Saga Sin Reglas Capítulo 9
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Capítulo 9

Serena

Después de una radiografía —el médico insistió en asegurarse de que no me había roto nada— y un par de analgésicos vía intravenosa, la enfermera por fin se dignó a colocarme una venda alrededor del tobillo.

Manteniéndolo apretado, para evitar que los movimientos bruscos me causaran un dolor más intenso.

Frank había ido un momento a por una botella de agua después de que le dijese que notaba la boca pastosa. Ese hombre era demasiado caballero y no toleraría ver cómo a su amiga le hormigueaba la lengua mientras él se paseaba de un lado a otro, ansioso por salir de allí.

—Listo —dijo la enfermera, terminando de cortar el esparadrapo—. Tendrás que cambiar la venda en unos días y evitar que se moje.

—No hay problema. —Hice una pausa—. ¿Sabes si el doctor Sinclair está en urgencias hoy?

La chica pestañeó, sorprendida por la pregunta.

—¿El doctor Sinclair?

—Es familia —dije sin pensar. Aunque tendría que haber dicho la palabra amigo, que se acercaba más a lo que éramos—. Y pensé que igual podría ir a verle.

—Ah —la chica frunció el ceño—. Debe estar en la sala de descanso. ¿Quieres que lo llame?

—¿Es posible que me acerque yo?

—Mh… Bueno, pero que sea algo rápido.

—Gracias.

La chica me dijo dónde quedaba la sala del personal de urgencias y fui hasta allí cojeando, aferrándome a las paredes. Apenas me dolía a esas alturas, gracias al cóctel de antiinflamatorios y analgésicos que me dieron, pero prefería no forzar el tobillo. Serían unos días muy largos.

Nada más llegar a la sala, toqué la puerta con los nudillos y me asomé, a ver si estaba Gideon por allí. Su cabeza se elevó y clavó en mí esos endiablados ojos azules.

Un cosquilleo revoloteó en mi estómago.

—¿Serena? ¿Qué…? —su mirada se deslizó hacia mi pie—. ¿Te has hecho daño?

—No es nada. Un esguince —encogí un hombro. Él ya se había levantado y corría hacia mí—. Un tipo en bicicleta pensó que era buena idea tirarme al suelo y pasarme por encima.

Gideon envolvió mi cintura con sus brazos y me llevó hasta la silla que él había ocupado en todo ese rato. No le dije nada, porque necesitaba sentarme. Hacer equilibrismo no era lo mío. En ningún sentido.

—A este paso, vas a necesitar un guardaespaldas que te acompañe a todos lados. Por si acaso —bromeó él. Sus dedos se movieron demasiado cerca de mi rodilla y mi muslo, y estuve a punto de suspirar—. ¿Has venido sola?

—No, con un amigo. Pero ha ido a comprar un poco de agua.

Como si intuyera que lo necesitaba, se alejó, fue a por un vaso con agua y me lo trajo.

Sonreí un poco jocosa.

Ese hombre pensaba en todo. Siempre.

—Gracias.

Nuestros dedos se rozaron momentáneamente, aumentando considerablemente esa tensión que parecía tirar de nosotros. Bebí un sorbo y me relamí los labios.

Gideon no me había quitado la mirada de encima.

—¿Hoy también te toca guardia?

—No, me voy en un rato. ¿Quieres que te lleve a casa?

—Claro.

Un minuto más tarde, Frank cruzaba la puerta del personal con una botella pequeña de agua y una bolsa de galletitas saladas. Al cruzarse con Gideon, se detuvo de golpe, como si tratase de no alzar una ceja y poner esa cara de «joder, vaya dos».

—La enfermera me dijo que estabas aquí. Hola, Gideon —agregó, acercándose a nosotros—. ¿Puedes decirle que deje de meterse en problemas?

—Ojalá tuviera esa potestad —bromeó, con las manos metidas en los bolsillos de su bata blanca.

Ahora que me fijaba mejor en él, había cierto puntito en esa faceta de Gideon. Al final iba a ser cierto que los uniformes, indiferente de cuáles fueran, agregaban cierto morbo a las situaciones más sencillas.

Por su culpa ya no me quejaba por el dolor palpitante del tobillo hinchado, sino de aquel calor residual que se extendía en el interior de mis muslos y se aferraba a mis entrañas.

—Toma, te sentará bien para el colocón de medicamentos —dijo Frank, tendiéndome las galletas y el agua.

—Gracias.

—He recibido una llamada importante y debo irme, ¿te llevo a casa antes?

—Ya me ocupo yo —expresó Gideon—. Me ocuparé de ella.

—Genial. —Frank se acercó y me dio un beso en la cabeza. Siempre tan fraternal—. Te llamaré luego.

Asentí con la cabeza.

Pero antes de que mi abogado y amigo saliera por la puerta, otro hombre entró por la misma y se quedó totalmente pálido, casi como una estatua de granito, al encontrárselo de frente.

Ambos se miraron con la tensión flotando en el aire. Dos pares de ojos debatiéndose entre seguir manteniendo ese contacto visual o romperlo antes de que fuese tarde.

—Levy —balbuceó Frank, un tanto conmocionado.

Y ahí se unieron todos los puntos.

Levy era ese amor no correspondido —o maldito, más bien— de Frank. El hombre por el que llevaba años dando tumbos, aferrándose a su recuerdo como si de un fallecido fuese; sin ser consciente del oscuro bucle en el que se había dejado atrapar.

En el pasado, esos dos tuvieron una historia. Una historia trágica. Y cuatro años después, volvían a encontrarse por pura casualidad. En un espacio tan pequeño que no sabían cómo enfrentarse al otro sin desmoronarse por el camino.

Lamenté profundamente no ser capaz de levantarme, de tomar la mano de Frank y sacarlo de allí para que sus pulmones volvieran a llenarse de aire.

—Ah, hola —la indiferencia de Levy, ahora palpable, cortó el aire como un cuchillo bien afilado.

Pasó de largo, aunque vi que le temblaban las manos y se vio obligado a meterlas en su bata; ocultando así su propia vergüenza—.

Sinclair, necesito que vengas conmigo a ver una cosa.

Hay una chica que ha venido con un traumatismo severo en la parte frontal de la cabeza, pero no logro ver bien dónde está el coágulo que le presiona el cerebro. ¿Puedes echarme un cable?

—Sí, claro.

A pesar de que Frank seguía allí, de pie, como si fuera un maldito maniquí, Levy no le hizo ni caso. Volvió a pasar por su lado, la mirada al frente, y desapareció tan rápido como había llegado.

Tuvieron que pasar unos minutos antes de que Frank volviese a respirar con normalidad.

—¿Está todo… bien?

—Sí —mintió—. Te llamaré luego.

No lo culpé por no querer hablar de ello.

Algunas heridas dolían toda la vida. Se infectaban y supuraban constantemente. Y estaba claro que Frank no había olvidado —ni olvidaría— al único hombre que le robó el corazón.

Aunque él fingiera que no era importante.