Saga Sin Reglas Capítulo 28
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Capítulo 28

Maddison

Cuando Cayden me invitó a ver una partido benéfico de baloncesto infantil, pensé que se reía de mí.

Pero no, realmente lo hizo. Y el sábado pasó a buscarme por la mañana, con ropa mucho más cómoda —vaqueros oscuros, una camisa negra—, un par de cafés y con Gideon sentado en la parte de atrás del coche.

Al parecer, Gideon colaboraba con varias asociaciones que fomentaban el deporte entre los más jóvenes, y luchaban contra la exclusión social y la obesidad infantil.

En Manhattan existían muchos barrios donde los más jóvenes convivían con las drogas y los robos constantemente, así que se abrían esos gimnasios para que salieran de las calles y se enfocaran en algo más positivo.

Y no solo jugaban al baloncesto, sino que también practicaban boxeo, le dedicaban tiempo al béisbol o simplemente bailaban.

Me conmovió bastante descubrir que Cayden colaboraba monetariamente, junto a otras tantas personas anónimas, con la idea de seguir manteniendo en pie cada uno de los centros y los gimnasios.

—En el fondo, le encanta venir aquí —comentó Gideon cuando nos quedamos a solas, sentados en las gradas.

—¿Por qué lo dices?

Cayden había ido a ayudar a los chicos con el partido que disputaban esa mañana. A veces, tal y como me contó Gideon, ejercía de árbitro.

—Adora a los niños —dijo, como si fuese obvio.

Pestañeé, sin saber qué decir.

—No lo sabía.

Al haber crecido en una familia bastante estricta, di por hecho, desde que tenía memoria, que Cayden no soportaba la idea de formar una familia.

Por no hablar de su alergia al compromiso.

No era de esos hombres que buscaban una estabilidad profesional antes de lanzarse de lleno a traer hijos al mundo.

Además, nunca lo había comentado delante de mí. Ni siquiera de casualidad.

Observé a Cayden en la lejanía, jugando con los chavales, animándolos antes del partido, y un nudo se formó en mi estómago.

¿De verdad le hacía feliz la idea de ser padre?

Por alguna extraña razón, descubrir eso me provocó cierta ternura, pero también pánico. Porque si era cierto, entonces debería empezar a buscar pronto a la madre de sus hijos. Y de solo imaginarlo en brazos de otra, todo mi cuerpo se tensaba y luchaba por descomponerse.

—Apenas habla de eso, ya sabes cómo es —dijo Gideon, encogiéndose de hombros.

Cabeceé, dándole la razón.

Últimamente se me olvidaba con mucha frecuencia que Cayden no era demasiado parlanchín respecto a sus emociones. Más bien se le conocía por ser justo lo contrario: reservado hasta la médula.

Nos quedamos allí sentados, viendo el partido. Los padres y familiares de los jóvenes que disputaban el partido esa mañana aplaudían emocionados. Estábamos rodeados de personas que gritaban y animaban a sus equipos.

Cayden, sin perder la sonrisa en ningún momento, se encargaba de que jugaran limpio. Y su actitud tan dulce hacía que mi corazón bombease con más fuerza y mis dedos hormiguearan con anhelo.

—¿Y tú no te planteas formar una familia también? —pregunté, pasado un rato, por curiosidad.

Gideon y yo nunca nos habíamos visto con anterioridad. Sabía de su existencia porque Cayden hablaba de él. Era su mejor amigo, después de Max.

—No puedo.

—Ah, lo siento. No sabía…

—Es por elección —comentó con tranquilidad—. Soy célibe.

—Oh —no supe qué decir—. Eso es…

—Sí, lo sé. Extraño.

—No es la palabra que yo escogería —admití, sincera.

—Pero es la que todos dicen cuando les cuento que elegí alejarme del cuarto pecado capital.

Aunque se le veía de lo más pacífico, un tic en el ojo lo delató por completo. Seguramente le desagradaba muchísimo que se burlaran o menospreciaran su forma de vida.

—Cada uno se deja engatusar o no por la pasión. Solo faltaba que tuvieras que seguir lo que los demás esperan de ti.

Gideon esbozó una sonrisa tranquila.

Aunque no era mi tipo, debía admitir que su atractivo natural encandilaba.

Los ojos de un azul brillante, el pelo oscuro como una noche sin luna.

El mentón cuadrado, como Superman, y unos labios llenos y rosados.

No me cabía la menor duda de que más de una y dos mujeres se habían lamentado de conocer a alguien como él, y no ser capaces de besar su boca; aunque solo fuese una vez.

—Mi intención era consagrar mi vida a la Iglesia, allá en Italia. Estaba listo para ser cura y olvidarme de todo lo demás. Y luego la vida decidió alejarme de allí, y yo respeté mis votos a mi manera.

Joder, menuda historia.

No imaginaba a un cura que estuviera muy bueno, y no era por pecar o ser una depravada, precisamente. Es que Gideon no pegaba en absoluto con la visión que tenía en mi cabeza sobre el catolicismo.

—Así que nada de sexo ni de hijos —comprendí.

—Exacto.

—Siempre puedes adoptar, ¿no?

—A los padres solteros nunca se nos da esa oportunidad —murmuró con cierta tristeza.

—Ya… Se me olvidaba que el mundo nunca es justo.

Gideon sonrió y cabeceó en señal de asentimiento.

El partido continuó, y estuvo de lo más reñido. Finalmente ganaron los chicos que se hacían llamar Bears, y todo el mundo lo celebró entre gritos y ovaciones.

Cayden regresó con nosotros tan rápido como le permitieron alejarse de la pista. Había sudado un montón, y tenía las mejillas enrojecidas.

—¿Os habéis divertido? —preguntó, pero me miraba a mí.

—Sí, la verdad es que sí —asentí.

Entonces recordé el deseo de Cayden por ser padre, y mi humor se ensombreció un poco.

¿Por qué de pronto deseaba ser la madre de sus retoños? ¿Es que había perdido la jodida cabeza?

—Voy a ducharme y nos vamos a comer, ¿vale? —nos dijo, y se acercó a darme un beso en la frente.

El revoloteo en mi estómago solo acentuó mis nervios.

—De acuerdo.

—Te esperamos fuera —le indicó Gideon.

Cayden nos hizo una señal con la mano y se marchó. Pero a mí no me respondían las piernas. Solo quería quedarme allí sentada, viendo cómo los chicos celebraban la victoria, mientras soñaba con ser una de esas madres orgullosas por los logros de sus hijos. Y que el padre fuera Prince.

Solo él.