Saga Sin Reglas Capítulo 26
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Capítulo 26

Cayden

—Este sitio es una pasada —comentó Maddison junto a mí, sin quitar ojo al hotel Vaughnat.

—Suele causar esa impresión, sí —le di la razón, deteniéndome justo a su lado—.

Fue construido hace cincuenta años y se conserva tan bien que da hasta envidia.

Hubo un tiempo en que fue el hotel favorito de los turistas más acaudalados.

Aquí celebró el alcalde su boda, y han pasado una cantidad inmensa de famosos.

Aunque Nueva York estaba plagada de rascacielos y edificios de ladrillos, no eclipsaba en absoluto al hotel Vaughnat.

Su fundador sabía lo que hacía cuando decidió levantarlo en el corazón de Manhattan.

Un espacio donde sentirte como si estuvieras dentro de un palacio, pero sin dejar de lado su estructura minimalista de hierro y cristal.

Por dentro era aún más impresionante. Exquisito mármol en el suelo y las columnas, bordeados de oro y burdeos, con estatuas que se alzaban casi dos metros desde el suelo y te miraban a medida que pasabas justo al lado.

—No me extraña que quieras hacerte con este edificio. Si le dais un lavado de cara es muy probable que os haga millonarios.

Sonreí con pereza al asentir.

Más que dinero, quería el orgullo que me provocaría saber que le había otorgado una segunda vida a uno de los hoteles más emblemáticos de la ciudad.

Hubo un tiempo en que mi padre soñaba con comprarlo y ponerlo a su gusto; crear un nuevo imperio que sirviera para que otros lo disfrutaran. Pero no fue posible. Y ahora me tocaba a mí cumplir ese sueño. Hacerlo realidad.

Solo necesitaba pelear un poco más. Convencer a los accionistas de que estábamos en el camino correcto.

—Si lo consigo, será gracias a ti —murmuré cerca de su oído.

Maddison se estremeció bajo mi toque.

La había convencido un día antes de que me acompañase al cóctel, y, pese a que me costó bastante —ella quería supervisar que todo iba bien, pero de manera profesional—, finalmente accedió. Y menos mal. Sentía que no podía lograrlo si Maddison no me sujetaba la mano.

Y esa inseguridad era un problema bastante grave. Como empresario, debía rendir bajo cualquier circunstancia. Pero la compraventa de ese hotel estaba mermando todas mis energías. Ya no sabía ni qué decir ni qué hacer, salvo gruñir y tomarme una pastilla que aliviara mi dolor de cabeza.

—Anda, vamos. Tus compañeros te deben estar esperando —dijo ella, agarrándome del brazo.

El cóctel estaba siendo perfecto. Más o menos. Habíamos invitado a todos los accionistas y sus acompañantes. También teníamos música en directo, los mejores cócteles, los mejores tentempiés. Todo gracias a Maddison.

Con muy poco tiempo, había conseguido construir una atmósfera que invitaba a hablar largo y tendido, al mismo tiempo que disfrutábamos de las instalaciones.

Y qué bonito era el hotel Vaughnat por dentro. Si pudiéramos conseguirlo, le haríamos la competencia al mismísimo Russell Crown.

Ese cabrón había alzado una línea de hoteles de lujos por todo Nueva York y parte de Europa, y estaba en la cima de la lista. Siempre arriba, como si de verdad tuviera la corona.

Y yo anhelaba arrebatársela. Al menos, dársela a otra persona capaz de llevar adelante este magnífico edificio.

La gente merecía disfrutarlo de nuevo. A poder ser, en todo su esplendor.

En tanto hablaba con algunos compañeros de lo impresionante que era el hotel, me dedicaba a acariciar la muñeca de Maddison de manera distraída. O la mantenía cerca, pese a que ella no estaba nada puesta en la conversación.

Aun así, no puso mala cara en ningún momento. Realmente me soportó y me apoyó todo el rato. Y eso no lo había hecho nadie por mí. En parte, porque nunca delegaba mis emociones en los demás.

Pasé la mayor parte de mi vida conteniéndome, casi como si llevara un corsé.

O estuviera oculto en una cápsula. No me agradaba en absoluto que los demás supieran que sufría, que tenía un mal día o estaba enfadado.

Había perfeccionado mis habilidades para mantener las distancias con todo y con todos.

Excepto con Maddison.

Con ella siempre caía de pleno. Me arrodillaba frente a ella y luchaba por acariciar mi mejilla contra sus piernas. No de manera literal, sino figurada.

Como si solo Maddison supiera calmar aquella carga mental que arrastraba.

—¿Todo bien? —preguntó ella al cabo de un par de horas, cuando al fin nos dejaron a solas—. Pareces… cansado.

—Llevo sin dormir bien una semana.

—Tus ojeras te delatan.

—Lo siento —me disculpé.

Ella pestañeó.

—¿Por qué? No te lo decía a modo de reproche. Quizás deberías relajarte un poco.

—Complicado. —Señalé con un gesto de la barbilla al resto de invitados—. Me da la impresión de que no terminan de ver las maravillas de este lugar.

—Dales un poco de tiempo, Prince —me dio un par de palmaditas en el pecho—. Uno viene con la idea de beber y comer y pasarlo bien, no a hacer turismo.

—Pero mi idea es que vean que vale la pena invertir en esto. Igual estaba equivocado —repuse, frustrado—. Empecé esto por mi propio sueño, por puro capricho… y la vida no deja de ponerme trabas. A lo mejor es el momento de dejarlo estar.

Maddison chasqueó la lengua.

—No te rindas tan fácil, Prince. Eres el tipo más cabezota que conozco. Has conseguido llegar hasta aquí gracias a tus grandes ideas, tu ingenio y tu profesionalidad. Algo que muy pocas personas pueden decir. No les des el gusto de venirte abajo.

—Suena bien sobre el papel.

—Pues ponlo en práctica. —Maddison me acorraló lentamente contra la pared.

Sus ojos castaños brillaban gracias a las luces que iluminaban todo el salón.

Aunque parecían más bien una constelación—.

Has peleado duro, y si ellos no quieren comprender las ventajas de conseguir este edificio, que les den. Busca patrocinadores en otro lado.

—No funciona así.

—¿No? —preguntó en voz baja, rozándome lentamente la mano—. ¿Y si pactas con otros inversores? Alguien que ponga el dinero.

—Eso suena demencial.

—No lo hagas ver como un imposible.

Casi solté una carcajada cansada.

—Es que es imposible. Es muchísimo dinero.

—Y hay muchos ricos que se sentirían muy satisfechos al ver cómo uno de sus proyectos se convierte en un éxito.

Aunque sonaba bien, no era tan sencillo. Aun así, agradecí que ella me diese más opciones. Que no estuviera allí por compromiso, sino porque entendía mi posición, la respetaba y la apoyaba.

Joder, hacía que todo fuera más sencillo de sobrellevar. Maddison se colaba bajo mi piel y lo revolucionaba todo, y me hacía sentir mucho mejor.

—Gracias —mascullé al verla sonreír.

—¿Por qué?

—Por venir.

Ella chasqueó la lengua.

—Supongo que no tenía un mejor plan para esta noche —bromeó.

—¿Así que preferirías estar en otro lugar?

—Sí, pero no de la manera que piensas. —Miró a un lado y otro, y su mano atrapó la mía—. ¿Las habitaciones también están disponibles?

Solté una risita al verla coquetear de aquel modo.

Estaba más que claro que la pasión y la lujuria de Maddison no encontraba límites. Siempre quería más… y eso me volvía loco.

—¿Qué estás planeando ya, eh? No te recordaba tan… intensa.

—Eso es porque solo me conocías fuera de la cama. Ahora eres mi amante, y quiero que cumplas todos mis caprichos —casi ronroneó, con los párpados entornados y los labios brillantes.

Esa imagen bastó para que todo mi cuerpo reaccionara al instante.

—¿Y cuál es tu capricho esta noche, nena?

Sus dedos rozaron delicadamente mi corbata. Una idea fugaz cruzó mi cabeza… y mi polla simplemente se endureció dentro de mis pantalones.

Aquella era la magia de Maddison, supuse. La de volverme un maldito adolescente hormonal.

—Siempre tonos borgoñas, rojos… —susurró, desabrochando el primer botón de mi camisa—. El color rojo queda perfecto sobre mi piel.

—Joder, nena —rodeé su nuca con una mano y la mantuve cerca—. ¿Alguna vez te has planteado lo peligroso que resulta jugar con fuego?

—No, porque sé que contigo no me quemaría. Tú apagarías cada una de mis llamas.

—Muy lista. Vamos —ordené, bajando la mano por su espalda desnuda hasta su trasero. Apreté una de sus nalgas con fuerza, arrancándole un jadeo—. Creo que una habitación no, pero hay sitios mejores donde pasarlo bien.

Con una sonrisa seductora curvándole los labios, Maddison se acercó a mí y le dio una lamida a mi boca.

—Soy toda tuya, Prince.

Y a Dios daba gracias de que eso fuese así.