Capítulo 33
Maddison
Cayden:
Todo bien con tu hermano.
¿Quedamos para comer hoy los tres?
Nada más ver su mensaje, parte del nudo que había en mi estómago desde las últimas horas desapareció de golpe. ¿De verdad habían hablado esos dos? ¿O trataban de tenderme una trampa?
Observé la agenda que descansaba sobre mi escritorio. Esa semana teníamos casi todo el trabajo hecho. Y Mariah no me había comentado nada de salir a comer al restaurante italiano de siempre.
En realidad, no me quedaban excusas.
Maddison:
Claro.
Lo mejor para todos era solucionar aquel embrollo de una vez. Que Max supiera que estábamos bien y que no ocurriría nada malo.
Además, Cayden me confesó la noche anterior que realmente quería estar conmigo más allá de una relación sexual. No sabía cómo tomármelo. Y tampoco hablamos mucho al respecto. Enseguida me lo llevé a la cama y luego… todo se volvió difuso.
Pero no conseguía sacarme de la cabeza la sinceridad de su voz, la forma en que sus dedos acariciaban mis piernas mientras confesaba en voz alta lo que habitaba en su corazón.
Claro que no me había dicho que me amaba, ni mucho menos. Solo que sentía cosas por mí, desde hacía bastante, y eso lo volvía más egoísta respecto a nuestra relación.
Para ser honestos, tampoco me sentaba bien imaginarlo en brazos de otra. Teniendo hijos con otra. Besando, abrazando y haciéndole el amor a otra.
Y eso me amargaba tanto.
Terminé de trabajar y decidí avisar a mi jefe de que me tomaría el resto del día libre. Normalmente no solía importarle que terminase mi trabajo desde casa, siempre y cuando no nos quedara alguna reunión importante. Además, Judah me debía un par de favores.
Justo cuando iba a llamar a su puerta, alguien la abrió desde el otro lado y me cortó el paso.
—Señorita Ward —dijo el hombre, muy serio. Enseguida mostró la placa—, justo iba a buscarla.
—¿Disculpa? —pestañeé, sorprendida—. ¿Qué ocurre?
—Necesito que nos acompañe a comisaría para prestar declaración.
—¿Acerca de qué? ¿Qué ha pasado?
Todo mi cuerpo tembló con violencia. ¿Habría ocurrido algo grave y me habían culpado a mí por ello?
Traté de ver por encima de él, preguntarle a mi jefe, pero el hombre era demasiado alto y corpulento, y no paraba de cortarme el paso.
—Es confidencial.
—Pero queréis que preste declaración acerca de un tema que desconozco.
—Eso está por ver. ¿Puede acompañarnos?
—¿Puedo negarme?
—No, lo cierto es que no.
—Entonces sí, vamos.
El hombre asintió y se quedó detrás de mí, permitiéndome encaminarme hacia el ascensor. Antes de eso, le espeté que necesitaba mi bolso. Lo vi perseguirme como una sombra molesta, sin quitarme los ojos de encima.
¿Qué cojones pasaba? ¿Por qué me trataban como a una criminal? ¡Si ni siquiera tenía multas sin pagar!
Como no respondió a ninguna de mis preguntas, dejé que me llevase en coche hasta la comisaría. Dentro había un montón de personas trabajando, pero también en la sala de espera. Chocaba bastante darse cuenta de la cantidad de delincuencia que había en ese lado de la ciudad.
—Siéntate —dijo, ofreciéndome la silla que había junto al escritorio—. ¿Quiere algo?
—No, la verdad es que no. Información, a poder ser.
No dijo nada.
Se mostraba esquivo y distante.
Se sentó al otro lado y juntó los codos sobre la mesa. Era un hombre que rondaría los cincuenta años, con el pelo canoso y algunas arrugas alrededor de los ojos. Dado que seguía igual de serio que cuando abandonamos la oficina, no lograba relajarme en su presencia.
—¿Por qué estoy aquí? ¿Qué se supone que he hecho?
—Eso vamos a descubrirlo enseguida. ¿Puedo tutearla?
—Adelante.
—Bien. Gracias, Maddison. ¿Desde cuándo trabajas en la empresa?
—Más o menos tres meses, creo. Semana arriba, semana abajo.
—¿Tiene buena relación con el señor Hale?
—Supongo que la normal. Es mi jefe y yo su empleada.
—¿Habláis a menudo?
—¿Qué? No, claro que no. Él suele venir dos veces por semana a la oficina, y casi siempre se encierra en su despacho. No es de los que se toman el café con sus empleados. Además, el equipo lo llevamos Judah y yo.
—Sí, lo sé. Su compañero ha declarado lo mismo.
¿Así que le habían interrogado a él también? ¿Y por qué no me dijo nada?
—¿Acaso esto tiene que ver con algún cliente? ¿Nos han acusado de algo? Si es por alguna intoxicación alimenticia, déjame decirle que no recae la responsabilidad sobre nosotros, sino sobre el cáterin responsable. Está en una cláusula del contrato.
—Esto no tiene nada que ver con una intoxicación, Maddison. Sino con prostitución infantil.
El corazón se me congeló dentro del pecho.
¿Cómo había dicho? ¿Prostitución infantil?
Totalmente pálida, y con las manos temblorosas, apreté el bolso contra mi pecho, sin saber qué decir.
—El señor Hale está acusado de tener una empresa paralela en Tailandia. Más concretamente en Bangkok. Alguno de sus empleados se dedica a limpiar el dinero que ganan prostituyendo a menores a través de su empresa de eventos, ubicada en Nueva York. Y nos resulta muy extraño que nadie sepa nada.
—¿C-Cómo…? ¿Esto es una broma? —jadeé, sin dar crédito a lo que oía—. ¿Cómo puedes pensar que yo, o cualquiera de mis compañeros…? Es demencial.
—Dos de sus empleados, más concretamente los contables, son los que blanquean el dinero.
Una cantidad tan grande no puede entrar de manera legal en nuestro país si antes no demuestran de dónde proviene —explicó el policía—.
El señor Hale abrió su empresa de eventos con la idea de pasar ese dinero por ahí y que nadie hiciera preguntas.
—¿Y por qué nos investigan a nosotros? Es él el que está cometiendo delitos.
—Porque su anterior secretaria fue la que nos dio el chivatazo. Ella accedió por error a una serie de correos electrónicos entre el señor Hale y parte de su equipo legal en Bangkok. Hablaban de sus pufos legales y de la cantidad de niños que trabajan bajo sus órdenes.
Cuanto más escuchaba, más asqueada me sentía. ¿Qué clase de monstruo utilizaba a los niños para su propio placer sexual? ¿Para ganar dinero humillándolos y torturándolos?
Sin darme casi tiempo a avisar de lo que me pasaba, me levanté corriendo y me acerqué a la papelera más cercana para vomitar.
Un montón de lágrimas se acumuló en mis ojos a medida que vaciaba mi estómago.
El sabor de la bilis inundó mi paladar, pero en mi cabeza solo había pensamientos oscuros y perversos que me ponían la piel de gallina.
—¿Te encuentras bien?
—Sí —jadeé—. Sí, lo siento…
—No te preocupes —el policía me entregó un pañuelo de papel y me ayudó a volver a la silla—. Estos temas siempre son espinosos.
—Desagradables —corregí, y no le rechacé tampoco el vaso de agua que me ofreció—. Son desagradables.
Él asintió, dándome la razón.
Tampoco debía sorprenderme su actitud calmada. Ese hombre habría visto cosas aún peores.
—No tengo nada que ver con ello. Ni siquiera sospechaba… Soy de Londres y vine aquí porque me ofrecieron este puesto.
—Sí, por eso pensamos que tú eras su enlace con Bangkok. Eres la última incorporación y, por si fuese poco, vienes desde Europa.
—¿De verdad creéis que yo me prestaría a algo así? ¿Qué demonios…? Si hubiera sabido que ese bastardo hacía esas cosas, me hubiese ido de la empresa hace mucho. —No daba crédito a nada de lo que mis oídos estaban escuchando—. ¿Vais a echarme el muerto a mí… sin pruebas de ningún tipo?
—Queremos oír tu versión, primero de todo. Que nos cuentes qué sabes.
—No sé nada. Acabo de enterarme de que estáis investigando al señor Hale por prostitución infantil. Y nada me da más asco que… que los putos pervertidos de mierda que se aprovechan de la inocencia de los niños.
El policía se quedó mirándome, como tratando de intimidarme. Como si a través del contacto visual fuera a derrumbarme y confesar que estaba en el ajo.
—Quiero que mi abogado esté presente.
—¿Estás confesando algo, Maddison?
—No, pero es la primera vez que me detienen y, encima, se trata de algo muy turbio. Quiero a mi abogado aquí, conmigo, y que él encamine esto.
—Muy bien —me acercó el teléfono que había sobre la mesa—. Llámalo. Eso no hará que salgas por la puerta sin antes decirnos qué sabes.
—¡Genial! —exclamé con ironía—. Porque no sé nada, pero es mejor si mi abogado lo corrobora.
Los latidos de mi corazón taponaban mis oídos. Sin embargo, llamé al único hombre en Manhattan que podía hacer algo por mi imagen.
—¿Quién es?
—Max, soy yo. Necesito que vengas a la comisaría.
—¿Qué cojones has hecho?
—Nada, pero están intentando coaccionarme por algo que no tiene nada que ver conmigo.
—Estoy ahí en quince minutos.
Colgué y miré al policía.
—Mi abogado está de camino.
—Bien. ¿Quieres empezar a hablar ya?
—No voy a decir nada sin que él esté presente. El señor Hale y yo nos conocimos el día que me incorporé a su empresa. Si es un monstruo o no, está fuera de mi jurisdicción.
Eso no lo ablandó en absoluto.
Santa mierda, pensé, al borde de un ataque de ansiedad.
—¿Sería tan amable de traerme un poco más de agua? —añadí al mismo tiempo que agitaba el vaso de plástico.
Aunque tardó en moverse, se levantó de su asiento y fue a la máquina de agua que había a un par de metros. Eso sí, no retiró su mirada de mí en ningún momento.
Estaba jodidísima.