Capítulo 34
Maddison
El alivio me invadió por completo cuando Max entró en la comisaría.
Ni siquiera me importó la mirada terrible que el policía me dedicó al levantarme de la silla y correr a sus brazos. Necesitaba que alguien cercano a mí, alguien a quien amaba, me reconfortara después de una hora en la comisaría.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Max—. ¿Qué has hecho?
—Están investigando al señor Hale por prostitución infantil en Bangkok. Creen que usan su empresa de eventos para lavar dinero, y que algún empleado está en el ajo.
—¿Y te están culpando a ti? —la mirada de mi hermano se oscureció—. Hijos de la gran puta.
Un escalofrío bajó por mi espalda, estremeciéndome.
Mi hermano era uno de los mejores abogados de Londres.
Trabajaba en Archibald&Co., y llevaba una media de seis juicios al mes.
Y los ganaba todos. Era un puto monstruo en los juzgados.
Hasta le tenían miedo. Por eso, porque conocía su historial, supe que solo él me sacaría de allí sin que mi nombre saliera manchado.
—Buenas tardes —saludó entonces al policía—. Soy Maximus Ward, abogado. Represento a la señorita Ward legalmente y me gustaría comprobar que está todo en regla.
—Solo intentábamos hablar con la señorita acerca de su labor en la empresa donde trabaja.
—La señorita Ward está siendo coaccionada, aprovechando su falta de conocimientos, para que confiese algo que no ha hecho. Para empezar, ni siquiera tenéis una orden de detención.
—Solo es una charla —insistió el policía, algo cabreado—. Si ella nos cuenta todo lo que sabe, podrá irse.
¿Cómo era capaz de mentir tan fácilmente? ¡Si me había escoltado desde mi oficina hasta allí igual que hicieron con Ted Bundy el día que lo detuvieron! ¡Como si yo me dedicase a esconder cuerpos en el trastero o secuestrar ancianas!
Dios, odiaba a los putos policías y a los inspectores. Se consideraban por encima de todo.
—Por lo que tengo entendido, la señorita Ward no sabe nada.
De hecho, yo mismo trabajo en esta investigación desde mi oficina de Londres.
Sé perfectamente lo que ha hecho el señor Hale y a qué se dedica.
Por eso mismo, y porque ya tenéis todos los informes a vuestro alcance, es absurdo que pretendáis presionar a sus trabajadores en busca de un cabeza de turco.
Sus socios están dentro del departamento de finanzas.
Son ellos los que blanquean el dinero mes tras mes.
Ni Mariah Mendoza, ni Judah Liam ni Maddison Ward están al corriente de las ilegalidades que se cometen bajo el techo donde desempeñan sus funciones.
»Estaría bien que tomarais declaración a la señorita Ward y luego la dejarais marchar.
Como al resto. El hecho de que ella haya viajado desde Londres hasta Nueva York para trabajar no la incrimina de ningún modo.
Pero, si necesitáis una investigación más profunda, estaré encantado de representarla y trabajar codo con codo junto a vosotros.
Miré la espalda de mi hermano cuando confesó que ya sabía a qué se dedicaba mi jefe.
No supe por qué, pero eso hizo que mi estómago se revolviese de nuevo.
Aguanté el tipo como pude durante al menos cinco minutos.
Cuando el policía terminó de redactar mi declaración —básicamente la verdad: que no sabía nada—, me hizo firmarla y me entregó una copia.
—Será mejor que tenga el móvil encendido y esté localizable, señorita Ward. Por si acaso —advirtió el policía.
Me limité a asentir antes de seguir a Max hasta la puerta. Una vez abandonamos la comisaría, detuve mis pasos y me abracé a mí misma.
—¿Tú lo sabías todo?
Max me lanzó una mirada de disculpa.
—No quería que te involucraras demasiado en el tema.
—Tendrías que habérmelo dicho —murmuré, quizá en un tono demasiado recriminatorio.
—¿Me habrías creído, Mad? ¿O habrías dado por hecho que solo lo decía con la intención de traerte de vuelta a casa? —preguntó con cansancio.
Mordiéndome el labio inferior, tuve que asumir que era cierto lo que insinuaba. Lo habría tomado fatal. Hubiese pensando que solo quería sobreprotegerme y sacarme de Manhattan a toda costa.
Pero, en parte, también recaía en él toda la culpa. Si no hubiese colocado un localizador en mi móvil ni enviado a Cayden a seguirme cual perrito faldero, tal vez lo hubiese tomado en cuenta.
—De todos modos, no quiero ni que tengas que oír o ver lo que ha hecho ese cabrón —prosiguió, con los puños apretados—. Es… repulsivo.
—Lo sé.
—Has hecho bien en llamarme. Y si volvieran a molestarte cuando no esté en Mahattan, te daré el número de dos compañeros que te ayudarán sin problemas.
—Gracias. Pero… Max, necesito que dejes de tratarme como a una cría —solté entonces—.
Sé que te preocupas por mí, y que piensas que soy demasiado impulsiva y caótica, pero vine aquí con la idea de ser feliz.
De avanzar en la vida. Si tengo un problema, te lo haré saber.
Pero es imposible que controles todo lo que ocurre a mi alrededor.
—Sí, lo entiendo. Créeme que lo sé. He estado meditándolo estas últimas horas y me he dado cuenta de que soy una mierda de hermano.
—Eso no es cierto.
—Claro que sí. Tienes una edad ya para que seas responsable y cuides de ti misma, sin sentir que estoy vigilando cada cosa que haces. Si hubiera abierto un poco más la mente, tal vez me habrías comentado antes que estabas con Cayden.
Frente a una comisaría no era el mejor lugar ni el momento para hablar de esos temas, pero ya que Max se veía por la labor de sincerarse, me quedé allí parada, escuchándolo.
—No es lo que me gustaría para ti —reconoció—, pero voy a respetarlo porque sé que es imposible luchar contra dos personas que se atraen.
—Si te sirve de consuelo, no te lo dije porque Cayden me lo pidió como un favor. En su momento, me enfadé muchísimo. Pero ahora veo por qué le daba cierto reparo hablar de esto contigo: eres muy pesado.
Max sonrió de medio lado.
—Eso ya lo sabes.
Cabeceé, dándole la razón.
—¿Tenemos tu beneplácito, entonces? —pregunté, por asegurarme.
—Sí, enana. Lo tienes.
—¿Y prometes que te comportarás en todo momento?, ¿incluso si sale mal?
Exhaló un profundo suspiro.
—Sí.
—Bien. Eso ya es un gran paso, viniendo de ti.
—¿Realmente quieres estar con él? ¿De verdad sientes algo por Cayden?
Relamí mis labios, pensando en todo lo que habíamos vivido en las últimas semanas, en los últimos años, y asentí.
—Hace tiempo que él encendió una llama en mí, y no me di cuenta hasta que dejé que lo incendiara todo. Sería estúpido negártelo y negármelo. Prince me gusta y me hace sentir bien, y sé que debo tomar el riesgo.
—Tú misma. Mientras no me cuentes qué hacéis en privado, todo bien.
Fue mi turno para sonreír de medio lado.
—Tranquilo, no pensaba comentarte las fantasías que llevamos a cabo cuando nos quedamos a solas. —Me reí fuerte al ver su mueca de asco—. Gracias por entenderlo y respetarlo.
Antes de que dijese nada, caminé hacia él y lo abracé muy fuerte. Max me devolvió el gesto al instante.
Durante toda mi vida, él fue quien me cuidó y me protegió.
Quien me acompañó en cada etapa, sin dejar de creer en mis capacidades o en mis sueños.
Era capaz de cruzarse un océano entero solo por asegurarse de que estaba bien.
Y, aunque no siempre actuaba del mejor modo —véase lo del localizador, ocultarme información sobre mi jefe—, no era un mal hermano. Al contrario: lo era todo para mí.
—Intenta no guardarte información confidencial la próxima vez. Lo de hoy ha sido una putísima mierda —murmuré.
—Lo siento —depositó un beso en mi frente—. Todo saldrá bien.
—Lo sé. Ahora solo tengo que hablar con Prince.
—Pues sí, porque se ha quedado preocupado.
Noté una sacudida en el estómago.
—¿Me llevas a su casa y comemos los tres, tal y como dijimos? Así, de paso, me ayudáis a buscar un nuevo empleo.
Max dio un último apretón antes de asentir y alejarse.