Capítulo 32
Cayden
—Hasta que por fin te dejas ver —dije al comprobar que se trataba de Max cuando abrí la puerta—. ¿Vienes en son de paz, o tengo que llamar al portero para que me proteja?
—No me toques los cojones, anda. Que por tu culpa llevo dos días visitando webs del ejército, tentado a apuntar tu nombre y que te lleven lejos de aquí.
Por muy cruel que fuese su amenaza, solo me salió reírme.
—¿Un café?
—Mejor una cerveza. Estoy fuera de servicio —dijo, sentándose en uno de los taburetes.
Encogí un hombro y abrí la nevera, sacando dos botellines. Siempre solía tener vino y cerveza, porque Gideon y yo tomábamos lo mismo.
—¿Y bien? —pregunté, acercándole uno de los botellines—. ¿Qué pasa?
—No sé ni por dónde empezar, porque todavía no me creo que estés con mi hermana.
—Si te sirve de algo, Max, no fue planeado. Solo… surgió.
—Ya, si eso me lo imagino. El caso es… ¿cómo demonios pasó esto? ¿Por qué? Si sabías que era Maddison.
—Precisamente porque era ella.
Max entrecerró los ojos sobre mí.
—¿A qué te refieres?
Exhalé un profundo suspiro y me preparé mentalmente para aquella conversación.
Después de todo, no quería secretos entre Max y yo.
—Maddison lleva atrayéndome más tiempo del que te crees. Pero nunca hice nada porque me parecía fuera de lugar, porque pensaba que no era recíproco y porque sabía que te afectaría muchísimo.
—¿Te ponía cachondo mi hermana? Joder, tío. Tendría que haberte enviado a la puta Antártida.
Le di un trago a mi cerveza y sacudí la cabeza.
Max jamás se tomaría mis palabras bien.
—¿Y qué tiene de malo? No me ponía cachondo cuando tenía quince años.
Lo cual, si lo miras en perspectiva, hubiera sido jodido.
—Hice un aspaviento con la mano—. Me empezó a atraer hace algunos años, cuando estaba en segundo de carrera y cambió las Converse por zapatos de tacón.
No sé, la veía y me gustaba que fuese tan inteligente, que tuviera una lengua tan afilada y no se dejara amedrentar por nadie.
—Menos mal que me has aclarado que no querías meterle la polla cuando era una adolescente, porque te juro que te parto la cara aquí mismo —aseguró.
Y le creí. Max era volátil cuando hablaba de su hermana—.
El problema es que no entiendo por qué vosotros os habéis sentido atraídos. Casi no hablabais.
—Porque ninguno de los dos quería admitir lo que sentíamos.
Max se quedó callado, procesando esa información.
Y yo le di espacio.
Tenía que ser jodido ver a tu mejor amigo implicado con tu hermana pequeña.
Sobre todo, cuando habíamos crecido juntos y compartido tantísimas cosas.
Él lo sabía todo de mí, y yo de él. Por eso mismo, le irritaba el doble no haberse dado cuenta de aquella tensión sexual que nació entre Maddison y yo.
—¿Así que se trataba de eso? ¿Por eso estabais tan raros siempre que os cruzabais?
—Supongo. No hemos hablado demasiado sobre el tema —le dejé claro—. Tú me pediste que la protegiera.
—Sí, pero no a costa de bajarle las bragas.
—Deja de hablar de esa manera —gruñí—. Maddison es una mujer independiente, y puede hacer lo que quiera.
—Ya, ya lo sé. —Max no se veía contento por ello—. ¿Vas en serio con ella?
—No depende solo de mí.
—Responde a la puta pregunta —insistió Max, apretando con fuerza su botellín—. ¿Vas en serio con ella, sí o no?
—Por mi parte, sí.
Max asintió con la cabeza.
—No te atrevas a joderle.
Aunque su amenaza no me gustó un pelo, me limité a encoger un hombro.
No podía culparlo por querer ver a su hermana en los brazos correctos, y no con el corazón roto.
—Eres consciente de que solo somos dos personas ligadas por el sexo, ¿verdad?
Es lo que tu hermana quería. Insisto en que no depende de mí si Maddison busca algo serio o no —traté de hacerle ver.
Y, aunque me jodía que ella aún no me hubiera dado una respuesta acerca de mi confesión de anoche, le daría el espacio y el tiempo que necesitara—.
Pero si ella quisiera tener una relación formal, lo aceptaría de buen grado.
Joder, me sentía como la mierda hablando así. Como si en el fondo no me muriese de ganas por tenerla a mi lado toda la vida.
Aquel mes y medio había sido increíble a su lado. Compartimos tantas cosas que la simple idea de que se acabara algún día me provocaba escalofríos y náuseas.
Pero, al final del día, era Maddison quien tenía la última palabra.
—Sí, bueno. Supongo que ella ya sabe lo que hay.
—Lo sabe.
Max suspiró.
—Aún no sé cómo tomarme esto, pero intentaré hacer mi mejor esfuerzo para no comportarme como un imbécil.
—Los dos lo agradecemos.
Se terminó de beber su cerveza casi de un trago. Y eso solo significaba una cosa: seguía enfadado.
—Quiero a Maddison —solté entonces. Max se quedó helado—.
Tengo sentimientos reales hacia ella. No es un polvo cualquiera, como todos los que he tenido en los últimos dos años.
Y no busco algo pasajero, saciarme y luego echarla a un lado.
Pero si ella quisiera romper con todo mañana mismo, si no sintiera lo mismo, la respetaría y la volvería a tratar como siempre.
Porque, indiferente de lo que hayamos vivido estas semanas, ella es importante para mí y siempre será como de mi familia.
Los hombros de Max se relajaron casi de golpe. Y eso me tranquilizó. Quería que supiera que no era un imbécil, ni que jugaba con su hermana. Y si para ello tenía que abrirme el corazón y ponerlo sobre la mesa, lo haría.
A fin de cuentas, aquel hombre sentado frente a mí era y sería siempre la persona con la que más afinidad había tenido. Mi hermano, aunque no compartiéramos el mismo ADN.
—Gracias por decírmelo —dijo, en un tono más suave. Sonando como el Max de siempre—. No cambia mucho respecto a mi opinión, porque todavía es difícil para mí. Pero me alegra saber que ella te importa.
—¿Entonces ya puedo darte un abrazo y alegrarme de que hayas venido a verme?
—Supongo que sí.
Rodeé la isla que conectaba la cocina con el salón, y lo abracé con fuerza.
Max correspondió con un par de palmaditas en la espalda.
—¿También me permitirás llamarte cuñado?
—No te pases. Todavía quedan plazas en el ejército, gilipollas.
Solté una carcajada.
—¿Por qué no quedamos para comer los tres? —sugerí—. Creo que a Maddison le haría ilusión.
—Sí, claro. Así, de paso, le pido perdón. No hago más que llamarla y solo me ignora.
—Todo irá bien —lo tranquilicé.
Aproveché ese momento y le mandé un mensaje a Maddison. Necesitaba que todo volviera a estar en orden antes de que Max regresara a Londres. Lo último que quería era que esos dos estuvieran de morros solo porque nos habíamos involucrado más de la cuenta.
—¿Otra cerveza?
—Joder, sí.
Sonriendo, me acerqué a la nevera y saqué otros dos botellines más.
¿A quién le importaba que fueran las diez de la mañana?