Saga Sin Reglas Capítulo 11
26%

Capítulo 11

Serena

Me pasé los siguientes diez días tumbada en el sofá. Del sofá a la cama. Leyendo informes y recopilando toda la información que quedaba a mi alcance respecto a mi venganza personal.

Necesitaba con urgencia llevar a cabo mi deseo y luego… Luego volvería al trabajo. La gente se disculparía conmigo. O no. Ya me daba igual. Mientras me devolvieran lo que era mío, seguiría adelante.

Los rumores o cuchicheos de los demás me importaban una mierda.

Pero estaba cansada de vivir aferrándome a ese vacío que amenazaba con consumirme si no tumbaba a Renato de una vez por todas. Si no demostraba que era un mentiroso y un mal profesional. Que solo triunfaba porque le robaba a los demás su trabajo de años.

Mi primer mes en Nueva York no fue la gran cosa. A menos que contara aquel esguince como algo interesante.

Además, Gideon trabajaba mucho, y se presentaba en las mañanas con el pelo desordenado, oliendo a alcohol, medicamentos y café. Con unas ojeras muy marcadas bajo sus bonitos ojos azules.

Siempre me dedicaba una sonrisa, se duchaba y se sentaba a desayunar conmigo antes de irse a dormir. Y luego me agradecía por dejarle la comida preparada y por darle algo de conversación.

Se notaba a leguas que se sentía tan vacío y tan solo como yo.

Esa rutina, además de ser agradable, me permitió conocerle un poco más a fondo. Gideon no era del tipo de hombre que se largaba a la primera de cambio a beberse todas las copas posibles en un pub cualquiera. Si salía, lo hacía con Cayden, su mejor amigo. Y casi siempre regresaba después de la cena.

Tan responsable. Tan casero.

Tan Gideon.

Una de las noches que no le tocaba hacer guardia, regresó del trabajo con algo de comida hindú y un poco de vino.

—¿Celebramos algo?

—Que tengo una semana entera libre —dijo como si nada.

Eso, por alguna extraña razón, me alivió y me alegró a partes iguales.

—Qué bien vivís los médicos —bromeé, sacando las cajas de cartón de las bolsas mientras él servía las copas.

—Sí, eh. Un mes haciendo guardias interminables y siete días de descanso. Es el paraíso.

Le di un codazo juguetón.

—A mí me tocaba estar hasta ocho horas debajo de un sol abrasador. No te quejes. Tengo la señal permanente de la camiseta marcada en la piel.

Colocamos todo sobre la mesa y Gideon encendió la televisión.

—Dudo mucho que te quede mal —comentó de pasada.

Quise decirle que él no lo sabía, porque no me había visto desnuda. Y, de todos modos, ¿por qué tendría que verme así? ¿Por qué la idea me tentó más que de costumbre?

Su cercanía no estaba ayudando a que mi mente se librara de esos pensamientos intrusivos que solían golpearme con mucha intensidad una vez bajaba la guardia. A veces, simplemente cerraba los ojos, cuando me metía en la cama, y me preguntaba cómo sería Gideon en el sexo.

No porque quisiera tirármelo, sino porque no veía en él nada… sexual.

Al ser célibe, no se mostraba coqueto jamás. No mostraba su cuerpo ni dedicaba esas miradas llenas de lujuria que amenazaban con doblar tus rodillas para ponerte a rezar el padrenuestro.

Gideon debía ser tan gentil.

De los que se preocupaban por su pareja de cama, que hacía el amor y no follaba, y te llenaba de besos y palabras bonitas.

No estaba mal, a decir verdad. Pero no era algo que yo buscase averiguar.

Simplemente mi cabeza estaba llena de muchas cosas indeseables.

—¿Qué quieres ver?

—Cualquier cosa —dije, encogiendo los hombros y llevándome un poco de arroz a la boca.

Cenamos viendo uno de esos programas donde la gente se metía con todo el mundo, desde el humor.

Esa noche le tocó a Beyoncé. Con todos los escándalos que sobrevolaban su cabeza últimamente, no era de extrañar que le dedicasen un montón de memes y vídeos parodia. A la gente le encantaba. A mí no mucho.

El humor americano era tan distinto al europeo que simplemente no conseguía acostumbrarme.

Prefería las novelas griegas que echaban por las noches y te mantenían pegada a la pantalla, preguntándote si a la protagonista por fin le saldría algo bien o la putearían durante cien capítulos más. Al menos te reías de verdad.

Gideon, por el contrario, soltaba alguna que otra carcajada puntual.

Un rato más tarde, cuando ya me había acomodado en el sofá, a punto de cerrar los ojos y quedarme frita, en la pantalla salió una de las presentadoras a hablar del nuevo hallazgo en Yánine.

Mis oídos se agudizaron de pronto.

«Es increíble cómo Renato Sinclair, el encargado del descubrimiento de las ruinas en Yánine, ha conseguido obtener el patrocinio necesario para que el gobierno griego, liderado por Katerina Sakellaropoulou, acepte empezar a trabajar en el desenterramiento del templo de Atenea.

Se rumorea que pudo ser destruido por un terremoto, y que por eso nadie lo había descubierto hasta ahora.

El dinero destinado para su recuperación, una cifra que oscila entre el millón y millón y medio de euros, será recuperado por el gobierno cuando las piezas sean expuestas en el museo.

¿Qué piensa Renato Sinclair al respecto? ».

La presentadora dejó de estar en primer plano y, en su lugar, el reportero enfocó a Renato, con las pequeñas montañas arenosas a su espalda.

No había cambiado nada. Seguía siendo igual que cuando rompimos. Alto, atlético, con esos ojos azules que, a diferencia de los de Gideon, solo transmitían frialdad.

—Estamos muy emocionados al saber que el proyecto se llevará al fin a cabo. Hemos trabajado mucho para que esto sea posible. Y el gobierno nos ha proporcionado al equipo y las herramientas necesarias con las que…

—Hijo de puta —gruñí, apagando la televisión.

Ni siquiera soportaba escucharlo hablar de este proyecto. Mi proyecto. Mi investigación.

Fue entonces cuando caí en la cuenta de que no estaba sola. Junto a mí, Gideon me miraba como si no supiera qué decir. Cómo calmar aquella ansiedad que me aprisionaba las costillas y me hacía sentir al borde del colapso.

—Lo siento —me disculpé rápidamente—. No quería…

—¿Helado? —preguntó entonces, levantándose.

No esperó a que respondiera; prácticamente se largó a la cocina y volvió con uno de esos helados de masa de galleta que tanto me gusta, junto a dos cucharas.

—Va a darnos una indigestión —dije, aunque sonreí con algo de culpabilidad.

—Teniendo en cuenta que llevo un mes durmiendo de día y viviendo de noche… —encogió un hombro y se dejó caer a mi lado, en el sofá—. ¿Seguimos viendo F is for Family?

No supe por qué, pero me sentí realmente acalorada de pronto.

No de una manera sexual, sino como… como si alguien me hubiese dado un súper abrazo de pronto. De esos que te estrujaban las costillas y te hacían sentir revitalizada.

Gideon estaba haciendo su mejor esfuerzo por ayudarme a olvidar que Renato era un imbécil, y que iban a poner en marcha la recuperación de un templo que yo descubrí. Que yo investigué.

Dolía, dolía tanto ser consciente de que no me llevaría el mérito que simplemente me daban ganas de echarme a llorar. Pero no lo hice. Y todo fue por culpa —y gracias a— de Gideon.

Acepté el helado con los dedos temblorosos. Gideon se demoró más de lo necesario en soltar mi mano.

El roce entre nosotros se sintió jodidamente eléctrico.

—Sí, por favor.

—Genial.

Gideon se acomodó en el sofá, con las piernas cruzadas sobre la mesita, y yo me quedé mirándole a él y no a la pantalla.

Por qué Gideon era tan amable conmigo siempre, no lo entendía. Pero me alegraba de que fuera así.

Estaba transformando mis ansias de retribución en una venganza muy dulce.

Como si existiera la posibilidad de reencontrarme a mí misma en mi descenso a la locura.