Capítulo 31
Maddison
Con la llegada de Max, se me pasó por completo la reunión que tenía esa mañana y Judah se pasó todo el día de morros.
No lo culpaba.
Tendría que haber sido más consecuente con mis actos y haberle dicho la verdad a mi hermano cuando todo aquello empezó, quisiera Cayden o no.
Eso me habría ahorrado la jaqueca y el malestar general que me acompañaba en las últimas veinticuatro horas, y no metería la pata dos de cada tres movimientos que hacía.
Dado que no era capaz de hacer mi trabajo como una persona normal, opté por pedirme el resto del día libre, cogí mis cosas y me largué a casa.
Fue allí donde me encontró Prince un par de horas más tarde.
—¿Qué haces aquí? —pregunté al abrir la puerta y verlo al otro lado, vestido con uno de sus trajes color burdeos y con una bolsa en la mano—. ¿No tienes trabajo?
—La directiva está preparando la próxima reunión acerca de la compraventa del hotel Vaughnat, y los ánimos están muy caldeados.
—¿Entonces… no sirvió de nada la fiesta?
Cayden entró con tranquilidad, cerró la puerta y negó con la cabeza.
—Les gusta el hotel, pero les sigue echando para atrás que su actual dueño esté en el punto de mira de un caso de prostitución.
—Nunca entenderé por qué la mayoría de ricos se empeñan en hacer cosas delictivas.
—Porque se creen por encima de la ley.
Cabeceé, comprendiendo su punto.
—¿Qué traes?
—Comida china. Es lo único que había de camino.
—¿En serio? —le quité la bolsa y curioseé en su interior igual que lo haría un gato—. Huele bien.
—Tu amiga dijo que no estabas en la oficina porque te encontrabas mal.
—¿Mi…? —Caí en la cuenta de quién hablaba—. Te refieres a Mariah.
—La misma.
Cayden aprovechó ese instante y fue a la cocina a por platos, cubiertos y servilletas. También cogió la botella de vino que escondía en la nevera, por si daba la casualidad que alguien venía a casa a verme la cara.
Me alegraba que se tratase de Prince.
—Solo es un dolor de cabeza. Provocado por mi hermano.
Cayden, como si la fiesta no fuera con él, colocó todo sobre la pequeña mesa que había junto al sofá y me miró, como esperando a que lo acompañara.
—¿Has tomado algo?
—Hace rato.
—¿Y qué tal va?
—No lo sé. Estoy muy agobiada —rumié, dejándome caer en el sofá.
Cayden me quitó la bolsa de las manos y comenzó a sacar la comida de sus recipientes de cartón.
—Max sigue hablándote —confirmó, en lugar de preguntar.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo conozco demasiado bien. En todo caso, su ira va dirigida hacia mí. Cree que te haré daño.
—¿Y lo harás? —pregunté.
Sus ojos, de un azul precioso, se dirigieron hacia mí con una intensidad que el estómago me dio un vuelco. Nunca lo había visto tan serio.
—¿Tú qué crees, Mad?
—Que no siempre podemos evitar hacer daño a las personas que apreciamos… o que tenemos cerca. A veces, nuestras decisiones entran en conflicto con nuestras emociones, y no siempre encaja con la imagen que los demás tienen sobre nosotros.
—Y das por hecho que elegiré cualquier cosa por encima de lo que tenemos.
—Lo que tenemos es solo pasión, ¿no? Tú mismo lo dijiste.
Las manos de Cayden se posaron sobre mis piernas. En ese instante odié llevar solo unos leggins y un jersey extra grande. No era precisamente la imagen de la lujuria. Más que una súcubo, parecía una profesora de francés después de un día enseñando el passé composé.
—Y la pasión se agota. Siempre llega a su límite —añadí, sin querer tocar temas escabrosos.
Pero es que tampoco tenía sentido seguir ocultando aquello que mi corazón llevaba días gritando.
—Tal vez sea cierto, Mad. Es imposible mantener las emociones y los anhelos en el mismo punto toda la vida.
Pero si eso llegara a ocurrir, quedarían más cosas debajo de la superficie.
No es el deseo por ti lo que me hace estar aquí, comiendo contigo.
Ni lo que me incita a invitarte a cenar, a acompañarme a una velada, o ser parte de mi día a día.
—¿Entonces… qué? —pregunté en un susurro.
Cayden tomó mi cara entre sus manos y pegó la frente a la mía. Nos encontrábamos en una posición algo incómoda, al menos para él, pero no parecía importarle en absoluto.
—Creo que es obvio, ¿no? Tampoco es necesario ponerle nombre.
El revuelo dentro de mi pecho fue demasiado intenso, y eso eclipsó la verdad de sus palabras.
Agarré sus muñecas con fuerza y me quedé mirándolo unos segundos, sin saber qué decir.
—El cariño —supuse.
—La confianza, el cariño, el no querer verte en brazos de otro…
Llámalo cómo quieras, Mad. El fin es el mismo: estoy aquí porque no encuentro la clase de comodidad y tranquilidad que me otorgas en otra persona.
Ni siquiera en mí mismo. Hay algo en ti que me atrae con una fuerza irrefrenable, y, aunque busco cómo frenarlo, no puedo ni quiero.
»Sí, tal vez este deseo que despiertas en mí se acabe algún día. O se transforme. Pero, debajo de todo eso, quedan mis emociones. Y esas son más importantes.
Nunca me planteé tener una relación seria con Cayden por una sencilla razón: lo veía imposible.
¿Por qué iba él a sentir algo por mí, más allá del cariño o el deseo?
Y un cariño que se quedaba en el plano amistoso, nada más.
¿Por qué iba a esperar que correspondiera mis sentimientos?
Cayden era un tipo bastante individualista.
Al menos, eso dejaba ver constantemente.
Pero allí, encorvado sobre mí, con su respiración convirtiéndose en mi aliento, no fui capaz de verlo como alguien que no quisiera una relación seria.
Más bien parecía un hombre abriéndose el pecho, exponiendo su corazón y suplicando por que no se lo rompieran.
—No has bebido antes de venir aquí, ¿verdad?
Él se rio, para mi sorpresa.
—No, nena. No he bebido nada.
—Es que es todo tan…
—Precipitado.
—Inesperado —corregí—. No esperaba que tú…
—¿… fuese capaz de sentir algo por otra persona?
—No, no por otra persona —sacudí la cabeza—. Por mí.
Cayden se separó un momento y se sentó en el otro sillón.
—Tú y yo siempre hemos seguido la misma dinámica: fuimos amigos y luego conocidos que se tenían cariño. Pero nunca algo tan personal, ni tan intenso.
—Porque nuestros caminos estaban en el lado opuesto de la vida. Tú estudiabas en la universidad cuando yo ya estaba trabajando y terminando algún que otro máster.
—Y saliendo con mujeres increíbles —le recordé.
En aquellos tiempos, lo pasaba fatal cuando veía a Cayden sonriéndole a otra mujer. Una que parecía sacar su lado más dulce.
—Lo eran, pero no estaban hechas para mí. Ni yo para ellas.
—¿Y por qué yo sí? ¿Por qué ahora?
—Porque en estos cinco años me he dado cuenta de que ya no quiero seguir persiguiendo un sueño absurdo.
Tú despertabas en mí el deseo más crudo e intenso que he sentido jamás, pero que no me permitían abrazar porque estaba prohibido.
Eras esa manzana que anhelaba morder todo el jodido rato.
Te veía en las fotos de Instagram y me daba envidia cuando sonreías en dirección al hombre con el que ibas a casarte.
—Pero él me fue infiel. Me hizo creer que había algo mal en mí. Apagó la llama que ardía en mi interior y rompió mi corazón como si no valiese nada —murmuré con cierta amargura—. Todo era mentira.
—Lo supe después. Claro que no iba a inmiscuirme en tu vida. Daba por hecho que seguirías adelante, como siempre, porque eres una mujer muy fuerte. Y entonces viniste a Manhattan y tu hermano…
—¿Qué hubiese pasado si Max no te hubiera lanzado esa petición?
—Lo de siempre: seguiría mirándote desde lejos y pensando en cómo sería sentir tu boca sobre la mía, tu cuerpo debajo del mío, mientras jadeas mi nombre una y otra vez. Ese hambre seguiría ahí, sí, pero lo acallaría. Porque no pensaba que mereciera la oportunidad de acceder a una de tus caricias.
Suspiré bajo, totalmente conmocionada con sus palabras. ¿Quién diría que Cayden podía sonar tan íntimo y cercano? El hombre sexy que se pavoneaba por ahí enfundado en sus trajes burdeos era, en el fondo, un pan dulce con un corazón de oro.
—Cinco años dan para mucho. Hasta yo iba a casarme, y entonces me llevé la decepción de mi vida.
Y pensé que no valía la pena pensar en todo lo que me perdía.
Formar una familia, construir los edificios que me viniera en gana, tenerte…
—encogió los hombros sutilmente—. Si no me aferraba a nadie, sería mucho más feliz.
—Pero nuestros caminos volvieron a cruzarse.
—Y la pasión nos arrolló a los dos.
Sin poder contenerme, me acerqué hasta él y me senté sobre sus piernas. Cayden rodeó mi cintura de inmediato.
—Hemos sido un par de idiotas —jadeé, un poco enfadada conmigo misma—. Si te hubiera dejado caer que me atraías…
—Solo tenías… ¿qué? ¿veinte años? ¿veintiuno? Estabas enfrascada en otras cosas.
—Me tocaba constantemente pensando en ti, en tu boca, en tus manos… —confesé, sin rastro de vergüenza. Acaricié su cabello con una mano, despejando su rostro—. Y soñaba con que me follaras tan fuerte… que todo mi cuerpo terminase maltratado.
—Joder, nena… —murmuró, apretándome más contra él. Colocándome ahorcajadas sobre Cayden, no fue difícil notar lo excitaba que ya se encontraba—. ¿Qué más pensabas?
—Quería besarte y compartir mi lista de Spotify contigo. Que me dijeras qué canciones te gustaban más, y ponerla en el coche una y otra vez, mientras recorríamos el país entero. Solo nosotros.
—Eso es algo viable.
—¿Tú pensabas en mí?
—Más de lo que quisiera admitir —cabeceó, deslizando las manos por mi espalda hasta colarlas debajo del jersey. Como no llevaba nada debajo, el roce de sus dedos directamente sobre mi piel erizó la misma al instante—. ¿Qué me estás preguntando, eh? ¿Si me corría pensando en ti?
—Sí —murmuré, y presioné más la cadera contra su erección—. Quiero saber que decías mi nombre cuando te liberabas.
—Imaginaba que lo hacía en tu cara, en tus pechos, en tu culo… Que te lo tragabas todo y me mirabas con esos ojos de gata traviesa.
El tono ronco de su voz solo me encendió más. Santo Dios… este hombre era peligroso en todos los sentidos.