Capítulo 3
Serena
Abrí los ojos nada más sentir el primer pinchazo en la parta baja de mi abdomen. Ni siquiera me dio tiempo a pensar en nada más antes de lanzarme directamente hacia el baño y retirar mi ropa interior de hacérmelo encima.
Mientras comprobaba que mis pies descalzos se encogían por el frío de las baldosas y no porque estaba pisando un charco, me pregunté de quién diablos era ese baño.
No me sonaba de nada.
Un baño grande, de colores grisáceos y negros y blancos; típico de esos apartamentos neoyorquinos que uno veía en las revistas de decoración mientras esperaba su turno en el dentista. No había nada especialmente personal en los estantes, salvo champú, desodorantes y crema de afeitar.
En cuanto acabé y me lavé las manos, regresé a la habitación. No recordaba mucho de lo ocurrido en las últimas horas. Y seguía vestida con unos vaqueros cortos y una camiseta.
Eché un vistazo a los armarios, las cómodas y… Ah, sí. Definitivamente estaba en casa de un hombre. Solo ellos eran capaces de guardar los calcetines y los calzoncillos en el mismo cajón de la mesita de noche sin que se les reventase una vena en el ojo.
Solo esperaba que no fuese peligroso.
Caminé lentamente por el pasillo y me sorprendió descubrir que la casa estaba muy limpia, era espaciosa y diáfana. Nada de botellas de cerveza en el cielo ni calcetines sucios colgados de los cuadros.
—¿Has dormido bien?
Giré rápidamente la cabeza hacia la derecha y enarqué una ceja al comprobar que se trataba de Gideon.
Siempre era él, después de todo. Un hada madrina o algo así que me cuidaba cuando las cosas se ponían feas.
—Hey —saludé, confundida—. ¿Vives aquí?
—Eso creo. Al menos, el contrato está a mi nombre.
Sin poder evitarlo, sonreí ante su broma. Gideon podía ser muy espontáneo si se lo proponía.
—¿Qué hago aquí?
—Te invité a quedarte unos días, ¿recuerdas? —se acercó a mí y, sin preguntar ni nada, posó dos de sus dedos sobre mi frente—. Tu temperatura vuelve a ser normal.
—Lo siento, estoy un poco confundida.
Gideon asintió, comprensivo.
—¿Café?
—Por favor y gracias.
Lo seguí hasta la cocina y tomé asiento en una de las pequeñas sillas junto a la mesa. Encogí los dedos de los pies al sentir lo frío que estaba el suelo. No quería imaginar cómo sería en invierno.
—Te dio una insolación —explicó Gideon, de espaldas a mí.
No era la primera vez que me ocurría, si era sincera, así que no lo tomé como algo realmente peligroso. Cuando trabajabas debajo de un sol abrasador día sí y día también, asumías los riesgos desde el primer minuto.
—¿Cuándo fue eso?
—Ayer. En realidad, llegaste de madrugada a urgencias.
Dejó una taza de café frente a mí, junto a un par de galletas saladas.
—Te traje inconsciente y te dejé dormir. Han sido… diecisiete horas, creo.
—Joder.
—Sí —Gideon sonrió, dejándose caer contra la encimera—. ¿Cómo estás? ¿Sigues mareada?
—No, solo me comería un elefante. Por lo demás…
—Te preparé algo.
—No, está bien. Creo que puedo aguantar.
—Descuida, tengo algo de salmón fresco en la nevera. Podría preparar unas tostadas.
Eché un vistazo al reloj que colgaba en el techo y solté una carcajada.
—¿Quién toma el desayuno a las ocho de la tarde?
—Nosotros.
Sentí una punzada de nostalgia que me irritó casi de inmediato.
Recordaba mucho aquellas noches en las que cenábamos cereales, cuando aún estaba saliendo con su hermano y éramos una familia.
Gideon, antes de establecerse en Nueva York de manera definitiva, vivió una temporada con Renato.
Así que pasábamos mucho tiempo los dos solos, viendo series en Netflix o aprendiendo a cocinar algunos platos típicos de otros países.
La compañía que Gideon me dio en aquellos tiempos fue tan preciada para mí precisamente porque, de no haber estado él presente, es probable que me hubiese vuelto loca. O hubiese terminado cogiendo un avión con la idea de largarme una temporada a otro país.
Y en ese instante, mientras Gideon se movía por la cocina, colocando las rebanadas de pan sobre el tostador y cortando el aguacate, me sentí como si volviera a casa después de mucho tiempo fuera.
No tenía demasiado sentido. Gideon no fue mi pareja, no fue el hombre con el que planeé un futuro lleno de viajes y trabajo y descubrimientos. Sin embargo, reencontrarme con él me sirvió para darme cuenta que había extrañado mucho nuestras charlas.
—¿Por qué has regresado a Nueva York?
Esa pregunta saldría a relucir en algún momento, por lo que me limité a encogerme de hombros y darle un sorbo al café.
—Ya he terminado de recolectar todos los pedazos que nos permitieron desenterrar de las ruinas, y era cuestión de tiempo que relegaran la investigación. ¿Qué más podía hacer allí?
—¿Seguir trabajando? —preguntó Gideon, aún de espaldas.
Ese hombre seguía siendo alto y atlético. Quizá algo más menudo que la media, pero atractivo de una manera insana. Con las caderas estrechas, las manos grandes, el pelo oscuro y desordenado… los ojos de un azul cielo.
Un bocadito delicioso para cualquier mujer… así como un dolor de cabeza constante, también. Porque ese hombre no renunciaba a su celibato por nadie.
—Ya no es como antes —dije, con los dedos apretándose alrededor de la porcelana de la taza. Un relámpago de rabia me sacudió desde las entrañas—. Tengo que esperar a que requieran mi ayuda.
—¿Y en Egipto? Antes viajabas mucho allí.
El olor a pan tostado viajó hasta mi nariz y provocó que mi estómago rugiera.
Había olvidado lo que era comer algo que no supiera a arena o estuviera completamente mustio cuando llegaba a mis manos.
Y eso me distrajo momentáneamente de esa ira irracional que solía invadir mi cabeza cuando pensaba en por qué no tenía trabajo. Al menos, no tanto como antaño.
—No me quieren en ningún lado. He perdido bastante… credibilidad —reconocí a regañadientes.
Gideon colocó el plato frente a mis narices. Casi sonreí. Casi, porque se había acordado de no poner pequeñas virutas de queso parmesano encima; sabía que no me gustaba.
—¿Por algo en concreto?
—Sí, desde luego. Quise defender lo que era mío y ahora me toman por loca.
Gideon se dejó caer en la silla de enfrente.
—¿Por eso estás aquí? ¿Por eso has vuelto?
Sonreí de medio lado. Más bien, la sonrisa de alguien que se había encontrado a sí misma cara a cara con el diablo y conocía a la perfección cómo derrotarlo.
—No, claro que no. —Cogí el tenedor y pinché un trozo de aguacate de la tostada—. He venido para vengarme del cabrón de tu hermano. Y tú vas a ayudarme con eso.