Capítulo 6
Gideon
Llegué a casa tan cansado que lo primero que hice nada más traspasar la puerta fue quitarme los zapatos, la chaqueta y la camisa. Dejando detrás de mí un reguero de ropa que ya recogería después de darme una larga ducha y comer algo.
No cambiaba mi trabajo actual por el anterior, porque este me llenaba más; pero las guardias se hacían demasiado largas y pesadas cuando ya llevabas unas cuantas seguidas.
A medida que avanzaba hacia el salón, me quité también los pantalones y los calcetines. Ducha, necesitaba una ducha. Volver a sentirme persona y un cúmulo de dolor residual que se extendía por cada una de mis articulaciones.
Mientras cruzada hacia el pasillo, escuché la televisión y una risita, y me quedé paralizado.
Mierda.
—¿Una noche larga? —preguntó Serena, incorporándose de pronto en el sofá.
Sus ojos verdes, como un bosque profundo, se clavaron en mí… antes de deslizarse por mi cuerpo desnudo.
A excepción de los bóxers, no llevaba nada más.
Y ella acababa de darse cuenta.
Se me había olvidado que ahora compartía mi espacio personal con Serena. La mujer que me atormentaba en mis sueños más profundos, en mis pesadillas más privadas.
—Lo siento —me disculpé rápidamente, mirando a un lado y otro, buscando con qué cubrirme—. No recordé que…
—Es tu casa —dijo ella, y su voz sonó más suave de lo habitual—. Puedes ir en pelota picada, si te apetece.
—No es cortés.
Ella bufó, conteniendo una risa.
—Como si fuera a escandalizarme, Gideon.
No, no se veía alterada, a decir verdad. Sus ojos vagaban por mi cuerpo con tanta libertad que sería un jodido milagro si no terminaba con una erección por su culpa.
Y eso sí que hubiese sido una putada de las grandes.
No entendía muy bien por qué sus pupilas se dilataban a medida que captaba mi figura con interés. Como si estuviera presenciando algo de su agrado.
No tenía sentido para mí, y tampoco iba a dibujar escenarios en mi cabeza que no casaban con la realidad.
Porque eso me hubiese hecho enfadar… conmigo mismo.
—¿Qué haces despierta? Es temprano aún.
—Ni siquiera me he ido a dormir —reconoció ella, todo su pelo negro alborotado y sus labios brillantes por haber estado comiendo algo recientemente—. Jetlag, ya sabes.
—Ah, sí. ¿Cómo lo llevas?
—Bien —se relamió despacio—. Bien, supongo. Normal.
Como seguía demasiado desnudo y expuesto, y no era precisamente lo que me apetecía, cogí los pantalones del suelo y toda la ropa que había desperdigado por ahí, y la apreté contra mi pecho.
—Voy a la ducha.
—Y yo a hacer el desayuno —propuso ella, levantándose por fin.
Sus piernas desnudas quedaron a la vista. Solo llevaba una camiseta súper grande cubriendo su cuerpo. En la parte frontal había un par de huesos y una calavera, y un texto que decía “Bones Noites”.
Casi me eché a reír.
—Prepara café —casi supliqué.
Serena se limitó a lanzarme una última mirada, profunda y descarada, y pasó por mi lado de puntillas antes de dirigirse a la cocina.
Una vez que me quedé a solas, exhalé un profundo suspiro.
Si ni siquiera era capaz de controlar mi cuerpo en su presencia, ¿cómo cojones iba a convivir con ella durante unas semanas sin comportarme como un imbécil?