Saga Sin Reglas Capítulo 4
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Capítulo 4

Serena

La cara de Gideon era digna de ver. Totalmente confundido, con el ceño algo fruncido y los labios apretados. Un buen hombre como él luchando por no soltar la frase más típica de todas: ¿estás segura de lo que acabas de decir?

Le agradecí de todos modos que no lo hiciera.

—¿Qué ha hecho Renato?

Amplié mi sonrisa.

Con Gideon una nunca sabía por dónde iba a salir. Si se pondría de mi parte o intentaría mantenerse al margen, como en el pasado.

Y no es que buscase ponerle en un compromiso como ese por compartir el mismo ADN que el cabrón de Renato, a decir verdad. Necesitaba su ayuda porque era el único que podía conseguirme lo que necesitaba ahora que por fin podía cerrar ese ciclo y restaurar mi nombre.

—Ponerme los cuernos, no devolverme el dinero de la boda… —enumeré— y, por si eso no fuese suficiente, me robó el proyecto de mis sueños. Un proyecto en el que trabajé durante cuatro años de mi vida y que él se adjudicó de forma injusta.

—¿Qué? —Gideon elevó una de sus cejas—. ¿De qué estás hablando?

Aunque el pellizco en mi estómago me impedía comer, no dejé que eso interfiriese en mis necesidades básicas; así que me metí el aguacate en la boca y mastiqué despacio. Dándome un poco de margen para escoger las palabras adecuadas.

—Renato no fue quien encontró la ubicación de las ruinas de Yánena —dejé claro—. Lo hice yo.

—¿Así que él…?

—Aprovechó nuestra ruptura para quedarse con toda mi investigación y la vendió sin remordimientos, apartándome por completo.

Nadie me creyó cuando intenté demostrar que fui yo la que estuvo calculando las rutas, tratando de guiarme por los pergaminos que encontramos de casualidad a unos kilómetros de allí.

Me costó muchísimo dar en el blanco… y tu hermano me lo arrebató.

»Por eso nadie me toma en serio ahora. Todos piensan que voy a intentar arrebatarles el trabajo o simplemente que estoy loca.

Un sabor amargo en mi paladar me obligó a darle un sorbo al café.

Siempre que hablaba de ese tema, las manos me temblaban y una ira irracional ardía entre mis costillas. Lo que más me dolía de todo no era la traición de Renato; sino haber perdido lo que más amaba en el mundo: mi investigación.

Y quería venganza.

Quería hacerle caer.

Que suplicase de rodillas que lo perdonase.

—No me sorprende, en realidad —dijo Gideon al fin, dejándose caer hacia atrás sobre la silla—. Fue raro que diese tan pronto con algo a lo que casi no le prestaba atención. Recuerdo que en esa época estaba totalmente fascinado con el templo de…

—Sí, el templo de Aegyon —asentí con la cabeza—. Renato creía que allí se ocultaban algunos enseres de la época, algo así como vasijas y monedas. Pero no había nada. Ese templo ya fue saqueado en el pasado. Extrajeron todo lo que había.

»En cambio, yo sabía que Yánena había algo valioso. Y él debió verlo al final, porque a día de hoy disfruta del éxito de mi investigación.

—¿Y cómo vas a vengarte de él?

—Desmantelándolo. Tiene en su poder toda la investigación que hice cuando aún vivía en su casa. Hay muchísimo material, ¿sabes? Que está a mi nombre. Pero no puedo recuperarlo, claro. Había pensado en contratar a un buen abogado y exigirle que entregase su ordenador…

—Eso no servirá. Renato destruiría las pruebas.

—Sí, lo sé. Acabo de caer en ello —reconocí con amargura—. Pero tú eres su hermano.

—Por desgracia.

Sonreí y apoyé la mejilla sobre mi mano.

Gideon parecía un poco sobrepasado por tanta información.

A pesar de todo, Renato seguía siendo su familia, y a nadie le gustaba enterarse de todas las mierdas que hacían sus seres queridos cuando nadie los miraba.

—Tú sí serías capaz de infiltrarte en su casa y conseguir lo que necesito.

Solté la bomba a sabiendas de que se negaría. De que tendría que abandonar su apartamento con la rabia quemándome en las venas y sintiéndome totalmente enjaulada, igual que un león en el zoo. Porque Gideon no traicionaría a su hermano.

Pero debía intentar convencerlo de algún modo. Hacerle entender hasta qué punto su hermano me había jodido la vida al robarme ese proyecto. Ni siquiera se trataba de prestigio u orgullo; sino de mi futuro como arqueóloga e historiadora.

Había estudiado dos malditas carreras, me había especializado en diferentes ámbitos y había peleado contra viento y marea por ser escuchada. Por ser tenida en cuenta. Y, sin embargo, no valió de nada.

Todo porque mi ex decidió que su maldito ego merecía más reconocimiento que yo.

Y estaba desesperada, no mentiría. Estaba desesperada por limpiar mi nombre y que mi vida volviese a ser como antes. Cuando la gente me tenía en cuenta y confiaba en mi criterio, y no me miraba con recelo ni me echaba a un lado.

Por eso mismo, sentía que Gideon había aparecido en mi vida otra vez para enseñarme que todavía quedaba una oportunidad. Si él confiaba en mí, si me ponía la cabeza de su hermano en bandeja —por egoísta que sonase de mi parte—, todo iría bien.

Porque Renato jamás sospecharía de él.

Pero en el fondo de mi ser sabía que no aceptaría. Gideon era demasiado buen tío. Demasiado noble. Y prefería vivir al margen de todo.

—Muy bien —accedió pasados unos minutos—. Te ayudaré.

El tenedor casi se escapó de entre mis dedos.

—¿Cómo dices?

—Que puedes contar conmigo, Serena. Te ayudaré a conseguir lo que sea que necesites.

¿Así de fácil? ¿Sin llamarme loca o histérica? ¿Sin decir en voz alta que mi deseo de venganza era una locura?

—¿De… verdad?

Gideon se frotó el mentón con esos dedos largos de pianista que siempre tuvo. Por un segundo, una fracción de segundo, logró distraerme. Pero enseguida volví a mirar sus ojos, de ese azul profundo, como un mar en calma en una tarde de verano, y la esperanza floreció en mi interior.

—Sé que fue un cerdo contigo, cosa que no logro entender a día de hoy, la verdad —encogió uno de sus hombros—.

Si me hubieses dicho que buscabas putearlo simplemente porque te fue infiel, porque estás resentida aún, me habría mantenido al margen —admitió sin tapujos—.

Pero es tu trabajo y tu investigación, y recuerdo perfectamente la cantidad de días y noches que pasabas con tu portátil a cuestas, pegada al teléfono, buscando a gente que te apoyase o te acogiera unos días en su casa mientras te acercabas a la zona a calcular la distancia y la profundidad de las ruinas.

Sí, yo también. Muchos de esos días los compartimos en el mismo sofá.

Él, leyendo sus informes de psicología, y yo tratando de trazar una ruta viable que me permitiese saber dónde iniciaban las ruinas.

Construimos a nuestro alrededor una burbuja que nos apartaba del mundo y nos ofrecía en bandeja la oportunidad de pelear por lo que queríamos.

Sin nadie juzgándonos, ni molestándonos.

Solo el uno junto al otro.

—Por eso sé que estás sufriendo —continuó Gideon, con ese tono afable y cercano que siempre ofrecía a los demás—, y que no me pedirías esto si no lo necesitaras.

Bueno, eso era confiar demasiado en mí. A diferencia de él, yo no era tan buena ni tan entregada. Miraba demasiado por mí y por lo que me afectaba, aunque eso me convirtiera en una perra a ojos de los demás.

Pero entonces me vi reflejada en esos iris azules, en esa mirada tranquila, y no fui capaz de reírme irónicamente ni hacerme la fuerte. Porque claro que sufría y claro que quería recuperar lo que era mío.

—Cuenta conmigo, Serena. Te ayudaré.

—Sabes que con esto estás contribuyendo a que deje a tu hermano como un imbécil delante de todos, ¿verdad? No estoy haciendo justicia, Gideon —recalqué—. Estoy vengándome.

—Hace mucho tiempo que abandoné el camino del Señor.

Estoy seguro de que ya me he ganado un puesto en el Infierno, así que no me importa cometer otro pecado más —bromeó a medias, dedicándome una sonrisa divertida—.

No es lo mismo escupir en la confianza de una persona al follarte a otra en tu misma cama, que escupir en la confianza de una persona al robarle todo su trabajo. Lo último me parece mucho más grave.

El nudo en mi estómago se aflojó considerablemente.

Este hombre volvía a sorprenderme y dejarme sin palabras. Y ya no sabía cómo agradecerle que siguiera mirándome a la cara a pesar de ser consciente de lo que planeaba hacerle a su hermano.

De estar en su lugar, es probable que no hubiera accedido a su petición. Incluso si no tenía hermanos.

Y eso ya dejaba claro que Gideon seguía siendo mejor persona que yo, con diferencia.

Pero eso no me echaría atrás. Ya no tenía nada más que perder, así que ejecutaría mi venganza sin que nada ni nadie me detuviese.

—Gracias, Gideon —dije con sinceridad.

Él se limitó a coger el salero que había encima de la mesa y echar un poco encima de su tostada. La misma que ya debía estar fría.

Como si quisiera quitarle hierro al asunto.

Como si quisiera normalizar que fuese a darle un golpe directo a su hermano.