Capítulo 31 #2
—También quiero hacerlo. Lamerte y que me des todo lo que tienes —susurré en tanto mis manos se deslizaban desde su cuello hasta sus hombros. Su ropa me molestó de pronto; lo deseaba desnudo—. Pero…
—¿Qué te preocupa, nena?
Sus dedos se clavaron directamente en mi cintura, manteniéndome quieta sobre su erección. En cambio, su mirada parecía derretirse a medida que me contemplaba.
—No sé cómo gestionar todo esto. Porque nunca contemplé la posibilidad de que tú y yo…
—Tú y yo, ya está. No pienses en nada más.
Calmó mi ansiedad inicial con solo presionar su boca contra la mía. Enseguida nos enredamos en una batalla de besos que acompañamos con caricias y mordidas y jadeos.
Cayden tenía ese efecto en mí, después de todo; acallaba las quejas de mi cabeza con solo tocarme.
Me cogió en brazos, como si no pesara nada, y caminó hasta mi habitación sin que le temblaran las piernas.
Sin dejar de recorrer mi boca con su lengua obscena.
Cada beso era incluso más sucio y brusco que el anterior.
Como si buscara marcarme de mil formas diferentes.
Dejar su huella en mí para que todos fueran consciente de sus emociones.
En cuanto me soltó sobre el colchón, lo vi quitarse la chaqueta y la camisa con una rapidez pasmosa.
Lo imité, retirando mi jersey, aunque él me sostuvo la mano, negando con la cabeza.
Un segundo más tarde, me arrebataba los leggins y las bragas, y hundía la cabeza entre mis piernas para devorarme por completo.
Fue así como el orgasmo me pilló, con los muslos alrededor de él, con su cabello haciéndome cosquillas al mismo tiempo que su lengua hacía estragos en mi coño.
—Eres la mujer más dulce y preciosa que he conocido —gruñó, subiendo por mi abdomen hasta mis pechos. Tomó uno de mis pezones erguidos y lo lamió sin piedad—. No pienso soltarte jamás, nena.
Tampoco quería que lo hiciera.
Y, oh, joder… ese pensamiento me golpeó casi tan fuerte como el clímax reciente.
—Prince… —lo llamé, en mitad de una súplica.
Él trepó por mi cuerpo hasta mi boca, y volvió a besarme con ese anhelo que también me consumía a mí.
Lo empujé sobre el colchón, aprovechando esa distracción, y le arrebaté los pantalones con cierta dificultad. Deslicé los dedos por sus muslos salpicados de vello, y ronroneé de gusto al ver cómo su erección descansaba en la parte baja de su abdomen.
Nunca me cansaría de este hombre. En ningún sentido.
Y ser consciente de que mi cabeza, mi corazón y mi cuerpo estaban alineados al respecto me hizo sentir más vulnerable que nunca.
Porque no sabía hasta qué punto era recomendable querer a ese hombre. Quererlo tanto.
—Nena…
No dije nada, sino que me incliné y lamí su polla desde la base hasta la punta sin apartar mi mirada de él.
La espalda de Cayden se arqueó un poco, y sus dientes se clavaron sobre su labio inferior con fuerza.
Me encantaba que se doblegase de esa forma.
Como si no le quedase más remedio que sucumbir a mis encantos.
—Quiero cumplir alguna de tus fantasías —murmuré, besando la cima de su erección—. Así que podemos empezar hoy mismo.
Al no escuchar una sola queja de su parte, sonreí, me eché el pelo a un lado y tomé su polla hasta donde mi garganta me lo permitió. Deslizando mi lengua por toda su envergadura, dejando que mi saliva se deslizara por cada centímetro con tal de facilitarme la tarea.
Su sabor era indescriptible, y enseguida inundó mi paladar y mis labios, escurriéndose por las comisuras a medida que subía y bajaba con la cabeza.
Abarcándolo hasta el principio de mi garganta, incluso si eso me empujaba hacia el límite.
Pero quería que me diese todo lo que tenía.
Que se deshiciera bajo mi toque. Que recordase cada segundo que pasara sobre esa cama.
—Joder, nena… Estoy al borde… —jadeaba Cayden, cada vez más sofocado.
Eso no me detuvo. Al contrario, aceleré el ritmo y lo tomé con fuerza, acariciando la punta roma con la lengua cuando él conseguía escapar de mí. Clavé las uñas en sus caderas, totalmente ida por el placer. Más y más húmeda. Más caliente. Más necesitada.
Y solo cuando Cayden gritó mi nombre y se corrió, me aparté, dándole libertad para que manchara mi cara y mis labios.
Él, con la respiración errática, se quedó mirándome. Y fue la mirada más caliente que alguna vez me habían dedicado.
—Eres infinitamente mejor que en mis fantasías.
Sonreí, orgullosa. Mi vanidad femenina en su máximo esplendor. Y entonces gateé por su cuerpo, sin dejar de lamer mis labios y los restos de mis mejillas, y lo tomé con fuerza de las muñecas.
Como un gatito sumiso, se dejó hacer por mí.
—¿Sabes? Hoy no paras de sorprenderme.
—¿Para bien o para mal?
—De momento, para bien. Pero… me preguntaba si podemos cumplir una de mis fantasías.
—¿Y cuál es?
Lo admiré desde arriba, totalmente fascinada. Sus manos por encima de la cabeza, aprisionadas por mí, desnudo y sonrojado, y con una fina película de sudor cubriéndole la piel. Era… era todo lo que quería.
—Cabalgarte hasta que me duelan las piernas, Prince.
Él gruñó, y eso bastó como respuesta.
Totalmente embriagada por su olor y su voz y su calor, me incliné y lo besé con fuerza.
Sí, allí era donde quería estar.