Capítulo 36
Maddison
Dos semanas más tarde.
—¿Qué es esto? —preguntó Cayden nada más llegar a casa.
Me había colado indiscriminadamente en su apartamento después de enterarme de que habían aceptado, por fin, comprar el hotel Vaughnat.
—Tu secretaria me llamó hace un hora y… ¡enhorabuena! —solté un montón de confeti dorado y plateado por encima de su cabeza—. Sabía que conseguirías ese maldito hotel.
Cayden pestañeó, sorprendido y alucinado, cuando un par de confetis se posaron sobre sus pestañas. Los apartó con cuidado y se quedó mirándome.
—¿Has venido a celebrar conmigo la compra del hotel?
—Pues claro, Prince. Es importante para ti, un logro para tu empresa… ¿Qué pasa?
—Tu hermano también me ha llamado hoy y me ha dicho que te han cogido en una nueva empresa. Me parecía más importante celebrar eso.
Solté un bufido y me acerqué a él. Le di un par de toquecitos en el pecho con el índice.
—¿De verdad vas a comparar una cosa con la otra? Que me parece muy tierno de tu parte, pero lo del hotel es infinitamente más emocionante. Por fin vas a convertir ese edificio en un hotel de verdad.
Cayden agarró mi muñeca y me acercó a él de un tirón. En cuanto nuestros cuerpos chocaron, el aire abandonó de golpe mis pulmones.
—Eres la mujer más increíble que he conocido —murmuró contra mi boca.
Aunque su aliento me hacía cosquillas, sonreí.
—Estoy muy feliz por ti, Prince.
—Y yo orgulloso de que al fin estés en una empresa decente.
Uf, sí, pensé. No tendría que volver a cruzarme a la policía nunca más. Al menos, esperaba que no. Y que, si volvían a llevarme a comisaría, fuese por una maldita multa.
Si bien me marché de la empresa enseguida, continuaba en contacto con Judah y Mariah.
Ninguno dimos crédito a lo que estaba ocurrido.
Es que no tenía sentido alguno. Sin embargo, el señor Hale se había escapado y la policía intentaba dar con su paradero, y el de sus socios.
Menos mal que no salimos salpicados por sus malas acciones, y tarde o temprano pagaría por ello, porque hubiese sido jodidamente frustrante.
Solo quería tener una vida tranquila.
—He traído un pastel —le informé—. Y comida italiana.
—Mh… suena bien.
Asentí mientras le quitaba la chaqueta y la dejaba caer en el sillón más cercano.
—Podríamos salir esta noche y celebrarlo con vino —sugerí—. A menos que hayas quedado con Gideon o los accionistas.
—Gideon está fuera del país ahora mismo, y los accionistas me importan muy poco. Solo quiero estar contigo —aseguró Cayden, sus labios acariciando la línea de mi mentón.
—También… es probable que podamos vernos más a menudo. Mi empresa está a diez minutos de tu casa.
Cayden pareció congelarse de pronto.
Sus ojos se clavaron en los míos con muchísima intensidad.
—¿De veras?
—Uh, sí. Por eso pensé que… sería viable venir a cenar contigo varias veces por semana.
—O quedarte aquí para siempre.
Fue mi turno para quedarme helada.
—¿Venir… aquí? ¿Definitivo?
—Claro, nena. Te ahorrarías el alquiler y los viajes diarios, y pasaríamos muchísimas más horas al día juntos.
—Es muy precipitado.
—Te lo puedes pensar.
Mordisqueándome el labio inferior, barajé las posibilidades. Casi todo era beneficioso, no lo negaría.
Madrugaría menos, vería más a Prince, compartiríamos más tiempo en pareja… ¿Cómo iba a negarme? Si, de todos modos, mi apartamento no me gustaba y me adaptaba fácilmente a los cambios.
Él me apartó el pelo de la cara, esperando una respuesta. Pero yo me distraje desabrochando los botones de su camisa y quitándole el cinturón.
—¿Solo me ofreces esas dos cosas? —pregunté, relamiéndome los labios—. ¿Nada más?
—Bueno… te haría feliz a cada segundo. Besaría tu boca y tu cuerpo constantemente. Te prepararía el baño y un buen desayuno. Veríamos esas películas de terror que tanto te gustan. Incluso te permitiría usar mis camisas a modo de pijama.
A medida que iba hablando, mi mano se fue colando por debajo de su ropa… hasta acariciar la erección que llevaba unos minutos clavándose en mi estómago.
Cayden siseó nada más sentir la caricia tentativa de mis dedos sobre su polla.
—Eso me gusta…
—Y te prometería más cosas, pero…
—¿Puedes hablar con mi mano en tus pantalones, Prince?
Él dejó ir lentamente el aire y se presionó más contra mí.
—No. Jodidamente… no.
Ronroneé del gusto, perdida en su mirada oscura, en sus labios. Los lamí lentamente y apreté su polla con los dedos, acariciándola desde la base hasta la punta.
—Podríamos negociar en la cama —sugerí—. Y luego festejar.
—Me parece el mejor plan de todos.
Cubrió mi nuca con su gran mano y me obligó a corresponder a su beso cargado de pasión. Gimoteé cuando su otra mano abarcó una de mis nalgas, clavándome los dedos justo ahí.
Ese hombre sabía cómo encenderme, maldita fuera.
Conseguimos llegar a su cama con algo de dificultad, besándonos y mordiéndonos y retándonos con la mirada. Cuando caí sobre el colchón, Cayden me arrebató la falda y rompió mi camisa, haciendo saltar los botones por los aires.
—Eres un bruto, Prince.
—Y tú tienes la boca muy limpia. Tendremos que cambiar eso.
Joder.
Estaba completamente húmeda cuando él tiró de mí, casi como si fuese una muñeca, y me colocó sobre su cuerpo… solo que no nos mirábamos a la cara. Cayden prácticamente acomodó mis caderas a la altura de su rostro, y yo me quedé mirando su ancha y venosa polla; húmeda y rosada en la punta.
Este hombre planeaba matarme… de placer.
—Ahora sí que podemos negociar con propiedad —dijo, y rozó mi clítoris hinchado con la punta de la lengua—. Vente a vivir conmigo, nena.
Cualquier pensamiento lógico había desaparecido de mi cabeza. Su sabor y su olor inundaba todo mi ser. Gemí una vez más al sentir cómo su boca hacía estragos en mi coño, sin darme tregua alguna.
Tomé su miembro con la mano y me concentré en lamer la punta roma. En chupar y besar, tal y como a Cayden le gusta.
—Convénceme.
—¿Más, mi amor?
—Sí —jadeé, pegando más las caderas a su boca—. Mucho más.
—Como ordenes, nena.
Perdí por completo la compostura mientras nos devorábamos el uno al otro. La boca de Cayden era magnífica. Sabía cómo llevarme al límite… y luego contenerme, privándome de mi ansiada liberación.
Y yo, a modo de castigo, me metía su miembro en la boca hasta la garganta… y luego lo liberaba y escupía encima, acariciándolo con la mano. Apretando la base para que no se corriera.
—Di que te quedarás conmigo, nena…
—¿Prometes cuidarme y quererme siempre, Prince?
Clavando las manos sobre mis nalgas, dio una última lamida sobre mi coño… y eso bastó para que me corriera. Temblando y gimiendo su nombre en voz alta. Liberándome sobre su boca, que no dejó de besarme hasta que el orgasmo cesó.
—Siempre, nena.
—Entonces sí. —Sudorosa y temblorosa aún, lo miré por encima del hombro—. Me quedaré contigo.
Cayden me premió con un beso cerca de la cima de mi coño. Aunque acababa de correrme, me sentía al borde de nuevo.
Aun así, volví a mimar su polla con besos y lamidas, hasta que Cayden gruñó, liberándose en mi boca, sin dejar de pronunciar mi nombre.
Y eso me pareció tan sexy, tan increíble, que decidí que no me lo perdería nunca más.
Quería a ese hombre y lo quería a mi lado por el resto de mis días, así que haría el esfuerzo y mezclaría mi ropa con la suya.
Construiría un hogar donde plantar los cimientos de nuestra relación.
Hasta que fuéramos viejos y viviéramos de recuerdos.
Me moví sobre su cuerpo, acomodándome sobre su cintura e inclinándome para devorar su boca con la misma sensación cálida de antes inundándome por completo.
—Te quiero, Cayden.
—Y yo te quiero a ti, Maddison.
Sonriendo, acaricié su cara y permití que me follara tan duro como siempre. Porque así éramos nosotros: puro fuego.
Y así era lo nuestro: una pasión fuera de control.