Capítulo 30
Cayden
Abrí los ojos de manera perezosa cuando el timbre de mi apartamento sonó varias veces seguidas. ¿Quién cojones era a esas horas?
Comprobé, casi por instinto, que Maddison seguía en la cama, pegada a mí. Ella remoloneó un poco cuando le aparté el pelo de la cara y besé su frente.
—Ahora vuelvo —susurré.
Solo recibí un gruñido a modo de respuesta.
Me coloqué el pantalón de pijama y caminé hasta la puerta, sin saber quién era. ¿Gideon, tal vez? Solo él me molestaba en casos puntuales.
Sin embargo, cuando abrí la puerta, el rostro que encontré al otro lado no era de Gideon. Se trataba de…
—¿Max? —balbuceé como un idiota—. ¿Qué haces aquí?
—De visita, supongo. Y por cerciorarme de una cosa —dijo como si nada. Se le veía algo alterado—. ¿Estás solo?
—Pues… —eché un vistazo hacia el pasillo—. ¿Por qué no has avisado de que vendrías?
—Para que no te escaquearas —me acusó con el dedo índice—. Ya que has decidido ignorarme por teléfono, preferí tomarme unos días y asegurarme que no estoy errando en mis suposiciones.
Froté mi cara con una mano, sin saber qué decir.
Notaba los nervios arremolinándose en mi estómago. Esto no era algo bueno. Si Max se daba cuenta de que su hermana dormía en mi habitación, desnuda, pondría el grito en el cielo.
No se suponía que debía enterarse así. Tendría que habérselo dicho antes, o después, pero de buenas maneras. Explicándole lo que significaba Maddison para mí.
—¿De qué hablas?
—Lo sabes perfectamente. Nunca has sido idiota, Cay.
Joder, sonaba enfadadísimo.
Soltó la maleta sobre el suelo, y se quitó la chaqueta, como si necesitara ponerse cómodo antes de tener esa conversación.
—¿Es por lo de la otra noche?
—¿Tú qué crees? —dijo con expresión cansada.
Tenía ojeras bajo sus ojos claros, y, a juzgar por la barba que salpicaba su mentón, llevaría al menos cuatro días sin afeitarse en condiciones—.
¿Os vais juntos a una fiesta y suben una foto donde tu mano está sobre su cintura… y crees que no iba a importarme?
¿Foto? ¿De qué hablaba? No recordaba nada acerca de eso. Pero, claro, es probable que alguien hubiese subido algunas imágenes a las redes sociales para hablar de la magnífica velada que pasamos en el hotel Vaughnat.
Mierda.
—Y te has cruzado medio océano para hablar de esto.
—Claro que lo he hecho. Es mi hermana —me recordó, y sonó como el Max de antaño. El que sobreprotegía a Maddison todo el maldito tiempo—. ¿Te la estás tirando?
No supe qué responderle.
Un sí me parecía una declaración de guerra en toda regla. Demasiado sencillo. Y no se lo tomaría bien.
Tendría que haber hecho las cosas bien, pero no era el caso, y ahora me tocaba dar la cara y encarar a Max.
Nada me aterraba más que perder su amistad por lo ocurrido. Pero, por otro lado, no negaría lo de Maddison. Porque no me arrepentía de lo que pasaba entre nosotros.
—¿Max? —preguntó Maddison, apareciendo de la nada. Sus ojos se habían abierto más de lo normal—. ¿Qué haces aquí?
Max pasó la mirada de uno a otro. Y no era para menos que se cogiese un cabreo monumental.
Maddison solo llevaba un albornoz cubriendo su desnudez, y yo me había puesto un pantalón de pijama arrugado. Solo tuvo que sumar dos más dos… y saber el resultado.
—Hijo de puta —masculló en mi dirección—. ¿¡Te has tirado a mi hermana!? ¿En serio?
—Oye, rebaja el tono… —le pedí—. No es como piensas.
—¿Qué? —Maddison me miró con una expresión indescifrable—. ¿Cómo que no es lo que parece?
Mierda.
Doble mierda.
Todo estaba saliéndose de control… y no me dejaban explicarme, siquiera.
—Lo que quiero decir es que no estamos haciendo lo que él cree.
—Te has follado a mi hermana. Estáis los dos desnudos, en tu apartamento… ¿qué cojones tienes que explicar acerca de eso? —gritó Max, perdiendo los papeles—. ¿No había otra mujer en Manhattan, tío?
—Creo que en este caso yo también tengo algo que decir al respecto, ¿no? —Maddison se había cruzado de brazos. Se acercó a nosotros con evidente enfado—. Esto ha sido cosa de dos.
—Tú no te metas. Estoy seguro de que este imbécil te ha hecho creer que saldrá contigo y…
Maddison soltó una carcajada irónica.
—¿Tan estúpida piensas que soy? Max, de verdad, parece que no me conozcas —le increpó ella—. Fui yo la que le dijo de tener una aventura. Yo le insistí. Yo propuse las reglas del juego.
Max, pese a respirar de manera agitada, retrocedió un paso al mismo tiempo que negaba con la cabeza.
El abogado imperturbable que siempre era se escondió detrás de su mirada oscura y peligrosa. Ya no parecía el defensor de las causas perdidas, sino un hombre incapaz de procesar que su hermana tuviera la opción de elegir con quién se acostaba y con quién no.
Nunca había aceptado que Maddison creciera y se hiciera adulta. Independiente.
Pero, aunque me provocase cierta lástima, no dejaría que ella luchara sola esa batalla.
—Y yo acepté. En ningún momento hemos hecho algo malo, Max. No es lo que crees —insistí, a ver si lo comprendía de una vez—. Solo es…
—Una aventura —terminó Maddison por mí—. Y me alegro de que estés aquí, porque así te enteras de una vez y puedo dejar de vivir escondiéndome —añadió con amargura.
—Sois… imbéciles —escupió Max—. ¿Vosotros dos? ¿En serio?
—¿Y qué tiene de malo? —preguntó su hermana—. No vas a decidirlo tú, claro está.
—Se supone que sois amigos —siguió diciendo Max—, no… amantes. Cayden es como mi hermano.
—Pero no lo es. No compartís la misma sangre. Y, desde luego, él y yo jamás hemos sentido algo similar. —Se acercó a Max, haciendo de barrera entre los dos—. Ya me imaginaba que te sentaría mal, pero no que te comportaras como un cretino.
Max pestañeó.
—¿Cretino? Mi hermana y mi mejor amigo deciden follar juntos, y, en lugar de decírmelo, se callan.
—Porque sabíamos que te lo tomarías a la tremenda. Mira cómo estás —señaló ella—. Furioso.
—Cayden no es el hombre que desearía que estuviera junto a ti. ¿Qué va a pasar cuando se os pase el calentón? ¿Colocarme en medio y odiaros desde la distancia?
—Eso no va a pasar. De ningún modo —aseguró Maddison—. Somos adultos.
—Y las cosas se hablan y se solucionan, por cierto —añadí yo con cierta ironía.
Max bufó como un toro.
—Tú y yo ya hablaremos —dijo a modo de amenaza—. No es normal que hayas decidido meterte en la cama de mi hermana.
—Técnicamente, ella se ha metido en la mía —corregí, sin ánimos de ofenderle más. Pero es que estaba cansado de aquella conversación—. Y cuando ella decida salir, la trataré igual que siempre.
Vi que Maddison temblaba ligeramente. Me hubiera gustado pasarle un brazo por encima, tranquilizarla, pero eso sonaba peligroso delante de Max. Él no se lo tomaría bien.
—El numerito está fuera de lugar. Solo faltaba que dejaras de hablarnos porque hemos follado.
¿Te crees que se puede poner barreras a la pasión, Max?
—entrecerró los ojos sobre él, evaluando su reacción—.
Cayden y yo nos gustamos, funcionamos en la cama, y somos adultos.
No te pertenecemos, ¿sabes? No somos un sombrero que guardabas en el armario y alguien te ha robado, ensuciándolo.
Somos personas que hacen su vida en función a sus deseos y necesidades.
—Y has decidido que te quitara el calentón él —le acusó.
Maddison apretó los puños.
—Tampoco te pases. No trates a Mad como si fuera una imbécil o… —intenté advertirle.
Max hizo una mueca.
—No la trato de ningún modo. Pero habéis decidido iniciar una relación a mis espaldas, como cobardes.
—Eso fue decisión mía —expliqué con toda la calma de la que disponía—. Tenía miedo de tu reacción, y con razón, visto lo visto.
—Sois… —Max se mordió la lengua, lo vi. Respiró hondo y clavó los ojos en Maddison—. ¿Vas a decírselo también a papá y mamá?
—Si me da la gana, sí.
—¿Y qué crees que pensarán ellos? —le preguntó, irritado.
—Estoy segura de que se lo van a tomar mejor que tú. No es por nada, Max; pero eres el único que no se ha dado cuenta todavía de que Cayden me gustaba desde hace muchísimo.
Su confesión me cogió con la guardia baja.
¿Ella se sentía atraída por mí de antes? ¿Y nunca dijo nada?
Tragué saliva al sentir la emoción atravesar mi cuerpo. Me hubiera gustado preguntarle más, pero no era el momento ni el lugar.
—Basta ya de comportarte como si fueras un padre enfadado porque ha descubierto una caja de condones en el bolso de su hija.
Empezaste colocándome un localizador en el móvil, solo porque no te fiabas de mí.
Luego envías a Cayden a que me vigile, como si esto fuera la puta película de El Guardaespaldas.
Y finalmente te plantas aquí, enfadadísimo, para confirmar tus sospechas y…
¿qué? ¿Condenarnos para siempre? —alzó cada vez más la voz.
Estaba fuera de sí, y ninguno de los dos nos atrevimos a interrumpirla—.
Te quiero, y aprecio tu preocupación, pero deja de comportarte como un imbécil.
»Sí, me gusta Cayden. Y me lo he pasado genial con él. Y también me gustaría que mi hermano dejase de poner el grito en el cielo y viera que estoy feliz. ¿No es eso lo que debería importarte de verdad?
Max se quedó en silencio, procesando toda esa información.
No quería añadir nada porque no era solo mi batalla. Al final, Max era su hermano, y le dolía verla en brazos de quien consideraba un pilar importante en su vida.
De estar en su lugar, a mí también me entraría miedo al imaginarla en brazos de una persona a la que le contaba todo, y con la que había compartido muchísimas vivencias. Algunas, muy malas.
Pero, al final del día, éramos adultos y podíamos decidir dónde, con quién y cuándo.
—Muy bien. Supongo que es absurdo que imponga mi opinión. Solo espero que sepáis lo que hacéis —nos miró a ambos—, porque esto va a salir muy mal.
—¿De qué vas? —gruñó Maddison.
—Quien juega con fuego, se acaba quemando. Y vosotros estáis todo el rato saltando encima de una hoguera.
—Entonces, me quemaré con gusto —solté de golpe.
Los dos se callaron al instante—. Y llevaré con orgullo las cicatrices.
Porque Maddison es mucho más que un polvo, Max.
Lamento que te enteres así, pero tu hermana me gusta y…
y es muy importante para mí —las palabras quemaban en mi boca—.
Así que trata de no hacerme elegir entre uno u otro, o de tocarme la moral con augurios fatalistas.
»Voy a pelear por Maddison. Eso es todo lo que debes saber.
Aunque a Max se le notaba de lejos que quería —y necesitaba— decir muchas cosas, se limitó a encoger un hombro y asentir con la cabeza.
—Muy bien. Vosotros sabréis qué hacéis.
Cogió su chaqueta y la maleta, y se dirigió a la puerta.
—¿Dónde vas? —preguntó su hermana.
—A un hotel. La verdad es que no quiero estar bajo el mismo techo que vosotros, escuchando cómo mi mejor amigo se mete entre las piernas de mi hermana.
Antes de que pudiéramos decirle algo, se largó dando un portazo.
—Menuda mierda —se quejó Maddison, dejándose caer sobre el respaldo del sofá—. Va a costar que entienda la situación.
—Lo lamento. Tendría que haberlo hecho antes.
—Da igual. Se habría plantado aquí, de todos modos. Max es así de impulsivo. Parece mentira que sea abogado.
Con cierto recelo, porque no sabía cómo recibiría mi cercanía, caminé hacia ella y froté suavemente sus hombros.
—Todo estará bien. Max no es tan inmaduro ni tan rencoroso.
Ella apretó los labios y apoyó la frente sobre mi pecho, suspirando.
—Espero que tengas razón.