Capítulo 25
Maddison
—¿Quién es toda esta gente? —pregunté a Mariah cuando vi a tres personas entrar en el despacho de mi jefe, al final del pasillo.
—No lo sé. No han querido decirme nada más. Pero… uno de ellos me ha enseñado la placa.
—¿Qué? —jadeé, sorprendida—. ¿Por qué iba la policía a hablar con el jefe?
Mariah me agarró del brazo y tiró de mí hacia la sala donde solíamos reunirnos todo el equipo una vez por semana. Allí no solía haber nadie a esas horas. Pero, a veces, nos quedábamos allí en las pausas para tomar café o simplemente desconectar.
—Desde hace semanas está recibiendo llamadas constantes de la policía. No me he enterado aún de cuál es el punto —admitió, hablando en voz baja—, pero creo que lo están investigando.
Abrí los ojos más de lo normal, sin saber qué decir.
No me gustaba nada que la policía estuviera rondando al hombre que pagaba mi sueldo. Si se había metido en algún lío —y apostaba a que sí, porque nadie era investigado sin motivos—, esperaba que no nos salpicara a nosotros.
—¿Crees que se trata de algún lío fiscal? A lo mejor está tributando solo una parte del dinero que gana. Hay empresarios que se lleva la mayor cantidad a paraísos fiscales —sugerí, apoyándome sobre la silla más cercana.
Mariah se mordisqueaba la uña del pulga, tan preocupada como yo.
—No lo sé. Trabaja con un equipo contable bastante competente, y nunca lo he visto cogerse vacaciones o algo así. Supongo que ha metido la pata con algo y la policía lo tiene sobre las cuerdas.
—Mientras no sea un asesino en serie…
Mariah gruñó.
—No digas eso ni en broma. Me da escalofríos.
Le di un par de palmaditas sobre el hombro.
—No te preocupes, no creo que te hiciera nada.
—¿Porque soy muy buena secretaria?
—Por eso, y porque las chicas guapas e inteligentes siempre sobreviven en las películas de miedo —bromeé.
La vi poner los ojos en blanco.
—No tiene gracia. Desde que te estás tirando a Prince no pareces tan… tensa como antes.
—Supongo que cuando pasas tiempo con alguien y estás a gusto, acabas relajándote. Pero ya hacía bromas macabras desde antes —le recordé.
—Sí, pero con otro tono —apreció ella—. ¿Cómo te va con él?
—Como siempre. Nos vemos de vez en cuando y poco más.
—Así que no te lo has tirado de nuevo.
—Nope —sacudí la cabeza—. Está liado con sus cosas y yo también.
—Mh…
—¿Qué pasa? —pregunté, sin entender su expresión calculadora.
Ella se limitó a encoger uno de sus hombros.
—Pensaba en si me estabas ocultando algo o no.
—¿Qué?
—Dices que solo es sexo, pero luego os veis para tomar café o cenar, o incluso hablar… y eso solo lo hacen las personas que tienen interés en ir más allá. Ya sabes —añadió con un aspaviento de la mano—: para tener una relación formal.
Solté una carcajada, incrédula.
—¿Prince y yo pareja? No digas tonterías. Además, no creo ni que se atreviera a intentarlo conmigo.
—¿Por lo de tu hermano?
Asentí un par de veces con la cabeza.
—Estoy intentando ser paciente sobre el tema, porque sé que es importante para él.
Pero me quema y me jode como el infierno —admití en voz alta.
Con ella no tenía por qué fingir que pensaba lo contrario—.
Dudo mucho que Max pusiera el grito en el cielo mucho tiempo.
Se enfadaría, sí, y hasta yo deseé que no se enterase al principio.
Pero luego me di cuenta que no es sano vivir en el borde, ¿sabes?
Todo el rato mintiendo y haciendo creer que no hay nada entre Prince y yo.
—¿Y si lo habláis los tres? No sé, por teléfono. Una videollamada.
—Lo he pensado, pero creo que a Prince le daría un síncope. Y no estoy interesada en dramas ahora mismo.
En el fondo de mi corazón, no buscaba conflictos con la única persona familiar que tenía en Manhattan.
Ni siquiera se trataba de esa pasión bilateral que sentíamos y que nos arrollaba como una locomotora fuera de control; más bien con el cariño y la confianza.
Ese lazo que nos había unido desde niños.
No se podía poner barreras a la pasión, y por eso accedí a seguir acostándome con él.
Porque no tenía sentido alguno negar algo que mi corazón y mi cuerpo me exigían constantemente.
Quizá el resto de la humanidad era más fuerte que yo, y soportaba la tentación con más entereza.
Pero yo no era de las que se negaban a darle un bocado al donut que tenía delante solo porque tenía muchas calorías.
Si me apetecía, me lo comía. Y lo mismo me pasaba con Cayden: si me atraía tanto como para soñar con él, apartaba las dudas y me dejaba llevar.
Así se lo hice saber a Mariah una de las mañanas en las que nos juntamos a desayunar juntas, y sé que ella me comprendió. Lo vi en su cara y lo escuché de sus labios.
El problema es que ella pensaba que esto explotaría por algún lado, y eso me asustaba. Me acojonaba muchísimo, porque no quería echar a perder lo que tenía con Cayden. Era divertido y liviano, sin complicaciones. Una aventura que llegaría a su fin.
Incluso si eso me provocara cierto vértigo.
—Dramas hay siempre, quieras o no. Pero me parece un poco egoísta de su parte que te obligue a mentirle a su hermano, una persona que aprecias, por temor a decepcionarlo.
No supe cómo rebatir sus palabras, porque estaba en lo cierto.
En ese momento entró Judah, cargado con un par de carpetas en la mano y una expresión ceñuda.
—¿Habéis visto a la policía? —las dos asentimos. Él bizqueó un poco—. ¿Qué demonios pasa?
—No lo sabemos, pero sospechamos que se trata de algo monetario —dijo Mariah.
—A mí me huele a algo mucho peor, no sé por qué —comentó él, cerrando la puerta—. ¿Qué hacéis aquí, de todos modos?
—Cotillear —respondí.
—Ah, genial. ¿Puedo quedarme con vosotras hasta que se vaya la poli?
Di un par de palmaditas en la silla contigua, invitándolo a unirse.
Que Judah nos contara algo, lo que fuese, me ayudaría a no pensar demasiado en el asunto de Cayden y mi hermano.
No quería volver a sentir como unos días atrás, totalmente arrinconada y frustrada.
Como si estuviera haciendo algo malo. Algo imperdonable.