Saga Sin Reglas Capítulo 8
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Capítulo 8

Serena

La siguiente semana, la pasé enfrascada en buscar un lugar donde quedarme. Aún no estaba segura de cuánto me tomaría vengarme de Renato. Quería recuperar mi prestigio y mi trabajo, pero, para que eso se hiciera realidad, primero debía conseguir las pruebas suficientes.

Y eso me llevó a contactar con Frank, uno de los mejores abogados de la ciudad. También era uno de los pocos amigos que no me dieron la espalda después de mi ruptura con Renato.

Hablábamos mucho por teléfono y sabía de mi llegada a Nueva York, pero como él había estado fuera, de viaje, no pudimos vernos hasta esa misma tarde.

—Te has cortado el pelo —apreció, rozando las puntas con los dedos.

Sonreí, divertida, y encogí uno de mis hombros.

Entonces me dejé caer sobre la silla y apoyé los codos sobre la mesa.

Habíamos quedado para comer en uno de los restaurantes menos céntricos. Casi nadie paraba por allí a esas horas. Solía ser un sitio tranquilo, con comida riquísima. Y sin apenas ruido.

—Estaba cansada de mirarme al espejo y sentir que seguía siendo la misma mujer de antes.

—¿Y eso era algo malo?

—En mi caso, sí.

Frank sonrió y cogió la carta, echándole un vistazo.

—Veo que tu estancia en Grecia te ha sentado regular.

—Como a ti irte de vacaciones a Hawái —rezongué.

Él, riéndose bajito, me dio una palmadita en la pierna por debajo de la mesa.

A Frank se lo permitía porque sabía que jamás se fijaría en mí. Sí, le gustaban las mujeres también, pero llevaba más de una década enamorado de un doctor al que todavía no se atrevía a mirar a la cara. Y eso que los dos compartían las mismas emociones.

A veces el amor era complicadísimo.

Por eso estaba completamente segura de que jamás querría cruzar esa línea conmigo, incluso si yo le tentaba o me ponía en bandeja.

—Pues vengo mucho más relajado.

—Espero que no hayas estado consumiendo cocaína mientras bailabas con una falda hawaiana —sonreí como si nada.

El camarero carraspeó, incómodo por lo que acababa de escuchar.

Escondí una sonrisita y le pedí lo de siempre: espaguetis con salsa marinara. Con mucho queso. Y una copa de vino.

—Eres lo peor.

Encogí uno de mis hombros, dedicándole una caída de pestañas muy coqueta.

—Quien nace siendo una villana, muere siendo una villana.

—Tú eres mucho más que eso.

—Lo dudo. De ser así, ahora mismo estaría dirigiendo una mafia sentada desde mi trono, con un látigo en la mano —dije, haciendo como que lo agitaba y daba un golpe sobre la mesa.

Frank puso los ojos en blanco.

—¿Has venido a Nueva York solo para torturarme mentalmente?

—Y porque necesito que me ayudes con lo de Renato, por supuesto. Ya tengo a quien va a conseguir lo que necesitamos.

Enarcó una ceja y me prestó verdadera atención por fin.

—No me digas que…

—Gideon ha accedido —asentí.

—¿Cómo cojones se está prestando a esto?

—Creo que se siente culpable —dejé caer. Lo había meditado mucho esos días y era la única conclusión que me tranquilizaba—. Por no haberse preocupado por mí, por haberse mantenido al margen todo este tiempo y no haberse preocupado por entender lo que de verdad pasó…

Si no era el caso, y solo disfrutaba de ver caer a su hermano, jamás me enteraría a menos que él lo confesara en voz alta.

E incluso eso me sorprendería, dada la naturaleza afable de Gideon.

Era un hombre tan dulce con quienes le rodeaban que no me lo imaginaba siendo rencoroso o dañando a otra persona solo por placer.

Claro que igual me influenciaba su vida antes de que decidiera seguir y terminar sus estudios de medicina y psicología.

No todas las personas eran tan devotas de Dios como para seguir ese camino como el único y el verdadero.

Joder, cada vez que pensaba en Gideon siendo cura, entregado por completo a Dios, a sus días dentro de una parroquia, algo dentro de mis tripas se retorcía de manera fría y desagradable.

—La culpabilidad empuja a las personas a hacer muchas cosas, pero no a dañar a sus seres queridos. ¿Estás segura de que Gideon solo acepta por eso?

—¿Por qué más iba a decir que sí?

Frank se limitó a mirarme por encima de su copa de agua, sin decir nada.

A veces era demasiado críptico y me ponía nerviosa.

—No lo sé. Soy abogado, no médium.

El camarero dejó los platos y la botella de vino en la mesa antes de retirarse. Se le veía nervioso, como si no quisiera escuchar más comentarios fuera de lugar. Y no le culpé por ello.

—La demanda está casi acabada, por cierto —comentó Frank mientras nos servía el vino a ambos—. Solo necesito un par de datos más y recabar todas las pruebas.

—Eso va a llevar un tiempo. Aún no he hablado con Gideon sobre cómo va a robarlas.

—Tienes suerte de que haya pruebas irrefutables de que usaste ese ordenador y esa dirección IP mientras trabajabas en tu investigación, porque de lo contrario…

—Sí, lo sé. Las pruebas no serían válidas.

Y por eso me aferraba a ello como un clavo ardiendo.

Con mi venganza no buscaba dinero o una disculpa pública, sino traer de vuelta mi reputación como arqueóloga e historiadora, y limpiar mi nombre. Que todos viesen que siempre dije la verdad y que Renato es un mal profesional. Un embustero del que no había que fiarse.

Si me robó a mí, que era su prometida y fuimos pareja durante cuatro años… ¿qué no le haría a cualquier otro compañero del gremio?

Estaban conviviendo con la serpiente enredada entre sus piernas y ni siquiera se daban cuenta.

—¿Aún quieres seguir adelante?

Revolvía la pasta con el tenedor cuando su pregunta llegó a mis oídos, clara y concisa.

Frank no dudaba de mí, sino de mis ganas de ir a por todas.

—Sí. Este último año ha sido una puta mierda.

Ya casi no cuentan conmigo, solo recibo miradas de condescendencia por parte de mi equipo, ni siquiera me escuchan, como si fuera una apestada…

Y no me han renovado para el próximo proyecto.

¿Qué más me queda? Voy a sobrevivir con lo que he ganado estos años, pero eso no me llena ni me hace feliz.

—Lo sé.

—Solo quiero que ese gilipollas pague por lo que hizo. El precio ya no me preocupa; sé que puedo pagarlo.

—Ese es el problema, Serena: que el precio es alto.

Y no hablábamos de dólares, precisamente.

Pero la venganza no se servía en frío, sino en caliente. Lo defendería siempre.

Había que golpear cuando la adrenalina aún intoxicaba nuestra mente y nuestro cuerpo, como un veneno letal. No cuando ya había pasado todo y estabas a un paso del perdón.

—¿Tienes miedo?

—No —Frank suavizó su expresión—. Pero eres mi amiga y no quiero que sigas pasándolo mal.

—Entonces sigue detrás de mí y defiéndeme de los malos —traté de bromear.

Incitar a las personas que había alrededor de mí a seguirme el ritmo, a seguir mis pasos, no era agradable al final del día. Y ser tan consciente de ello aún me hería de algún modo.

Pero tampoco sonaba justo convencerme de que era mi destino seguir a la sombra de los demás, repudiada y olvidada, solo porque confié en la persona equivocada en el pasado.

El corazón ya no me dolía por la desfachatez de Renato a la hora de meterse en la cama de otra mujer cuando se suponía que íbamos a casarnos y ser felices.

Una infidelidad dejaba de importar con el tiempo.

Solo era un poco de sexo casual. Una traición que apartabas con la mano y no permitías que te machacara por el resto de tus días.

El problema estaba en que él jugó sus cartas de manera magistral y salió ganando. Mientras que yo lo perdí todo. Y eso sí hería la parte más vulnerable de mi ser. Eso sí me provocaba pesadillas y malestar.

Eso sí me hacía querer abrazar la venganza como la única salida.

Una mujer fría y rota como yo no anhelaría ninguna otra cosa.

Terminamos de comer mientras nos poníamos al día ambos. Frank, con sus casos infinitos y su insistencia por olvidarse del amor. Y yo, con mis ansias de venganza, pero también sin saber aún hacia dónde me dirigía o qué quería.

¿Quedarme en Nueva York? ¿Volver a Europa? Ambas opciones me tentaban sobremanera y al mismo tiempo me colocaban en una eterna encrucijada. Todo no se podía tener en la vida, por desgracia.

Pagamos la cuenta y salimos con tranquilidad. Estaba distraída con el móvil, así que no vi cómo un chico, subido a una bicicleta, se echó sobre nosotros hasta que me tiró al suelo y sentí cómo mi tobillo se doblaba.

Solté un grito de dolor, aferrándome a la zona afectada con ambas manos.

El chico se detuvo y corrió hacia mí a la misma velocidad que Frank.

—¿Serena? ¿Estás bien?

—Oh, joder. ¡Lo siento! ¡Es que no te había visto! —se lamentó el chico, pálido y sudoroso.

A pesar de las punzadas y de lo rápido que se inflamaba mi tobillo, le hice señas con las manos para que se relajase. Alarmándose no conseguiría nada.

—Estoy bien —gruñí, aferrándome a Frank cuando este rodeó mi cintura con sus brazos y tiró de mí—. Descuida.

—¿Puedo hacer algo?

Comprarte gafas, pensé, hastiada.

Ni un maldito paso era capaz de dar en dirección al coche de Frank sin que un relámpago de dolor subiera por mi pierna derecha.

—No.

—Será mejor que te vayas, chico —le dijo Frank con calma—. Ya me ocupo yo.

Cogiéndome en brazos, Frank me llevó hasta su coche como si fuéramos una pareja de Disney en su noche de bodas. Salvo porque él sudaba y resoplaba, tratando de mantener la calma, y yo solo notaba que mi tobillo engordaba cada vez más.

—Vamos al hospital —le pedí.

Frank asintió y se colocó el cinturón antes de poner el coche en marcha.

Al parecer, mi estancia en Nueva York se basaba únicamente en visitar la sala de urgencias.