Capítulo 12
Gideon
Renato:
¡Misión cumplida!
Por fin podré volver a casa hasta que empiecen las excavaciones.
¿Me viste por la televisión anoche?
El gobierno está maravillado con este descubrimiento.
Volveré a Nueva York dentro de un par de días.
¿Comemos juntos?
Leí varias veces los mensajes de mi hermano, recibidos esa mañana, antes de responderle.
Gideon:
Sí, claro.
Podemos comer en tu casa, así me enseñas cómo te ha ido todo.
Menuda mentira.
No estaba seguro de poder conseguir lo que Serena necesitaba ese mismo día, pero quizás no me resultaba muy complicado averiguar dónde lo guardaba mi hermana. Recabar información.
Cuando acepté a ayudar a Serena con su venganza, no sabía que me estaba metiendo en un agujero oscuro y profundo. No tan profundo, al menos.
Pero mi hermano se había comportado como un imbécil demasiadas veces con ella. Escupió en su confianza, la dejó a pocas semanas de la boda, la echó de su casa y, por si eso no fuera suficiente, le robó el trabajo de años de investigación y se lo apropió como si nada.
Pues claro que Serena estaba cabreada con él. Ansiosa por recibir de vuelta lo que le pertenecía. Por hacer caer de rodillas al hombre que le dio un golpe detrás de otro.
No me motivaba hacer daño a Renato, en realidad. No quería que mi hermano lo pasara mal. Pero sí confiaba en la justicia. La que se repartía en la Tierra y la divina.
Me froté la cara con la mano y contemplé el techo durante unos minutos.
Después de esto, era muy probable que Renato no me hablara en meses u años. Se enfadaría tanto que buscaría la manera de hacerme sentir culpable. Y eso sí que me preocupaba un poco.
Al final del día, Renato era mi familia, y Serena…
Bueno, Serena era Serena.
Nunca habría nada más entre nosotros que una sencilla amistad.
Cansado y con los músculos tensos, me metí en la ducha y me puse algo de ropa cómoda.
Pantalones grises holgados, una sudadera de cuando aún iba a la universidad.
No planeaba salir ese día de casa. Ya le había prometido a Cayden que comeríamos juntos en un par de días, aquí en casa. Quería darme una noticia importante.
Desde que compró el hotel Vaughnat, se pasaba los días y las semanas centrado en su reforma. Era su proyecto más ambicioso. Además, también estaba ese asuntito de su relación con Maddison. Desde que empezaron a vivir juntos, casi no tenía tiempo para sus amistades.
No lo culpaba demasiado. Así era la vida adulta.
Un olor delicioso a sopa caliente llegó hasta mi nariz. Desde que Serena vivía en casa, siempre se las ingeniaba para preparar algún plato. Y eso que, según ella, cocinaba fatal.
Vaya mentira.
Estaba alimentándome mejor que mi propia madre. Y eso que mi madre cocinaba platos contundentes cada vez que ponía los pies en Italia.
Sin embargo, no fue el vapor subiendo por encima de su cabeza lo que me dejó petrificado en el vano de la puerta. Tampoco que estuviera de espaldas a mí, escuchando música desde el móvil; su cabeza meciéndose hacia un lado y otro al ritmo de la melodía.
Lo que me dejó sin aliento fue que llevase una de mis camisetas puesta a modo de pijama. Una de esas de color azul claro, con el logo de Walmart en la parte frontal. Me la habían regalado en una de esas compras rutinarias que solía hacer cuando vivía y estudiaba en Florida.
A Serena le quedaba infinitamente mejor.
Ocultaba su figura a la vista, pero, a cambio, mostraba sus largas piernas morenas.
Muslos torneados, tobillos finos. Cuando alzaba los brazos un poco, la tela ascendía sutilmente…
y dejaba a la vista unas bragas de color blanco que se aferraban a la redondez de su culo.
Mierda.
El tirón dentro de mis pantalones fue inmediato. Mi polla endureciéndose solo por ver unas piernas bonitas en primer plano. De pronto tenía 15 años y estaba dando mi primer beso, tan torpe que daba vergüenza, detrás de la exhibición de ciencias del instituto.
Ya no era un hombre adulto, capaz de procesar sus emociones y aliviar la tensión de su cuerpo al respirar hondo.
No.
Era un hombre al que se la ponía dura una mujer con la que compartía piso y a la que jamás podría tener.
Estaba dispuesto a largarme de allí, con mi erección a cuestas, y salir a correr o algo así. Liberar toda la tensión mientras trotaba y me empapaba en sudor, sin pensar en nada. Sin sentir nada.
Pero Serena trató de coger algo del mueble de arriba… y un par de tarros mal colocados, y de cristal, se deslizaron rápidamente sobre su cabeza.
Actué sin pensar, lanzándome hacia ella para agarrar los tarros antes de que la golpearan o se rompieran sobre sus pies descalzos. Serena gritó por la sorpresa… y se presionó contra mí en un acto reflejo.
Sofocado, con la respiración errática, coloqué ambos tarros sobre la encimera… y entonces lo sentí.
Solo fue un roce fortuito. Sabía que Serena no lo hizo a propósito. Sin embargo, la curva de su culo se presionó demasiado contra mi polla endurecida… y entonces el desastre ocurrió sin que ninguno de los dos pudiéramos impedirlo.
Mis párpados se cerraron con demasiada fuerza cuando un escalofrío subió rápido por mi espina dorsal, erizando toda mi piel, al mismo tiempo que oleadas de placer se expandían por mis muslos y mi vientre. Toda la ropa interior y el chándal empapados por mi liberación.
Me tomó un minuto entero comprender lo que había pasado.
Lo que había hecho.
Miré hacia abajo, Serena todavía presionada entre mi cuerpo y la encimera, y el mundo pareció detenerse.
Con la sangre bullendo en mis oídos y un calor atroz apoderándose de mi rostro, solté los tarros y me alejé de ella lo más rápido que mis piernas me lo permitieron.
Joder, joder, joder.
Acababa de correrme como un maldito adolescente en plena ebullición de sus hormonas. Con un roce. En los pantalones. Y pegado a Serena.
Si después de eso se dignaba a mirarme a la cara, sería un milagro.
Porque ni siquiera me quedaban palabras suficientes con las que explicarle que llevaba toda la vida fascinado con ella, con su boca, con sus piernas, con su voz.
Con esas fantasías que mi cabeza creaba, donde ella era la protagonista absoluta.
Y que por culpa de esa contención, de esa condena, me había dejado llevar al límite y había hecho el ridículo hasta límites insospechados.