Saga Sin Reglas Capítulo 10
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Capítulo 10

Gideon

—¿Cuándo perdiste la fe?

La pregunta me cogió tan de sopetón que el volante casi se me escurrió de entre los dedos.

Había sido un día muy largo, demasiado intenso, y lo único que me apetecía era llegar a casa, darme una ducha y cenar algo.

Ver un programa absurdo en la televisión mientras Serena se entretenía leyendo cosas en su ordenador o me recitaba algún dato técnico de memoria solo porque alguien de la tele lo sacaba a relucir.

¿Pero hablar del capítulo más oscuro de mi vida? No, gracias.

Y aun así, permití que ahondara en él porque me sentía incapaz de negarle nada a esa mujer que me miraba desde el otro lado, con los ojos brillantes.

—Cuando me di cuenta de que no había nada en la iglesia católica que me llenase lo suficiente —respondí con sinceridad.

—Pero te estabas formando para ser cura. Querías hacerlo.

—Sí.

Un montón de vapor salía de las alcantarillas, a los lados de la carretera, provenientes del metro subterráneo.

A esas horas de la noche, casi la hora de cenar, había demasiada gente concentrada en las aceras y un tráfico infernal.

Pero prefería comerme media hora en la carretera a viajar en un vagón a rebosar de personas.

Sobre todo, porque los jueves y los viernes siempre ocurría algo.

Daba igual si se trataba de un robo, una pelea o algo mucho peor.

Además, Serena no se merecía ir a cuestas. El tobillo seguía hinchándose y le dolía, y se había pasado muchas horas sentada en una silla de lo más incómoda.

Pero no esperaba que su tema de conversación girase en torno a mis decisiones del pasado. A decir verdad, nunca le conté a nadie por qué me aparté de ese deseo que me asaltó cuando no era más que un adolescente. Solo Cayden conocía la respuesta, y no hablábamos de ello.

—¿Por qué te retiraste entonces?

Podría haberle dicho que cambiáramos de tema y Serena lo hubiese entendido. Esa mujer no pecaba de insolente, precisamente. Al menos, no en ese sentido.

Pero supuse que quería entenderme un poco mejor, porque en el pasado nunca se nos presentó la oportunidad de descubrir qué había bajo nuestras fachadas.

Solo compartíamos esa afición insana por comer chucherías frente a la pantalla del salón, con series interminables y con un humor retorcido, mientras Renato trabaja y se ocupaba de sus asuntos. Aquellas tardes y aquellas noches lo fueron todo.

Pero nunca se lo diría.

—Ya sabes que crecí toda la vida en una familia católica practicante. Todos los domingos acudíamos a misa, sin faltar ni un solo día. Sin importar si estábamos enfermos. Dios era como esa cura para el alma al que me aferraba por la infancia difícil que tuve.

—¿Tu enfermedad?

—Sí —cabeceé.

Cuando no más que un crío, tuve que enfrentarme a un cuerpo frágil y quebradizo que no paraba de enfermarse.

Cada dos por tres sufría de neumonías que me enviaban durante semanas al hospital y me impedían llevar una vida normal.

Mis pulmones simplemente no respondían a la mayoría de medicamentos, y el clima de mi ciudad tampoco ayudaba.

Demasiado polvo de las montañas, demasiadas plantas y árboles.

Un cúmulo de elementos que me impedían respirar la mayor parte del tiempo.

No fue hasta que mis padres decidieron mudarse a Estados Unidos que mejoré considerablemente.

Pero aquí, en un país tan distinto, la religión católica no era precisamente algo cotidiano.

La gente seguía yendo a la iglesia, pero todo se sentía distinto.

Aun así, mis padres siguieron con esa tradición de los domingos.

Rezando para que los malos tiempos no regresaran.

Fue algo que le conté a Serena una noche, después de que Renato dejase caer algo durante la cena. Ella se preocupó bastante. También comprendió por qué llevábamos años viviendo allí, a pesar de que nuestros padres regresaron a Italia.

Renato ya había hecho su vida y yo no quería volver sobre mis pasos.

—No era una enfermedad como tal, en realidad —expliqué con mucha calma—.

Simplemente el clima no ayudaba a que mi alergia y mi asma remitiese.

Y eso siempre me tenía al límite. No podía salir a jugar, me obligaban a llevar mascarilla, me asfixiaba todo el tiempo…

Pero entonces llegaba a la iglesia los domingos por la mañana, y no me sentía tan mal.

Allí la gente no esperaba que corriese o que fuese un niño… normal.

—Eras normal —interrumpió ella, como si tuviera que dejarlo claro.

Sonreí.

—Me sentía cerca de Dios y no había nada más que pudiera hacer en la vida.

La mayoría de mis compañeros querían ser futbolistas, bomberos, policías…

Pero, en mi caso, no era viable. Y nada me llamaba la atención.

Salvo aquellas largas tardes que pasaba ayudando al sacerdote a cambiar las flores, limpiar los bancos y poner velas nuevas.

»Hablaba constantemente de Dios, de la Biblia, de los milagros que se registraron a lo largo de la historia… Y entonces pensé que podía encajar en ese estilo de vida. Ayudar a los demás, hacerles sentir cómodos; en casa. Sin ser juzgados, solo acompañados.

Detuve el coche en uno de los semáforos en rojo.

El ambiente dentro del coche era íntimo y pesado. Serena no me quitaba los ojos de encima.

Esos ojos vulpinos a los que no se les escapaba nada. Oscuros y rasgados; semiocultos detrás de su flequillo recto.

—Pero entonces empecé a ver el lado oscuro de la iglesia. Al menos, el que está más en contacto con las personas. Porque puedes amar a Dios y respetarlo, y llevarlo en tu corazón —murmuré—; pero si eso coarta la libertad de otras personas, se convierte en fanatismo. En un fanatismo peligroso.

—Al menos fuiste honesto contigo mismo. Hay personas que prefieren fingir que abrazan su fe… cuando, en el fondo, no están en sintonía con Dios.

—Lo sé.

—¿Entonces lo dejaste solo porque te decepcionaste?

Ladeé un poco la cabeza al mismo tiempo que le dedicaba una sonrisa divertida.

—¿Te parece poco?

—No. Pero siempre sospeché que te retiraste por algo más… intenso.

—Soy un tipo muy simple —encogí los hombros y volví a ponerme en marcha. Quería y necesitaba llegar a casa con urgencia—. Mis decisiones no se basan en momentos críticos o golpes de realidad. Si te soy sincero, siempre intento fluir.

—¿Es por eso que también abrazas el celibato?

Como no dije nada, Serena resopló.

—Lo siento —se disculpó rápidamente—. No debería meterme en algo tan íntimo.

—No te preocupes.

—Ha sido grosero. Y te estás portando de puta madre conmigo, no es necesario que invada tu espacio personal de esa manera.

Un poco tarde, pensé. Porque vivíamos bajo el mismo techo.

Compartía mi baño, mis sábanas, mi sofá, mi comida.

Deslizaba esos piececitos descalzos por todo el suelo, —a pesar de que le ofrecí comprarles unas zapatillas en Walmart—, dejando sus huellas imborrables aquí y allá.

Toda la casa olía a su perfume. Al café de vainilla que se empecinaba en tomar por las mañanas.

En la estantería del baño había una pila de cremas, cremas depilatorias, tampones y maquillaje.

Su ropa se lavaba y se secaba con la mía.

¿Qué más pretendía invadir, entonces? Si ya lo tenía todo de mí.

O casi todo.

—No voy a dejarte aquí tirada a modo de castigo, si es lo que crees —dije en broma.

Vi por el rabillo del ojo que sonreía con petulancia.

—Tú no castigarías a nadie, Gideon. Eres demasiado… bueno.

Quise echarme a reír.

Si ella supiera.

—Eso dicen.

No volvió a sacar el tema del celibato, y lo preferí así.

Porque no iba a hablar de eso con ella. Tampoco había mucho que contar.

La gente se pensaba que lo hacía por sentirme superior, por algún trauma no superado o porque anhelaba encontrar a mi mujer ideal.

A la madre de mis hijos. A la princesa en lo alto de la torre.

Pero no era cierto.

Elegí el celibato por las opciones más ridículas… y luego lo mantuve por ella.

Serena Star.

La mujer que jamás podría tener… porque estaba prohibida.

Y lo estaría toda la maldita vida.

—¿Podemos parar y pedir comida china? —preguntó entonces.

—Sí, claro.

Noté que algo pegajoso y oscuro se instalaba en mi pecho cuando Serena sonrió en mi dirección.

Antes, cuando vivíamos bajo el mismo techo, en casa de Renato, casi nunca lo hacía. Siempre fue seria y servada, con bromas que soltaba en privado, totalmente salpicadas de humor negro. Pero que la hacían reír y luego volver a centrarse en el trabajo.

Por eso noté ese sutil cambio entre la mujer que era antaño y la que tenía a malo en ese instante.

No las separaban los años, sino una venganza que fue cocinándose a fuego lento. Y que ella edulcoraba con bromas aquí y allá, ocultando lo que de verdad la angustiaba.

Lo que de verdad la rompía.

Y solo por eso, y por ese apego irracional que sentía hacia Serena, me reafirmé en mi tarea de conseguirle las malditas pruebas. Así tuviera que traicionar a mi hermano.