Capítulo 7
Serena
Gideon estaba buenísimo.
Estaba tan bueno, que solo era capaz de evocar sus abdominales y sus hombros anchos mientras removía los huevos en la sartén. Preguntándome cómo cojones sobrevivían las mujeres a su alrededor al ver que no podrían darle ni siquiera un lametón.
Nunca me había dado por fijarme en él de esa manera tan… intensa. Pero cuando apareció en ropa interior frente a mí, algo dentro de mi pecho se sacudió con violencia.
No estaba nada bien comparar y lo sabía, pero Renato y Gideon solo compartían el puto ADN y el puto apellido. Nada más.
Gideon ni siquiera necesitaba estar mazado para que sus músculos se definieran deliciosamente sobre su piel bronceada de manera natural. Algo más clara que la mía, por supuesto; porque él creció entre Londres y La Toscada, y yo venía del corazón de la India.
No obstante, era atractivo a rabiar. El pelo oscuro, los ojos azules, un par de lunares revoloteando sobre su hombro derecho. Unos labios finos y una nariz algo prominente. Manos grandes. Cintura estrecha.
Ni hecho por encargo habría quedado tan bien.
Joder.
Qué pecado tener a un hombre tan guapo y célibe bajo el mismo techo. Y encima compartiendo el mismo ADN que el tipo que arruinó mi vida.
Menos mal que me había prometido a mí misma que no volvería a enamorarme y a confiar en un hombre, o estaría de rodillas en el baño, suplicando a Gideon que me dejase hacerle una mamada. Solo por descubrir qué cara ponía cuando se deshiciera sobre mi lengua.
Serena, tía, me quejé.
—Huele bien —comentó Gideon al volver, esta vez vestido con unos pantalones oscuros y finos de deporte, y una camiseta.
—Gracias. Es lo único que sé cocinar —admití sin vergüenza alguna, colocando el plato en la mesa.
Gideon se dejó caer con pesadez sobre la silla más cercana a la puerta. Sus ojeras eran más pronunciadas después de la ducha.
—¿Cómo lo soportas? —pregunté. Al ver que él arqueaba una ceja, me crucé de brazos y me apoyé sobre la encimera—. Pasarte días y días con guardias de hasta quince horas.
—Lo prefiero.
—Pero antes estabas en una consulta privada.
—No me apasionaba tanto —dijo como si nada, sus dedos largos rodeando la taza de café que ya lo esperaba—.
Me gusta ayudar a las personas, es cierto, pero estar sentado una media de diez horas al día en una consulta, visitando paciente tras paciente, no me llenaba tanto como estar en urgencias. Quizás es que soy masoquista.
Un poco sí, quise decir. Pero no lo hice para no herir sus sentimientos.
—Siempre pensé que acabarías en el hospital, pero como neurólogo. Es lo primero que estudiaste.
—Y lo que más me aburre —se rio, dándole un sorbo a su café—. Ayudar a las personas me hace más feliz, no sé. Solo quería un cambio de aires.
Entendía ese sentimiento. Aunque, en mi caso, era más bien un deseo insano por recuperar lo que me quitaron.
—Cuando te aburras, siempre puedes volver a visitar a gente en un diván —bromeé.
Le di la espalda y dejé caer el beicon sobre la sartén. No me había fijado que la superficie estaba demasiado caliente y, en cuestión de milésimas de segundos, la mantequilla caliente y la grase del tocino lo salpicaron todo… quemándome a mí en el proceso.
Chillé al sentir cómo diminutas gotas iban a parar a mi cuello, mi clavícula expuesta y mi brazo. Rápida como el viento, me retiré un par de pasos. Pero entonces unos brazos firmes y fuertes me apretaron, y un cuero férreo hizo de escudo entre el beicon asesino y yo.
—¿Estás bien? —la voz de Gideon me sacó del aturdimiento.
Él se encargó de apagar el fuego y apartar la sartén.
Por un momento, la sensación de ser una imbécil me golpeó con la fuerza de una bola de demolición.
—Sí, lo siento. Mierda. He hecho un desastre.
Gideon ni siquiera se fijó en todas las gotas de grasa que cubría la encimera, la placa de inducción y los muebles de arriba.
Sus ojos azules se posaron en mí, en la piel expuesta por esa camiseta de souvenir que compré en Sao Paulo la última vez que la pisé.
Y no era el momento ni el lugar, pero esa mirada consiguió que mi piel se erizara por completo.
—Solo ha sido un susto. ¿Te duele? —rozó la zona de mis clavículas con las yemas de los dedos.
Su toque se sintió como el roce de las alas de una mariposa.
—No. No, estoy bien —me obligué a tragar saliva.
Su cercanía embotaba mis sentidos. Quería gritar y salir corriendo, y rodear la nuca de ese hombre y acercarlo con el único propósito de adueñarme de su boca.
Porque estaba prácticamente encima, con ese delicioso olor a pasta de dientes y aftershave envolviéndolo, y con la preocupación brillando en lo más profundo de sus iris.
Y hacía tanto que nadie se preocupaba de verdad por mí que algo hizo crack dentro de mi pecho, inundándome con la misma fuerza que un tsunami.
Cuando sus dedos subieron por mi cuello, trazando el rastro de marcas rojas que debía haberme dejado las salpicaduras de grasa, estuve a punto de gemir. De gritarle que se alejara y me dejase respirar… o que terminase de consumir mi espacio personal y me comiera la boca.
O que fuese su saliva la que aliviase el escozor de mi piel.
Pero ¿desde cuándo me sentía así por Gideon? No tenía sentido alguno. Los hombres ya no eran de mi interés. Y menos ese: célibe, hermano de mi ex. Todo aquello a lo que no me permitirían aferrarme porque no encajaba conmigo en absoluto.
—Traeré algo de aloe vera —informó, con la voz enronquecida—. Espera.
Y esperé.
Lo obedecí, como si tuviera ese poder sobre mí.
El aire en la cocina fue llenándose con un delicioso aroma a beicon frito… y también a mantequilla quemada.
Las piernas me temblaban.
Gideon regresó un minuto después, los dedos hundiéndose en el interior de un pequeño bote blanco. Ni siquiera necesité que me dijese nada; tiré del cuello de la camiseta y expuse aún más mi cuerpo. Dejando al descubierto parte de mi hombro.
Escuché que exhalaba entre sus labios.
Por el rabillo del ojo capté que sus dedos temblaron antes de rozar mi cuello y mis clavículas de nuevo. Fue meticuloso, tranquilo, suave. Roces circulares que encendieron una chispa en el interior de mis entrañas.
Un cartel gritó «PELIGRO» cuando junté más los muslos y lo escuché respirar con dificultad.
Nada de esto tenía sentido. Y aun así…
—Ya está —avisó, apartándose rápido—. Deberías echarte un poco más cuando despiertes.
Pestañeé un par de veces, abandonando ese trance en el que me había permitido hundirme mientras Gideon acariciaba mi cuerpo como si de un templo se tratase.
—Gracias.
—Voy a limpiar esto. Ve a desayunar al salón, si quieres.
No, no quería. Porque era terca y vanidosa, y una parte de mí deseaba averiguar si Gideon estaba rojo por mi culpa, o porque estaba conteniéndose para no lamer mi cuello.
Las dos opciones me parecían igual de fascinantes y peligrosas.
Aun así, asentí, cogiendo mi plato y mi taza antes de abandonar la cocina.
¿Qué cojones me pasaba? Estaba en Nueva York para vengarme, no para perder el control de mis emociones y mi cuerpo.
Tendría que encontrar el modo de recordármelo constantemente.