Capítulo 29
Cayden
—¿Qué te tiene tan pensativa hoy?
Maddison se sobresaltó un poco cuando coloqué la copa de vino recién servida delante de sus narices. La agité suavemente, incitándola a tomarla. Ella sonrió a modo de agradecimiento.
—Hay algo que Gideon comentó hoy y me dejó… no sé, confusa —admitió, dando un sorbo a su copa.
—¿De qué se trata? —me tumbé junto a ella en el sillón que solía usar para relajarme en los días de mucho estrés—. ¿Tengo que preocuparme?
—No, no. No lo creo —se mordió el labio inferior. Su pelo rubio caía en cascada sobre sus hombros menudos, y su expresión se suavizó un poco. Estaba tan bonita esa noche—. Dijo que te gustaría tener hijos. O que habías deseado tenerlos.
Noté una sacudida en mi estómago.
¿Gideon le habló de eso? ¿En serio?
Di por hecho que no fue a malas, pero no me gustaba que sacaran a relucir lo que habitaba en mi corazón. Algunos pensamientos, al igual que algunos sentimientos, vivían más tiempo si no los dejabas escapar. Se te pudrían, sí; pero, al menos, nadie los aplastaba ni los ensuciaba.
—Eso fue hace mucho.
—Pero no tenía ni idea.
—Hemos pasado cinco años sin vernos en persona, solo hablando de vez en cuando. Y casi siempre eran temas triviales.
Sus ojos se ensombrecieron un poco.
Tiré de la sábana y cubrí mejor su cuerpo desnudo. Tendría que haberle traído alguna camiseta o sudadera, y no dejarla así, tan vulnerable.
—Supongo que no dejo de darle vueltas al tema porque nunca pensé que tú querrías tener hijos. Viniendo de mi hermano, me sorprende menos. A él le encantan los niños —sonrió con cierta dulzura—. En cambio, tú… Con lo de tu familia…
—Ser hijo único es una mierda. Creces pensando que no tienes a nadie más, que todo el peso de las expectativas caen sobre ti y que, si fallas, tus padres se sentirán decepcionados toda la vida. Y ya sabes que mi padre era muy exigente.
El único momento donde se me permitía actuar con soltura, como un niño, era cuando me quedaba a pasar unos días o unas semanas en casa de Madddison y Max.
Sus padres se comportaban como si fueran los míos, o incluso mis tíos, y cuidaban de mí con tanto cariño que me resultaba imposible no sentirme celoso.
Al volver a mi casa, todo era frío. Una pesadilla constante.
Y mis padres ni siquiera eran violentos o malas personas.
Simplemente les gustaba demasiado su trabajo, el dinero y el éxito, y esperaban que su hijo siguiera esa misma estela.
Por eso mismo me pagaron las mejores escuelas, la mejor universidad.
Presionándome para que me convirtiera en alguien de valía.
Pero, al final del día, ninguno me daba un abrazo o una muestra de afecto.
Los únicos besos en la mejilla y en la frente, los únicos cumpleaños felices, los únicos regalos y palabras de consuelo provenían de los señores Ward.
De Max y de Maddison. Y eso se convirtió en un espinita dentro de mi corazón.
—Precisamente por eso creía que no querías ser padre, para no ser igual que ellos.
—No me da miedo eso. Sé que no sería como ellos —apunté, clavando la mirada en mi copa. Este tema siempre me ponía sensible—. El problema es que mi estilo de vida, y la visión que tengo hoy día acerca de las relaciones, me impiden pensar en ello como una meta a largo o corto plazo.
—¿Y te limitas a renunciar a algo que te haría feliz solo porque amas tu trabajo?
—Un hijo merece algo más que un padre que pasa una media de diez o doce horas en su empresa, ¿no crees?
Ella presionó los labios.
—Sí, eso es cierto. Pero no vas a vivir toda la vida de ese modo.
—Eso no lo sé.
—Venga ya, Prince. ¿Lo dices de verdad?
—¿Y qué más da? —encogí un hombro—. Al final del día, sigo estando solo.
Maddison bufó y tomó distancia conmigo.
Enseguida supe que metí la pata.
—Lo siento, no quería decir…
—Ya sé que lo nuestro solo es sexo, tranquilo. No me molesta que no quieras tener una relación seria, Prince.
No era tan sencillo como eso. Sí que me lo había planteado últimamente, pero por su culpa. Y dudar de mis sentimientos por Maddison no me ayudaría en nada más que en provocarme a mí mismo un dolor de cabeza insoportable.
Tan solo dos meses antes, soñaba con encontrar a una mujer con la que pasarlo bien, sin dramas de ningún tipo.
Sin que me exigiera una relación a largo plazo.
Y en ese momento… luchaba conmigo mismo y mis emociones para no desear que Maddison se quedara más tiempo.
Que anhelara lo mismo que yo: un futuro juntos.
—Me irrita que no tomes en serio mi compañía.
—¿Perdona?
—¿Solo? ¿En serio? Tienes a Gideon, al menos. Y me tienes a mí. Que nos acostemos y funcionemos en la cama no quita que fuera de ella podamos compartir más cosas. Como amigos.
—Amigos —repetí, y el agujero en mi estómago se hizo más grande.
—Sí, claro. Amigos. —Terminó de beberse su copa y la dejó a un lado—. Pero no estás solo.
—Ya sé que no lo estoy, Mad. Pero se necesita a alguien más para tener hijos.
—Entonces sí quieres ser padre —presionó ella.
Solté una exhalación.
—Sí. ¿Es lo que quieres oír? Sí quiero ser padre. Claro que quiero. Pero no es tan fácil.
—Tú lo haces difícil, Prince.
No sé qué quería decir, porque se inclinó hacia mí y cubrió mi boca con la suya en un beso que calcinó cualquier pensamiento que rondara mi mente, y ya no logré preguntar al respecto.
Rodeé su cuerpo con un brazo, tratando de no tirar mi copa, y correspondí a su aluvión de besos con la sensación de que algo iba mal. Aunque no supe de qué se trataba.
—Llévame a la cama —pidió.
Dejé ir el aire contenido en mis pulmones y asentí lentamente.
Supuse que era mejor dejarlo estar y no pensar en imposibles.
Porque Maddison jamás se plantearía la posibilidad de que entre nosotros pudiera existir algo más que una pasión fuera de control.