más incómodo? ¿Como una especie de broma privada?
Parpadeé ante ese tono teñido de vergüenza e incomodidad.
—¿Qué? No. Pero no es justo que te escondas.
—Claro, porque es mejor hablar de cómo he terminado… corriéndome con mi polla pegada a tu culo.
Vale, guau. Nunca había escuchado a Gideon hablar de aquel modo, y, para ser sincera, eso me puso caliente.
Una sacudida entre mis muslos me ayudó a salir de ese trance momentáneo en el que me sumergí al ver cómo sus mejillas, besadas por un rubor genuino, eclipsaban todo lo demás.
—Vete, Serena.
—¿Por qué? He causado esto, así que tengo todo el derecho del mundo a estar aquí —insistí.
No sabía por qué.
O quizás sí.
Porque estaba demente.
Porque Gideon era atractivo a rabiar, porque me atraía, porque echaba de menos el contacto humano. Porque, en definitiva, éramos un hombre y una mujer solteros con un historial bastante extenso de miradas repletas de anhelo, conversaciones íntimas y roces fortuitos capaces de erizarnos la piel.
—¿No te das cuenta… de lo humillante que es?
—La verdad es que no —admití sin más. Sincera—. En todo caso, me siento halagada.
—¿Por qué deberías estarlo?
Se le notaba nervioso, a punto de huir del baño. De mí.
Gideon era incapaz de mantener mi mirada, y eso, viniendo de un hombre que medía metro ochenta y cinco, atlético, con un trabajo increíble y unos modales impecables me hacía sentir poderosa.
—Porque no me gusta pillar los fuegos artificiales cuando ya han acabado —murmuré, sin dobles intenciones. El ambiente se caldeó a nuestro alrededor—. Porque siento que aún hay algo más.
La neblina de la lujuria estaba cegándome por completo. No existía otra manera de explicarlo. Todo mi ser palpitaba de necesidad.
Gideon era un reclamo.
Su vergüenza, su nerviosismo.
Su deseo.
Rocé con las yemas de los dedos sus manos, arrebatándole el pantalón y dejándolo a un lado. La mancha era más grande que antes. En sus calzoncillos todavía quedaba rastro de ese semen pegajoso que también llevó a calar en la parte posterior de mi camiseta.
Él me seguía con la mirada, cauto. Del mismo modo que lo haría un cervatillo al ver acercarse a un guepardo.
Con el dedo índice tiré de sus calzoncillos, y mis muslos se apretaron más, en un acto reflejo, al ver cómo su polla volvía a endurecerse lentamente.
El deseo no se podía fingir, ¿no? Por eso estábamos así.
No sé en qué momento lo decidí, pero acabé de rodillas sobre ese frío suelo, totalmente apoyada en mis muslos, y tiré de la sencilla y húmeda prenda hasta que acabó en sus tobillos.
Gideon dejó escapar una exhalación. No hizo nada, de todos modos. Ni apartarme, ni acercarme.
Solo me miraba.
Y a mí se me hacía la boca agua a medida que acariciaba la evidencia de su orgasmo sobre la piel de su miembro, haciendo que brillase.
Estaba segura de que mis pupilas ya se habían dilatado por la necesidad de tomarlo en mi boca. Quería descubrir su textura, su sabor. Los sonidos que emitiría Gideon.
Lo tomé por la base y le di un par de caricias tentativas.
Gideon solo se movió un poco, aunque seguía sin alejarse.
Eso me tranquilizó. Deslicé el pulgar por la punta roma, poco a poco notando cómo ganaba en longitud y grosor entre mis dedos.
Y… oh, joder. Era grande. Y estaba brillante en la cima.
El hambre se apoderó de mí como si fuera un veneno letal a punto de detener mi corazón.
Nada más cerrar los ojos, me incliné y acaricié el orificio del glande con la lengua. Aplanándola lo suficiente para que la caricia fuera mucho más placentera. Los restos de semen que empezaban a enfriarse me provocó un escalofrío.
Gideon era una jodida delicia.
Ayudándome de la mano, acariciando arriba y abajo, rozando con cuidado las venas que resaltaban a lo largo de su eje, volví a lamerlo.
Más tiempo, más rápido. Mi lengua creando un torbellino sobre la punta roma al punto de mezclar mi saliva y su presemen.
Un cúmulo que me obligaba a tragar cuanto más duro lo sentía.
Hacía demasiado tiempo que no me dejaba llevar de esa manera tan cruda, pero ese no me detuvo. Tampoco el hecho de que Gideon se aferrase con una mano al lavabo, apoyándose ahí para no dejarse arrastrar por el placer.
Y eso me molestó.
Me molestó porque quería que perdiese el control. Que me sujetara del pelo y me acercase a su polla. Que me follara la boca de la forma más animal posible.
Así que, como él no daba el paso, lo hice yo.
Tomé toda su erección en la boca hasta que la punta llegó hasta mi garganta. Qué bien y qué dulce era saber que no tenía reflejo nauseoso, por lo que no me darían arcadas al tenerlo prisionero en mi boca por completo.
No luché contra la falta de aire, sino que disfruté de aquella contención inhumana.
De mis labios apretándose contra la base de su polla y mi nariz pegada a los vellos oscuros y rizados de su pubis.
Lo mantuve en mi boca tanto como pude, y, solo cuando él emitió un jadeo, un quejido, me aparté y lo liberé por fin.
—Joder —escuché que decía.
Sonreí con cierta malicia.
Expandí mi saliva por su erección con suaves movimientos de la mano, totalmente sorprendida con Gideon.
Su control se estaba deshaciendo de la misma forma que lo hacía su sabor en mi boca. Y necesitaba más. Mucho más.
Mi intención era chuparlo y beberme todo lo que me diese. Porque mi cuerpo lo pedía a gritos. Mi pecho se retorcía y se agitaba de la necesidad que despertaba en mí.
Volví a metérmelo en la boca, en esta ocasión solo hasta la mitad, y chupé y lamí sin descanso. Saboreándolo. Aprendiéndome de memoria el suave tacto de su piel satinada, la dureza de polla, los pliegues de su glande y las venas que resaltaban y que parecían tan sensibles.
Enseguida escuché sus jadeos, sus gemidos roncos y bajos. Como si estuviera susurrando un secreto que nadie más podía saber.
Ese hombre era toda una aventura por descubrir.
Una de mis manos bajó hasta sus testículos y los acarició con fuerza, apretando y aflojando, notando cómo se encogían cuanto más lo tomaba en mi boca.
Hubo un momento en que vi por el rabillo del ojo cómo Gideon hacía ademán de poner una de sus manos sobre mi cabeza… solo para arrepentirse un segundo más tarde.
No se lo permití.
Le agarré la mano y la dirigí a mi cabeza, ofreciéndome en bandeja.
Úsame. Fóllame.
Finalmente, Gideon enredó sus largos dedos entre los mechones de mi pelo y tiró suavemente. No lo hizo para apartarme ni para guiarme, mas no me importó. Solo necesitaba sentir que él también quería eso.
Apoyé ambas manos sobre su abdomen, aferrándome a la parte frontal de la sudadera una vez lo albergué en mi boca por completo.
Alternando los roces en mi garganta y los lametones más cortos.
Bebiendo de él todo lo que me ofrecía. Pequeñas gotas de saliva escurriéndose por las comisuras de mis labios a medida que se abría paso en mí y me follaba la boca. A su manera. A mi manera.
Totalmente desquiciada por él.
Lo lamí hasta que descargó sobre mi boca, gruñendo. Jadeando. Sus dedos apretando mi pelo con tal de que no me moviese.
Su sabor salado se deslizó por mi lengua en cuanto la saqué, ofreciéndome en bandeja. Sin dejar de mirarle desde abajo. Tragando con cierta dificultad a pesar de que Gideon tenía buena puntería.
Con los espasmos aún sacudiendo su cuerpo, hubo un intercambio de miradas entre los dos. Y me encantó lo que vi.
Sus ojos azules brillando con demasiada intensidad. Su rostro enrojecido, su pelo desordenado. Mis manos aún apretando la tela de su sudadera.
Era… la imagen de la lascivia.
Pensé que diría algo, que me ayudaría a levantarme o me echaría en cara que fuese una descarada. Pero todo lo que hizo Gideon, aparte de lanzar los calzoncillos lejos, fue separarse con suavidad de mí y largarse de allí.
El sonido de la puerta de su habitación a lo lejos me provocó un escalofrío.
Tardé unos minutos en que mi mente dejase de estar nublada por la lujuria y mis pensamientos racionales volvieran a hacer justicia.
Acababa de chuparle la polla a Gideon en el baño.
A Gideon.
Que era célibe.
Lo acababa de acorralar sin darle tregua, saltando por sus límites establecidos.
Y, joder, eso me hizo sentir como una mierda.
¿Qué estaba mal conmigo?