Saga Sin Reglas Capítulo 1
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Capítulo 1

Gideon

—¿Quieres un café?

Alcé la mirada justo a tiempo de ver la sonrisa de Penélope en primer plano. Esa mujer nunca perdía la alegría, ni siquiera en las noches de guardia.

—Sí, claro. Gracias.

Ella chasqueó la lengua, como si estuviera tratando de no reírse, y volvió a dejarme solo.

Aproveché esos minutos de margen, en los que ella tardaría en volver, para comprobar el listado de personas que quedaban en la sala de espera. Once.

Once personas que requerían asistencia psiquiátrica un martes a las tres de la madrugada.

No es que me sorprendiera demasiado, porque mi trabajo consistía en ayudarlos cuando daban por hecho que ya no había más salidas. Que el mundo y las oportunidades eran finitas. O simplemente no conseguían ver más allá de su dolor.

Seleccioné a los dos pacientes que llevaban más tiempo esperando, y comencé a leer los informes previos.

Un chico de dieciséis años con alucinaciones.

Una mujer de treinta y cinco que ya no sentía deseos de vivir y estaba a punto de rendirse.

—¿Qué tal va la noche? —preguntó Penélope al volver, colocando un vaso de cartón delante de mis narices.

—Voy a necesitar que prepares un calmante y que pidas una cama en el área de psiquiatría —le dije al mismo tiempo que abandonaba mi silla y cogía el café.

La cafeína siempre ayudaba en noches como esas—.

Una mujer, de treinta cinco años. No sé aún si viene acompañada, pero no va a abandonar el hospital por unos días.

—Marchando —dijo, haciendo un saludo militar con los dedos.

Penélope era una de las enfermeras que solía trabajar conmigo en las noches de guardia. Nos llevábamos bien precisamente porque los dos buscábamos siempre una sola cosa: que los pacientes se sintieran cómodos.

No llevaba demasiado tiempo trabajando en el hospital, en realidad, pero había descubierto que los pacientes eran más asiduos a contar la verdad si no se sentían juzgados.

Con el vaso de café aún en la mano, me acerqué a la zona de boxes en urgencias y comprobé que hablaba con el adolescente que afirmaba ver alucinaciones.

—Buenas noches, Peter —saludé con cordialidad, cogiendo su ficha—. Soy el doctor Sinclair, y vengo a descubrir qué te pasa. Si quieres contármelo, claro.

Junto a la cama del muchacho, una mujer de unos cuarenta años se mostraba agitada, con el bolso presionado contra su pecho y una expresión de terror desdibujándole la mirada. Deduje que se trataba de su madre. Se parecían físicamente, de hecho.

Peter me miró, con el rostro sudoroso y las manos temblorosas. Luego pasó la mirada hacia su madre.

No se sentía cómodo hablando con ella, y sospechaba por qué. Así que decidí intervenir.

—Señora… —miré el informe— Jones, —sonreí—, ¿le importaría decirle a mi compañera que traiga el termómetro?

—¿Qué? No, no… No puedo dejarlo solo —se quejó.

—No está solo. Voy a cuidar de él. Y será solo un momento —dije con calma.

La señora Jones apretó los labios con fuerza. A regañadientes, asintió y se alejó de allí con rapidez.

Solo teníamos unos minutos.

—Bien, Peter. Ahora que no está tu madre, la cual estoy seguro de que se sentiría un poco triste de saber lo que te pasa, no tenemos que andarnos con rodeos, ¿verdad? —pregunté con calma, acercándose a ver si su mirada estaba desenfocada.

Moví el dedo de un lado a otro, y él lo siguió con normalidad.

—Aprieta las manos y sueltas —pedí.

El chico obedeció.

Pero su cuerpo continuaba tembloroso, sudoroso.

—¿Qué has tomado?

—¿Q-Qué…?

—¿Éxtasis? ¿Cocaína? ¿Alguna droga experimental?

¿Quizás un poco de maría? —bajé la voz a propósito, porque nadie tenía que enterarse de lo que hablábamos—.

Tranquilo, no voy a decírselo a tu madre.

Te ampara el secreto profesional. Pero necesito que me cuentes qué es, o no podré conseguir que esas visiones se esfumen.

Porque no eran visiones, ni una pesadilla. A veces, la mente se defendía a sí misma evocando imágenes grotescas después de ingerir algún tipo de droga alucinógena. Y ciertas personas eran más propensas a otras a la hora de sufrirlas.

Estaba claro que Peter no estaba a un paso de sufrir una psicosis; simplemente había tomado lo que no debía.

—Yo no…

—Vamos, chico. No pasa nada. Diré que solo ha sido una intoxicación. Si lo prefieres. No tengo problema en mentir a tu madre. Pero si quieres que esto se acabe, vas a tener que ser sincero conmigo.

Le ofrecí una sonrisa amigable.

Peter, con una gota de sudor resbalándole por el lateral de la cara, tragó saliva y asintió.

—Un colega me ofreció un porro y luego… Todo se volvió confuso. No dejaba de ver… arañas y hormigas trepando por mi cuerpo.

—Entiendo —apunté algo en su informe con el bolígrafo. No sería para tanto—. No te preocupes, solo ha sido algo puntual. O debería serlo. Con beber una soda y dormir un poco, se pasará.

—¿De verdad?

—Te lo prometo.

Eso pareció tranquilizarlo mucho.

—Doctor Sinclair —dijo Penélope, acercándose con el termómetro y la madre del chico justo detrás—, aquí tienes.

—Gracias. Creo que el chico se ha intoxicado —le guiñé un ojo sutilmente a la enfermera—. ¿Podrías recetarle un par de laxantes y mandarlo a casa? —pregunté al mismo tiempo que colocaba el termómetro en la axila del chico.

—¿Eso es todo? ¿Mi hijo está viendo cosas… por comer algo en mal estado?

—No hay que tomarse a broma las intoxicaciones alimentarias —expliqué, firmando el informe—. ¿Cocina la carne antes de consumirla?

—Por supuesto —repuso ella, ofendida.

—Bien. Quizás deberías comprobar que no haya productos tóxicos cerca de los alimentos. Eso también influye.

—Pero…

—Todo está bien. Cómprale una suda a su hijo y déjelo dormir unas horas. Mañana estará escuchando Nirvana a todo trapo en su habitación.

Abandoné esa cama y me dirigí entonces, café en mano, al final de la sala de urgencias. Todavía quedaba mucha gente allí dentro. Las guardias nunca se acababan. Siempre llegaba más gente, más casos drásticos.

—¿Por qué le has mentido? —me preguntó Penélope, pisándome los talones.

—Solo es un crío que se ha fumado un porro. ¿Quién no ha hecho eso a los dieciséis?

—Yo no.

—Porque tú eras una chica responsable —bromeé, dándole una palmadita en el hombro.

—En realidad, es porque me crie en una familia muy católica. No me dejaban salir de casa. Y cuando por fin empecé a visitar pubs, la gente ya había dejado atrás la etapa experimental con drogas y alcohol.

Sus palabras no sonaban tan lejanas para mí. También crecí en una familia profundamente religiosa y eso casi me arrastró a consagrar mi vida a Dios. Aunque, en mi caso, no dejó secuelas en mi forma de actuar o vivir la vida.

Pero sabía de la existencia de muchos casos donde las personas se pasaban años atrapadas bajo unas normas muy estrictas, sin poder elegir cómo vestir, qué tipo de música escuchar o dónde ir de vacaciones.

Por eso Penélope me causaba cierta ternura; ella era una de esas personas que lucharon por seguir adelante después de ser expulsadas de su hogar, bajo la promesa de no volver.

Porque nunca te dejaban volver.

—¿Ni siquiera en la universidad? —pregunté, curioso.

—No fui. Estudié enfermería y aquí me tienes —encogió uno de sus hombros—, poniéndole el termómetro a pacientes adolescentes que no saben decir que no a las drogas.

Sacudí la cabeza y detuve mis pies delante de la siguiente paciente.

—Cameron Martínez, ¿verdad? —eché un vistazo a su ficha y tiré de la cortina con la idea de concederle un poco de intimidad—. ¿Qué tal si me cuentas qué te pasa?

Encogida sobre la cama, con los pies descalzos en cruz, sus brazos envolviendo sus piernas y la mirada perdida, Cameron ni siquiera fue capaz de responder. Y ya había visto a otras personas en esa posición como para comprender que necesitaba espacio y un poquito de comprensión.

—Cameron, soy el doctor Sinclair. Solo quiero ayudarte.

No respondió.

Penélope y yo intercambiamos una mirada.

—Sé que no lo estás pasando bien, por eso voy a llevarte a una habitación, donde estarás tranquila y vigilada. ¿Te parece bien? —como seguía sin hablar, añadí—: Si quieres quedar con nosotros, mueve el dedo índice una vez. Si deseas quedarte aquí y luego marcharte a casa, muévelo dos veces.

Pensé que no lo haría. Que seguiría en esa posición hasta que los enfermeros necesitaran la cama y ya no tuviéramos potestad para retenerla…

… pero entonces movió el dedo una vez, y yo sentí cierto alivio.

—Genial, Cameron. Lo has hecho genial. Acompaña a Penélope a tu habitación y descansa un poco. Prometo que iré a verte en un rato, ¿te parece bien?

Volvió a mover el dedo una vez.

Con un gesto de la cabeza, le di carta blanca a Penélope para que se la llevase de allí.

Si Cameron había sido capaz de venir hasta aquí y pedir ayuda, es que todavía quedaba esperanza.

Además, no tenía la potestad de activar el protocolo anti suicidio si ella no atentaba contra sí misma. Y no había sido el caso.

Solo necesitábamos hablar con ella y descubrir qué le pasaba, y ofrecerle todas las opciones posibles.

Justo cuando planeaba volver a mi despacho en urgencias, Sarah, otra de las enfermeras, se acercó a mí.

—Doctor —dijo con la voz pastosa—, tenemos a una mujer que presenta vértigos, vómitos y sudoración. Dice que no ha tomado nada, pero que no es capaz de mantener los ojos abiertos y nota la cabeza embotada.

Fruncí el ceño. Eso no sonaba demasiado bien.

—¿Meningitis?

—No lo creo. No tiene fiebre ni rigidez en el cuello.

—Bien. Voy.

Caminé detrás de ella hasta la cama de la paciente. Y me hubiese sorprendido menos de encontrar detrás de la cortina a alguien con la piel llena de ronchas, o la cara desfigurada, en lugar de verla a ella.

—¿Serena? —balbuceé, sorprendido.

Ella abrió los ojos y luchó por enfocarme, pero antes de conseguir hablar, su cuerpo se echó hacia delante y vomitó sobre mis pies.

Un minuto más tarde, quedaba con sus manos y su frente apoyadas en mi pecho, murmurando un «me estoy muriendo».