Capítulo 2
Gideon
No esperaba ver a Serena allí, en el hospital, y menos con el rostro perlado de sudor, sonrojado y la piel de sus labios agrietada.
Se suponía que estaba en Grecia, trabajando en una de las pequeñas excavaciones que pretendía desenterrar los restos de un pequeño templo que sirvió para rezar a la diosa Artemisa, muchos siglos atrás.
La sostuve con firmeza y la ayudé a sentarse en la camilla. Sarah fue rápidamente a por algo para limpiar el suelo.
Ni siquiera me había fijado en las manchas de mis zapatos. Solo quería asegurarme que Serena estaba bien.
—¿Qué haces aquí? —salió de mis labios, no obstante.
—Hola a ti también —sonrió de medio lado, o lo intento, antes de que su cabeza se balanceara sin control hacia un lado—. Creo… que he debido marearme en el avión.
—¿Acabas de llegar?
—Hace un rato. Es… —apretó los labios con fuerza, conteniendo una náusea—. ¿Trabajas aquí ahora?
—Te han traído a mi área y no entiendo por qué. ¿Te has tomado alguna pastilla? ¿Qué has dicho en el mostrador?
—Que sentía que la cabeza me iba a explotar y mi cuerpo no respondía.
A juzgar por su comportamiento, daba la impresión de que estuviera bajo los efectos de un cóctel de pastillas bastante fuerte. Exactamente como llegaban muchos pacientes que decidían acabar con sus vidas.
Empezaba a entender por qué la enfermera pensó que debía verla yo primero. Aunque Serena jamás optaría por quitarse del medio. Era demasiado intensa y cabezota para eso.
La ayudé a recostarse en la camilla y le abrí los párpados, deslizando la luz de mi linterna sobre ellos. No se la veía desorientada.
—¿Has tomado algo? —volví a preguntar.
—No.
—¿Qué síntomas tienes?
—Boca pastosa, escalofríos, mucho calor, sudoración, vértigos, la cabeza embotada…
—¿Hay opciones de un embarazado?
Serena se rio, un poco ronca, y la piel de mi nuca se erizó en respuesta.
Aquella mujer siempre tuvo la sonrisa más bonita de todas.
—Joder, no. Solo me faltaba eso.
Sin poder evitarlo, sonreí de vuelta y asentí.
—¿De dónde vienes?
—Atenas.
—¿Te has expuesto mucho tiempo al sol antes de llegar a Nueva York?
Serena, con los ojos cerrados, hizo un pequeño puchero.
Ah, ahí estaba.
—Insolación —dijo ella.
—Sí, tiene sentido. ¿Cuánto…?
—Ayer estuve como seis horas bajo el sol, porque necesitábamos recoger todo antes de regresar. Cuando llegué al hotel, pensé que solo me encontraba fatigada. Pero han pasado las horas y…
Me tranquilizó bastante saber que no traía consigo un virus mortal o una enfermedad que la postrase en la cama por los próximos cinco meses. Conociéndola, se habrá deprimido mucho. Esa mujer era incapaz de estar mucho tiempo quieta en el mismo sitio.
Precisamente por eso, en parte, no me decepcionó el descubrir que ni siquiera me había avisado de que volvía a Nueva York. Debía tratarse de un viaje exprés o unos días de desconexión.
Aun y con todo, me alegró verla.
—Te pondremos un poco de suero y te mantendremos vigilada. Luego te enviaré a casa para que recuperes. Estaría bien que no salieras en las próximas horas.
—Vale, pero déjame llamar al hotel para decirles que entraré tarde.
—¿Hotel? —fruncí el ceño—. ¿Qué haces quedándote en un hotel?
—Vendí mi casa, ¿te acuerdas? —Serena hablaba todo el tiempo con los ojos cerrados, las manos descansando sobre su abdomen—. Pensaba alquilar algo y…
—¿Vas a quedarte un tiempo?
Esperaba que no se notase mi entusiasmo. No quería que Serena me malinterpretase. Pero entre ella y yo siempre había existido una amistad extraña. Nunca fue mi cuñada, o la ex de mi hermano; si no la mujer que Dios colocó en mi camino para exasperarme.
Un castigo divino por desear lo que jamás me permitirían tener.
—Sí —abrió por fin los ojos, y el verde de sus irises, que de normal brillaban con intensidad, se veían apagados en ese instante—. Sí, planeo quedarme un tiempo, Gideon.
Aparté la mirada cuando un escalofrío liviano descendió por mi espina dorsal al oír cómo pronunciaba mi nombre. Cómo me miraba.
Hacía muchísimo tiempo que una mujer no me colocaba entre la espada y la pared. Pero su voz era tan bonita, tan dulce, y su mirada tan fiera…
Necesitaría mucho café esa noche para lidiar con mis propias emociones.
—¿Por qué no vienes a casa? Tengo una habitación de invitados y te mantendría vigilada. Mientras buscas algún sitio donde quedarte.
Nada más pronunciar esas palabras, el arrepentimiento se apoderó de todo mi ser.
Tendría que haberme callado.
—¿Lo dices en serio? —preguntó Serena.
Seguía mirándome a través de sus párpados entornados, con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado y las mejillas muy sonrojadas. Una fina película de sudor cubría su piel morena.
Tuve que contenerme a la hora de no imaginármela con la misma expresión y el mismo rubor… solo que en otra cama y enredada en otras sábanas.
—Sí —grazné.
—Bien. Gracias.
Cerró los ojos, y yo fui liberado de su embrujo, al fin.
—Te llevaré a casa en unas… cinco horas, cuando termine mi turno.
Serena solo emitió un «mmmh» que me arrancó una nueva sonrisa.
Le di indicaciones a la enfermera para que le colocasen una intravenosa y la mantuvieran vigilada, y le prohibí llevársela a otro lado.
Necesitaba poner en orden mi cabeza y trabajar como un humano funcional, y no como un hombre que acababa de reencontrarse con esa manzana que se negó a morder tantos años atrás.