Capítulo 27
Maddison
—Eres un degenerado, Prince —jadeé cuando sus manos decidieron juntar mis muñecas por detrás de mi espalda, y atarlas con su corbata—. ¿Esto es con lo que fantaseas cuando miras?
—Fantaseo con muchas cosas —admitió, apretando bien el nudo—, pero, al final del día, tú siempre superas todas mis fantasías.
Un relámpago de placer golpeó mi coño cuando lo escuché decir esas palabras. Sonaban a una declaración en toda regla.
Además, no ayudaba en absoluto que me tuviera totalmente inmovilizada.
Privada de mi libertad, totalmente a su merced, solo conseguía respirar agitada y apretar los muslos. Ansiosa por su siguiente movimiento.
—¿Qué quieres hacerme, eh?
—De todo, nena. De todo —dejó claro él, con la voz ronca.
Nos habíamos encerrado en uno de los almacenes vacíos de la cocina del hotel.
Apenas quedaban algunas estanterías y cajas, pero, lejos de parecer un lugar polvoriento y lúgubre, todos mis sentidos estaban a flor de piel.
Como si no hubiera un mejor espacio en el que encerrarnos a desatar aquella pasión que nos quemaba en las venas.
Cuando se trataba de Prince, mi cuerpo reaccionaba solo. Daba igual el momento o el lugar, siempre y cuando él me sostuviera con sus grandes y masculinas manos.
—¿Acaso esperabas que estuviera toda la noche conteniéndome? Mira qué vestido llevas puesto —añadió al mismo tiempo que bajaba la cremallera lateral, dejando que la tela resbalase por mi cuerpo hasta aterrizar a mis pies—. Es como una segunda piel.
—Solo es un vestido.
—Contigo nunca es solo un vestido. Contigo todo es una declaración de guerra —dijo a modo de acusación.
El pelo se le empezaba a pegar a la frente, y una fina película de sudor hacía que sus mejillas y su labio superior brillasen.
Me hubiese encantado inclinarme y lamer justo esa zona, pero estaba totalmente a merced de sus decisiones—.
Estoy seguro de que te has pasado media velada muy mojada.
—No lo sé… —tanteé, aunque lo cierto es que llevaba razón—. ¿Por qué lo piensas?
—Tu expresión —contestó, y sus dedos acariciaron el lateral de mi cara—, el tono de tu voz, cómo me mirabas… ¿Qué se te pasaba por la cabeza, Mad?
—Un poco de todo —me relamí a propósito. No quería ser la única que sufriera en aquella habitación—. Que me tomabas con fuerza y desde atrás… mientras me tirabas del pelo.
—Joder. Siempre tienes las mejores ideas —halagó él.
Sus grandes manos abarcaron mi cintura y mis caderas, acariciando mi piel a medida que su boca se deslizaba en un beso lento por la curva de mi cuello.
Me estremecí de cabeza a los pies. Un cosquilleo placentero se concentró sobre todo en mi sexo, cada vez más mojado, a medida que Cayden jugaba conmigo como le daba la gana.
Su lengua dibujaba trazos sobre mis clavículas y mis pechos, lamiendo a pesar de mis protestas por no ser capaz de acariciarlo de vuelta. Quería que se quitase la ropa, también, pero desoyó mis súplicas y solo sonrió de medio lado. Un villano que estaba dispuesto a corromperme antes de dejarme ir.
A medida que mis pezones se endurecían, al punto de doler, gracias a sus atenciones con la boca y las manos, apretaba los muslos con fuerza. Conteniendo todo ese placer que me producía y que no quería que se acabase jamás.
Pero lo que me pilló por sorpresa fue que Cayden me obligara a colocarme de rodillas, frente a él.
Alcé la mirada, con los ojos vidriosos, y contuve un jadeo al ver cómo se desabrochaba el pantalón y liberaba su polla frente a mí.
Bastó que rozara la punta roma, mojada y resbaladiza, sobre mis labios para que el hambre me consumiera como el fuego a una cerilla.
—Abre la boca, nena.
No tuvo que pedírmelo dos veces. Anhelaba chupársela desde hacía tanto tiempo, que aquello era un regalo para mí.
Separé los labios y abarqué el principio de su erección con lentitud, tanteando el terreno.
Un sabor salado resbaló por mi lengua y mi paladar, embotando todos mis sentidos.
Lo miré a los ojos, buscando que entendiera cuánto deseaba aquello, y gemí de satisfacción en el segundo en que los dedos de Cayden envolvieron mi cabello y me facilitaron el trabajo.
—Joder, nena… Tu boca es una maravilla.
Eso no es nada, pensé, introduciendo su polla hasta la mitad en mi boca. Traté de que mis dientes no rozaran demasiado su piel satinada, pero era tan grueso que ya me costaba metérmela sin sentir que mi mandíbula protestaba. Entonces, Cayden gimió, alto y profundo, y eso me enloqueció.
Me retiré un segundo antes de volver a chupar y lamer, abarcando todo lo que mi boca me permitía. Cayden me dejó ir a mi aire, pero, durante unos segundos, movía las caderas en busca de más. Y, joder, era tan exquisito. Tan sucio.
—Algún día pienso correrme sobre tu cara, nena. Necesito verte llena de mí —decía, medio ido.
Aunque me hubiese encantado rodear sus caderas, apoyarme en ellas e inclinarme aún más sobre su erección, lo cierto es que verme privada de esa posibilidad solo aumentó la excitación que la situación me provocaba.
Finalmente cerré los ojos y me dejé llevar, abarcando su polla hasta el principio de mi garganta.
Gimiendo cada vez que mi saliva y su pre semen inundaban mi paladar y debía tragar.
Cuando Cayden finalmente se separó de mí, lamí la punta con la lengua, llevándome conmigo todo. Porque me negaba en rotundo a no saciar ese hambre voraz que despertaba en mí.
—Date la vuelta —ordenó.
¿Cómo? ¿Qué pretendía?
Obedecí con cierta dificultad, a medida que él se colocaba de rodillas detrás de mí. Lo oí rasgar el envoltorio del condón. Por encima de mi hombro, comprobé que se lo colocaba rápidamente, totalmente enrojecido y sudoroso. Caliente como el infierno.
—¿Confías en mí?
—Sí —murmuré—. Lo hago.
Cayden me rodeó la cintura con un brazo, agarrándome antes de ensartarse en mí de una sola estocada. Diminutos puntos de luz colapsaron mi campo de visión, y mi coño palpitó alrededor de su miembro a modo de protesta. Él gimió cerca de mi oreja.
—Te tengo, nena.
Sí, me tenía, y en más sentidos de los que él creía.
Cayden inició una serie de acometidas lentas y profundas que e empujaban constantemente hacia delante. Como no tenía modo alguno de sostenerme, más allá de clavar las rodillas en el suelo, todo mi equilibrio dependía de él. Y eso lo hizo aún más caliente.
Rápidamente llené la habitación con mis gemidos y mis súplicas, sus caderas golpeando directamente mi culo una y otra vez.
El chasquido húmedo que nuestros cuerpos creaban solo era acallado por la música que nos llegaba desde el exterior.
Estábamos en la planta baja, follándonos mutuamente, mientras todos los invitados bailaban y se relacionaban entre ellos.
Pero no me importaba.
Solo quería que ese hombre me poseyera de todas las maneras posibles. Que doblegase mi cuerpo a su voluntad. Que me llenara por completo… hasta que su olor quedase impregnado sobre mi piel.
—¿Ya estás al borde, nena? —preguntó, soltándome y, a cambio, agarrándome del pelo. Todo mi cuerpo se arqueó hacia delante, y la siguiente embestida prácticamente me hizo lloriquear de placer—. ¿Ya vas a correrte?
—No —balbuceé.
Mentira.
Claro que iba a correrme. Estaba siendo totalmente destructor conmigo. Se empujaba dentro de mí como si nunca más fuese a tener la oportunidad de hacerlo y necesitara dejar constancia de su paso. Dejar una huella imborrable.
Conquistarme.
Y yo se lo estaba permitiendo.
Claro que lo permitiría, joder. En todas las ocasiones. Porque Cayden me tenía desde hacía tanto que ya no lograba llenar mis pensamientos si no era él el protagonista de los mismos.
—Córrete para mí, Mad —dijo, jadeando detrás de mí. Agarrándome del pelo y follándome tan duro como en mis fantasías—. Déjame ver cuánto lo estás disfrutando.
Mi cuerpo hacía bastante tiempo que ya no me obedecía a mí, sino a Cayden. Y al alcanzar el clímax un segundo después de su petición, quedó más claro que nunca.
Con toda la neblina del orgasmo expandiéndose desde dentro hacia fuera de mi cuerpo, no fui consciente de cómo él se afanaba por agarrarme también de las caderas. Prácticamente clavándome las uñas romas en la piel. Dejándome una huella física más allá de su sudor y sus besos y su saliva.
No dejó de golpear mi culo ni de sujetarme del pelo durante tanto tiempo, que el placer casi se volvió doloroso.
Estaba totalmente húmeda entre los muslos, y su polla no me daba tregua.
Entraba y salía de mí con movimientos certeros, profundos.
Estocadas que me hacían sentirlo tan al fondo, que nunca más volvería a caminar normal por su culpa.
Alcancé el segundo orgasmo así, con Cayden lamiéndome la nuca y sujetándome desde el mentón. Con la espalda pegada a su pecho, nuestras pieles rozándose constantemente, su aliento borrándose sobre mi cuello… Todos mis sentidos se habían conectado con él.
—Voy a llenarte de mí —prometió, saliendo justo después de mi interior.
Mi cuerpo se inclinó hacia delante y él desató mis muñecas, permitiendo que mis manos me sostuvieran, al fin. Ni siquiera tuve tiempo de preguntar qué pretendía, porque noté cómo gruñía a mi espalda y su semen caliente se derramaba sobre mis nalgas. Un escalofrío me sacudió entera.
Cayden estaba llenándome de él… y yo solo quería que su simiente quedara sobre mi piel toda la jodida noche.
Aún respirando con agitación, lo miré por encima del hombro. Ese hombre era increíble. Todo enrojecido, sudoroso, con los labios hinchados y los ojos vidriosos.
¿Cómo no me había dado cuenta de lo muchísimo que me gustaba? Y no hablaba de un plano físico, sino sentimental.
Hacía que mi corazón bailase dentro de mi pecho, y que anhelara tantas cosas al mismo tiempo que ni siquiera sabía por dónde empezar.
—Después de esta noche —dijo, ayudándome a levantarme del suelo—, no dejaré de soñar con la imagen que me has regalado.
Y yo no dejaré de soñar contigo, a secas, pensé, pegándome a su cuerpo antes de recibir el beso profundo e intenso que me dio.
Me acurruqué entre sus brazos, en busca de su calor, y dejé que me acunara mientras los restos de mis orgasmos se diluían. Casi no podía estar de pie, aunque no me importaba.
Todo lo que necesitaba en ese momento era sentir los latidos de Cayden y su abrazo.
Porque si estaba en lo correcto, y sentía cosas por él, cosas que no se habían esfumado con el tiempo, me hallaba en un gran problema.
Mezclar el sexo con el amor nunca era una buena opción.
Cuando volvimos a la fiesta, Cayden se cercioró de que nadie nos había echado de menos en ese rato.
A mí aún me temblaban las piernas, la verdad. Los dos orgasmos que me regaló seguían haciendo estragos en mi cuerpo. Aunque no me arrepentiría en la vida. Con Cayden todo era más divertido siempre.
Además, no quería separarme de él.
Sabía lo importante que era conseguir ese hotel, y puse todo mi empeño en caerle bien a sus socios, darle ánimos y decirles a los del cáterin que siguieran repartiendo comida o bebidas.
También nos tomamos algunas fotos juntos para la prensa. Los periodistas se paseaban por todo el salón, preguntando cosas a los accionistas, grabando vídeos o recabando cualquier información relevante.
Solo esperaba que aquello sirviese de algo.
Justo cuando estábamos disfrutando de una última copa de vino, Cayden recibió la llamada de Max.
—¿Qué le habrá ocurrido? —pregunté, sorprendida y preocupada.
—No tengo ni idea.
Nos apartamos del salón con la idea de hablar más cómodos con él.
—¿Max? —saludó Cayden al descolgar—. ¿Qué haces llamando a estas horas?
Apoyé la mano sobre la espalda de Prince, esperando a que dijese algo. Él, por solidaridad hacia mí, colocó el altavoz.
—¿Estás ocupado? Escucho música de fondo.
—Sí, estoy en un cóctel con los accionistas. En el hotel Vaughnat.
—Joder, podrías habérmelo dicho.
—Ya, lo siento. Se me pasó —se disculpó Prince.
—Tampoco es que tú llames a horas normales —me reí, más tranquila al saber que no había pasado nada—. Siempre igual, Max.
Hubo un silencio algo tenso.
—¿Mad? ¿Qué haces ahí? Ah, ya. ¿Has organizado el evento?
—Sí. Es obvio que Prince solo se fía de mí —repuse, burlona.
—Espero que te pague bien por tenerte ahí toda la noche, supervisando al cáterin.
—De hecho, no está de servicio. Ha venido como mi acompañante —soltó Prince, sorprendiéndonos a los dos.
Clavé en él mi mirada, como pidiéndole explicaciones.
Él se limitó a seguir sosteniendo el móvil en alto.
—¿Habéis ido juntos? ¿Qué cojones? —la voz de Max se encendió de golpe, como si estuviera atando todos los cabos a la velocidad de la luz—. ¿Desde cuándo sois tan cercanos vosotros?
—Es porque… —traté de decir.
Cayden negó con la cabeza en mi dirección.
—Tenemos que volver a la fiesta, hablamos mañana.
—Eh, no. Espera. Tengo q…
Colgó antes de que pudiera decir algo más.
—¿Qué ha sido eso?
—Tú me dijiste que no volviera a negarte. Y, de todos modos, estoy cansado de mentir. En algún momento debía saberlo, ¿no?
—Pero… ¿así? ¿En serio?
—¿Te molesta?
—No, no. Creo que… está bien. Y agradezco que tuvieras en cuenta mis sentimientos —aseguré—. Pero se va a poner hecho un basilisco. Ya sabes cómo es. Y no quiero que lo pases mal por esto.
—Mad, está todo bien —dijo él, colocándome un mechón detrás de la oreja—. Tú me importas, tus sentimientos me importan… y no iba a mentirle más acerca de esto.
Agradecida con su sinceridad, lo abracé por la cintura y aspiré su olor con fuerza.
No sabía si estaba volviéndome loca o qué, pero la calidez de Prince, junto a su lealtad, me pusieron muy sensible de golpe. Y también me asustó pensar en si había algo más bajo la superficie. Más allá de la pasión y el deseo. Como el cariño o… el amor.
¿Y si estaba enamorándome de él?
¿Y si eso lo fastidiaba todo?
Dios, no quería pensarlo.