Capítulo 5
Gideon
—Este tiene pollón seguro. Míralo, con esa carita… Seguro que tiene un arma reglamentaria escondida en los pantalones, dispuesta a disparar.
Alcé la cabeza cuando esas palabras llegaron a mis oídos.
—¿De qué demonios estáis hablando? —pregunté a las dos enfermeras y al doctor Brady, quienes se habían acomodado alrededor de la mesa más pequeña de la sala de descanso—. ¿Pollas?
—Ah, sí —sonrió Sarah, la enfermera que solía estar siempre en mi turno—. Ven, mira.
Acabé por levantarme y acercarme a la mesa. Por encima de su hombro, fui capaz de ver una foto en primer plano de Pedro Pascal.
—¿Tú qué opinas, doctor Sinclair? —preguntó ella, atenta a mi cara—. ¿Tiene pollón o no?
—La verdad es que no me enseñaron a medir el pene de la gente en la universidad —me disculpé.
El doctor Brady soltó una risita.
—Oh, venga —me dio un codazo Sarah—. Mójate.
Vosotras sí que estáis mojadas, pensé, mordiendo el interior de mi mejilla con tal de contener una carcajada.
—Dirá que sí —accedí a alimentar las fantasías oscuras de aquellas mujeres.
Sarah y Cameron chocaron las manos por encima de nuestras cabezas, como si hubiesen ganado cuarenta dólares apostando al caballo ganador.
El doctor Brady y yo intercambiamos una mirada de agotamiento. A veces, las guardias se hacían muy largas y aburridas. Sobre todo, si no encajaba en nuestra área.
Brady era un cirujano espléndido. Manos de hierro, dedos delicados. Un pulso digno de Dios. Mientras que yo me encargaba del área de psiquiatría y, a veces, echaba un cable en neurología. Después de todo, me había especializado en ambos campos.
Pero allí estábamos una noche más: rodeado de enfermeras que buscaban entretenimiento en revistas de cotilleos, vídeos musicales y hombres maduritos que podían tener —o no— un buen pene.
Por lo menos aquí podía respirar con normalidad. Compartir espacio con Serena se estaba convirtiendo en un problema severo. Solo llevábamos dos días viviendo bajo el mismo tiempo y ya estaba maldiciendo mi suerte.
No era normal que esa mujer fuese tan malditamente atractiva, ya fuese con vaqueros ceñidos y una camiseta de Guns’n’Roses o un pijama corto de Lilo y Stitch.
Al final del día, su expresión de leona a punto de atacar y sus largas piernas me colocaban al borde de un abismo al que no me apetecía saltar.
—Chicas, por favor —Brady revoloteó con la mano delante de su cara—, ¿por qué no vais a urgencias, a ver qué pasa? Estoy seguro de que os necesitan por allí.
Las dos hicieron el mismo puchero antes de coger la Tablet y marcharse juntas.
—Gracias —solté al mismo tiempo que me dejaba caer sobre la silla, delante de él—. A veces son un poco… intensas.
—¿Solo intensas? —Brady enarcó una ceja.
Me reí por su expresión.
—Solo intentan pasárselo bien y soltar un poco de estrés.
Brady se suavizó ante mi explicación.
Aquel hombre era reservado con casi todo el mundo, menos conmigo. Congeniamos bien desde el principio. Por eso hablábamos con camarería en esas largas noches de guardia.
Lo poco que sabía de él, aparte de que venía de Finlandia, era que vivía solo con un gato en un pequeño apartamento en Manhattan, que le gustaban los hombres y que una vez al mes iba a algún musical.
También que apreciaba el café solo y no solía tener citas a causa de sus largas jornadas en el hospital.
Así que nos hacíamos un poco de compañía, incluso si a Cayden, mi mejor amigo, le empezaba a irritar. El muy celoso pensaba que lo abandonaría a favor de Brady.
Como si estuviera eligiendo entre un maldito batido de Oreo o una soda bien fría.
—¿Cómo llevas la Operación Serena?
Me reí fuerte. Ese maldito bastardo todavía buscaba rascar algo de ironía a la hora de indagar más acerca de mi relación con mi nueva compañera de piso.
—Bien. Solo llevamos dos días bajo el mismo techo.
—¿Y?
—Todo tranquilo.
Excepto porque quería que la ayudase a vengarse de mi hermano y yo la ayudaría.
Solo se lo había contado a Cayden por obvias razones. No quería que esa información se extendiera por todos lados. Y confiaba en Brady, de verdad que sí; pero en el hospital no podíamos hablar de cosas íntimas sin que llegara a otros oídos.
Por supuesto, Cayden dejó claro que lo veía como lo que era: una locura. Pero que, al mismo tiempo, él hubiese hecho lo mismo.
Ni siquiera se trataba de una infidelidad, sino del trabajo y la lucha de una mujer que pasó gran parte de su vida emocionada por descubrir aquellas malditas ruinas.
¿Cómo no iba a cederle mi mano? Renato jamás dudaría de mí. Me permitiría deambular por su hogar como si nada, como siempre, y no pensaría que buscaba arruinarle su carrera profesional de la misma forma que él arruinó la de su ex.
Cuando Serena me lo dijo, no supe qué pensar. Dos días después, estaba convencido de que era lo correcto.
Aunque Cayden diera por hecho que me movía, en gran parte, mi deseo reprimido por ella.
Lo cual no era cierto.
—¿Cuánto tiempo planeas tenerla en casa?
—Hasta que encuentre algo.
Brady enarcó una ceja.
—¿Y ella está buscando otra casa?
Encogí uno de mis hombros.
—Deja que descanse un poco.
—Y así, de paso, disfrutas de su compañía —apostilló Brady, con una sonrisa lobuna.
Resoplé ante esa idea que flotaba entre los dos. «Te la quieres tirar». Como si pensara con la punta de la polla todo el rato.
A veces, me preguntaba cómo tenía amigos o colegas tan ridículos. ¿Acaso no recordaban que era célibe por elección? ¿Que no me acostaba con nadie, pese a las oportunidades que se me servían en bandeja de vez en cuando?
Sin ir más lejos, la propia Cameron se me había insinuado un par de veces. Al ver que no le correspondía y me juntaba mucho con Brady, dio por hecho que estábamos liados o me gustaban los hombres.
No la saqué de su error porque, uno: no me importaba; y dos: era más fácil de explicar que lo del celibato.
Nadie lo entendía, en realidad. Como si uno tuviera que sacarse la polla de los pantalones a la mínima oportunidad.
—Es una compañía agradable, debo decir. Y no lo digo como algo sexual.
—Ya sé que no.
Brady, aun así, mantuvo esa expresión jocosa que me sacaba de quicio.
—Pero… ¿no es raro que compartas tu espacio con tu ex cuñada?
—¿Por qué? ¿Solo porque estuvo con Renato? No es un trofeo que uno expone en la pared y lo mira de vez en cuando, orgulloso de habérselo llevado.
—Ya sé que no, Gideon. No lo digo en ese sentido —Brady se colocó mejor en su silla—. Pero la mayor parte de la población suele estar del lado de la familia de sangre y no de la política.
—No veo a Serena como la ex de nadie. La veo como una mujer independiente que me cae bien y necesita ayuda.
Decía la verdad. Para mí, Serena era algo más que la ex prometida de mi hermano. No quería verla por la relación que mantuviese con él en el pasado, sino como la mujer divertida, con carácter e inteligente que se mostraba frente a mí cada vez que hablábamos.
—Y no, no planeo tirármela —añadí, por si acaso.
Brady alzó las palmas hacia arriba, como si se estuviese rindiendo.
—No lo insinuaba.
—Los cojones que no.
Sarah llegó en ese momento y me entregó un informe.
—Paciente con alucinaciones. Dice que lleva toda la semana viendo caras grotescas a su alrededor y oyendo voces que lo incitan a hacer cosas malas; como clavarse alfileres y quemar objetos en la calle.
—¿Qué edad tiene?
—Treinta y dos.
—Mierda —gruñí.
A esa edad era más factible que empezaran los síntomas de la esquizofrenia. Y nunca era fácil lidiar con personas que padecían dicha enfermedad. No por los síntomas en sí, sino porque iba a darles la mala noticia de que tendrían que convivir con sus delirios mentales por el resto de sus días.
Y, sin importar los años que transcurrieran, uno nunca estaba listo para dar ese tipo de diagnóstico.
—Nos vemos luego —le dije a Brady.
Él alzó su vaso de plástico y brindó conmigo en la lejanía.