Saga Sin Reglas Epílogo
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Epílogo

Maddison

Un año más tarde.

Escuché los pasos de Cayden incluso antes de que apareciera en escena. La sombra que proyectó sobe mí no me hizo detenerme, sin embargo, y seguí lamiendo la cuchara que previamente había hundido en el helado que descansaba sobre mis piernas.

—¿Qué demonios estás haciendo? —preguntó, frotándose los ojos con el dorso de la mano—. Son las… dos de la mañana.

Y… ahí estábamos de nuevo. Cayden mirándome como si me hubiese vuelto loca y yo con un agujero negro en el estómago que nunca se cerraba.

—Quería helado.

—¿Y no podías esperar a mañana?

—No. Abrí los ojos y pensé que un poco de helado estaría bien.

—¿Un poco? —Cayden encendió la luz de la cocina y se quedó de piedra al ver los envoltorios de caramelos por el suelo, el bote de pepinillos abierto y la barra de queso a medio morder—. ¿Qué es esto, Mad? ¿Debo preocuparme?

En cualquier otro momento, hasta me habría sentido algo avergonzada. Visto desde fuera, no era normal pegarse un atracón a las dos de la mañana. Mucho menos, de alimentos que no pegaban entre sí. Pero todo tenía una explicación.

—¿Sabes? Sé que la doctora dijo que era mejor esperar y todo eso, pero me he cansado… Y no quiero que me mires como si me faltase un tornillo.

Cayden frunció el ceño.

—¿De qué hablas, nena? ¿Estás… enferma? —la preocupación en su voz se intensificó al ver las marcas en mi muñeca—. ¿Han tenido que sacarte sangre?

Contemplé el sutil moratón verde que me provocó la enfermera esa mañana —casi nunca me encontraban una vena en la que clavar una aguja—, y me sentí un poco mal por llevar tres semanas engañando a mi futuro marido. No me parecía justo. Él merecía saber qué estaba pasando.

—Es que… estoy embarazada. La doctora dijo que era mejor no decir nada hasta que pasaran las doce semanas, por todo eso de que a veces ocurren abortos espontáneos en madres primerizas. Y porque mi útero es algo más pequeño de lo normal, lo cual podría complicar un poco todo este asunto. Y…

No logré terminar, pues Cayden se arrodilló en el suelo y me abrazó tan fuerte, que hasta la cuchara se me cayó de las manos.

—Joder, nena. No sabes la alegría que acabas de causarme.

Con cierta cautela, coloqué la mano sobre su espalda desnuda, empapándome de su calor.

—¿No estás… enfadado?

—¿Qué? No, claro que no. Es… Es que esto… —Cayden besó todo mi rostro, emocionado e ilusionado a partes iguales—. No me lo esperaba.

—Yo tampoco. No tan pronto.

—Eso da igual, Mad. —Colocó una de sus manos sobre mi abdomen—. ¿De cuánto estás?

—Nueve semanas y media. Me enteré de casualidad, y… quería decírtelo, pero me daba un poco de miedo.

—¿Pensabas que me molestaría?

—No, pero sí que considerarías que íbamos demasiado rápido.

Nos habías prometido solo dos meses antes, e incluso mi familia ya nos advirtió de que no debíamos correr. Pero la vida con Cayden era tan cálida y apacible, tan apasionada y divertida, que no quería seguir en el banquillo. Necesitaba lanzarme con todo y disfrutar de cada etapa a su lado.

Por supuesto, un hijo era algo más serio. Pero vivía en una nube gracias a la feliz noticia. Solo pensaba en cómo sería todo cuando naciera, descubrir si se parecía a Cayden o a mí, si diría primero mamá o papá…

—Nena, ni en mis sueños hubiese conseguido hacerme más feliz —aseguró Cayden, sentándose a mi lado. Quitó el bote de helado de mis piernas y me atrajo hacia su pecho—. ¿Cómo estás? ¿Qué necesitas?

—Helado, de hecho —me reí al ver cómo hacía una mueca—. Y a ti, claro. Siempre te necesito a ti.

Acaricié la piel de su espalda, recorriendo la línea de sus músculos y de su columna, hasta acabar en el elástico del pijama. Cayden besó el lateral de mi cuello, haciéndome cosquillas.

—Puedes tener las dos cosas si quieres.

—Mh… Eso suena…

—¿Bien?

—Muy bien —asentí, permitiendo que me tumbara sobre el suelo. Acaricié los mechones rebeldes de su pelo—. ¿De verdad que no te importa que vayamos a ser uno más?

—En absoluto. De hecho, ahora mismo solo quiero devorarte por completo y besar tu abdomen de principio a fin —reconoció con la voz ronca, su mano subiendo mi pijama lentamente—. Nunca dejas de sorprenderme.

—Espero que para bien.

—Siempre, nena. Siempre.

Sin dejar de sonreír, orgullosa de ser quien le diera a ese hombre un hijo, separé las piernas y le hice un hueco entre ellas. Nada más sentir el peso de su cuerpo sobre mí, todos los miedos se disiparon de golpe.

—Voy a cuidarte tanto que terminarás hartándote —murmuró, depositando un beso justo encima de mi ombligo.

Suspiré de placer y de ternura.

—Eso jamás sucederá, cariño. Me gusta todo de ti.

—¿Ah, sí? —se detuvo a tiempo de bajarme los pantalones del pijama y las bragas—. ¿Por eso estás tan mojada?

—Es que hacerte sonreír me pone cachonda —bromeé.

Cayden besó la parte baja de mi abdomen… y subió con un lametón juguetón hasta mi ombligo.

Todo mi ser tembló de expectación.

—Nunca dejaré de creer que eres la mujer de mi vida, Maddison.

Sus palabras calaron sobre mí como los rayos de sol al amanecer. Cerré los ojos y me dejé arrastrar por el placer que sus besos y caricias me provocaban.

Fuera pronto o no, ese hijo nos uniría más y nos haría aún más felices. Y no existía fuerza en el mundo capaz de impedir que Cayden y yo nos quisiéramos con locura.

Ni siquiera la pasión o el miedo.

Porque ya habíamos superado esa etapa y todo lo que nos quedaba era un amor imparable.

Y un futuro bebé.