Capítulo 35
Cayden
Salí de la última reunión sintiéndome jodidamente cansado, pero satisfecho.
Aún no conseguíamos ponernos de acuerdo todos a la hora de comprar el hotel Vaughnat, pero, a diferencia de otras veces, sí que llegamos a un acuerdo: pedir un informe detallado sobre los pros y los contras de reconstruir ese edificio y venderlo en pocos años.
Si alguien peritaba el hotel y todo estaba bien, vería cumplido mi mayor sueño… profesionalmente hablando.
Algunas veces, las cosas no se conseguían ni a la primera ni a la segunda.
Eso lo aprendí a lo largo de la vida. Más concretamente, con Maddison.
Aunque al principio no tenía derecho a tenerla cerca, a besar su boca o disfrutar de su compañía, el destino decidió que era en Manhattan donde ocurriría la magia.
Y menos mal.
Llevábamos una semana sin vernos, solo hablando por teléfono, debido a esta reunión.
También a lo acontecido en su trabajo. No cesaba en su empeño de encontrar otra empresa donde la contrataran, así que se pasaba los días enviando currículums y acudiendo a entrevistas.
A cambio, llamaba por las noches y me comentaba todo.
La echaba mucho de menos. Odiaba que el trabajo se interpusiera entre la conversación que teníamos pendiente y nosotros.
Pero, al mismo tiempo, me alegraba de pensar en ella a todas horas. Eso solo reforzaba mis sentimientos hacia Maddison.
Sencillamente no deseaba estar lejos de ella.
—Señor Prince —dijo mi secretaria a través del teléfono una vez me había acomodado en mi escritorio y abierto mi agenda para ese día—, tiene una visita importante.
Fruncí el ceño, preguntándome quién sería. No había concertado ninguna reunión más, ni visita. Normalmente elegía muy bien los días para recibir propuestas de venta o de compra. Pero, por otro lado, era probable que se tratase de alguno de los accionistas; preocupado por lo que estábamos haciendo.
—Hazlo pasar —respondí.
—De acuerdo, señor.
Ni siquiera tenía puesta la mirada en la puerta cuando esta se abrió y se cerró. Solo quería terminar con esta jornada. Irme a casa. Descansar. Llamar a Maddison y…
—¿Molesto, señor Prince? —preguntó alguien con un tono evidentemente burlón.
Alcé la mirada casi tan rápido como mi corazón dejó de latir. Y entonces la vi allí parada, vestida con una falda de tubo y una camisa oscura, y el pelo recogido en una coleta alta, despejando totalmente su rostro.
Estaba… bellísima.
Como siempre.
—¿Mad?
—Cualquiera diría que has visto un fantasma, Prince.
—Joder, no. Claro que no.
De. Ningún. Maldito. Modo.
Me faltó tiempo para levantarme de mi silla e ir a su encuentro. En cuanto mis manos ahuecaron sus mejillas cálidas y suaves, todo pareció volver a la normalidad.
—¿Por qué no me has avisado que venías?
—No es algo que haya meditado mucho rato. He estado en una entrevista a dos manzanas de aquí y… pensé en lo mucho que te extrañaba últimamente, y en lo mucho que me apetecía verte… y simplemente vine.
Dejé ir todo el aire contenido en mis pulmones antes de besarla como si llevara años sin recibir ni una sola muestra de afecto.
Ella rodeó mi cuello y jadeó contra mi boca, igual de ansiosa. Correspondiendo a la batalla sensual de nuestras lenguas, que al fin se encontraban.
—Había olvidado que a veces puedes ser muy… efusivo —dijo ella, apenas sin aliento.
—No sabes la semana que llevo.
—Me hago una idea. Todo ha ido muy deprisa.
—Demasiado.
—Y tenemos que hablar.
Eso sí que me tensó de golpe.
Maddison se alejó un poco y se acomodó sobre mi escritorio, mirándome con esos ojos grandes y expresivos. Capaces de hacer que mi mundo ardiera hasta el último rincón.
—Sí, aún hay algo pendiente entre nosotros.
—Desde que Max nos dio el visto bueno, todo parece… distinto.
—No es por Max —dejé claro—, sino porque nosotros ya no estamos en el mismo punto.
—Tal vez —cabeceó ella, pensativa—. El punto es que he estado pensando en lo que me dijiste aquella noche, y en lo que siento yo… y ya no quiero alargarlo más, Prince.
Tragué saliva, sin saber muy bien a dónde pretendía llegar.
¿Buscaba darle suspense y emoción a la conversación? ¿O planeaba soltarme que lo mejor era romper nuestro acuerdo y volver a ser colegas?
—¿Te arrepientes de lo nuestro, Mad?
—No. ¿Por qué debería? Me lo he pasado muy bien en estas semanas.
Deja de ser tan fatalista, Prince —ronroneó ella, sonriendo—.
He venido hasta aquí porque las cosas importantes hay que hablarlas cara a cara.
Y porque estoy cansada de vivir pegada al teléfono, esperando un mensaje tuyo, como si tuviera veinte años y me hubiese liado con un compañero de clase.
—¿Así que…?
—Así que —repitió ella—, me gustaría intentarlo. Ya sabes… tú y yo. Juntos. Como una pareja de verdad.
Toda la tensión acumulada en mi interior murió de inmediato, calcinada.
—¿Estás segura?
—¿Y tú? —increpó ella, con una ceja alzada—. ¿Por qué parece como si te estuviera diciendo que eres un gilipollas?
Solté una carcajada y caminé hasta ella, acorralándola contra mi mesa. Se veía muy sexy esa mañana. También muy tierna, toda ofuscada por la ausencia de respuestas.
—Solo intento asegurarme de que realmente deseas esto, Mad.
Porque no quiero comprometerme contigo si no lo tienes claro.
Tengo una edad ya para jugar al ratón y el gato, y salir perdiendo.
Y hacía muchísimo tiempo que no me planteaba ir más allá con alguien.
Pero eres tú —dije, como si eso lo explicara todo.
Y, a decir verdad, sí que lo hacía—. Tú eres la única que me ha enseñado hasta dónde puede llegar el amor y el cariño y la pasión.
Pese a su reticencia inicial, Maddison aceptó las caricias en su cintura y los besos en su rostro. Respiraba algo agitada, como si le costara mantener la cabeza fría.
—Cuando mi ex me puso los cuernos, me prometí a mí misma que abandonaría la idea de confiar en un hombre.
Pero contigo todo parece encajar en todo momento.
Si siento que pierdo el control, tú me sostienes.
Si algo va mal, tú me consuelas. Si la pasión me quema las entrañas, tú la calmas.
Y…, si te soy honesta, Prince, me he cansado de negarme a mí misma las cosas.
—Sus manos subían y bajaban por mi pecho, acomodando las arrugas imaginarias de mi camisa—.
En el pasado, no dije nada por miedo y por vergüenza.
Porque di por hecho que jamás me mirarías de la forma en que yo te miraba a ti.
Y pasaron los años, y casi cometí el error de casarme con otra persona.
—Pero ahora estás aquí, conmigo. Y mis sentimientos son los mismos —susurré, inclinándome para juntar nuestras frentes—. Confía en mí.
—Ya lo hago, Prince. Confiar en ti.
—No sabes cómo me tranquiliza oír eso, nena —murmuré, dándole un corto beso—. Porque es importante para mí que sepas lo mucho que me importas y te deseo. Lo feliz que me hace la posibilidad de tener una familia en el futuro. De unir mi camino con el tuyo, y crear uno solo.
—¿Aunque creas que soy una malhablada y que maldigo mucho?
—Aun así.
—¿E incluso si lleno tu apartamento con mi ropa, y mis pertenencias, y mis zapatos?
—Incluso así.
Sus manos subieron hasta mi cuello y mi mentón, acariciando mi piel de la forma más delicada posible.
—¿Vas a quererme siempre, Prince?
Al ser la pregunta más importante de mi vida, la abracé con fuerza y sonreí muy cerca de su boca.
—Siempre, Maddison.
Ella respiró aliviado.
—Lo has prometido. Como hagas algo que me duela o me enfade, cruzaré el océano y no me verás más —advirtió, tratando de sonar amenazante, pero simplemente ofreciendo la viva imagen de una mujer que estaba a punto de hacer un puchero.
—Entonces trataré de no perseguirte más por toda la ciudad, tal y como me pediste hace unas semanas.
—No, Prince. Ahora es el momento de que sigas mis pasos. Porque si dejas de caminar a mi lado, me mudaré lejos. Y no te abriré la puerta de mi hogar nunca más.
Sonriendo de medio lado, acorté la distancia entre nosotros y besé sus labios con lentitud. Culminando con una sensual lamida sobre la comisura de su boca.
—No soy tan estúpido como para perder la oportunidad que me estás ofreciendo en bandeja, nena. Si me dieran a elegir entre ser feliz contigo y conseguir el hotel Vaughnat, te elegiría a ti sin pensármelo dos veces. Porque no hay nada en este mundo que me interese más que tú.
Ella suspiró bajo, y me abrazó con mucha fuerza.
—Conseguirás ese hotel. Si has logrado conquistar mi corazón, todo lo demás es posible.
—Qué tierna puedes ser cuando te lo propones.
—No juegues conmigo, Prince. Todavía puedo patearte las pelotas si haces algo que me ponga triste.
Reí bajito.
—Eso ya es más tú.
—Te lo digo de verdad, Prince. No me hagas daño. Estoy cansada de que me rompan el corazón.
—Nena… no hay nada de ti que quiera romper. Excepto tu ropa interior. Pero prometo comprarte más —ronroneé cerca de su boca.
Ella cubrió la mía con una mano, impidiéndome besarla.
—Para siempre, Cayden.
Liberé mi boca de su agarre, y la hice girar, de manera que ella quedase recostada sobre mí y yo apoyado sobre el borde de la mesa.
—Para siempre, Maddison.
Coloqué una mano sobre su nuca y la obligué a mirarme de nuevo.
No hicieron falta un montón de palabras más. Simplemente nos abrazamos de nuevo, sintiendo el calor del otro, por fin seguros de lo que sentíamos y queríamos.
A veces, una pasión arrolladora solo era la mecha que prendía una emoción. Y otras, obligaba al corazón a rendirse al amor.
Tenía suerte de que con Maddison hubiese ocurrido las dos cosas al mismo tiempo.
Y no pensaba soltarla jamás.