Saga Sin Reglas Capítulo 24
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Capítulo 24

Maddison

Trabajé codo con codo junto a Judah durante tres días seguidos con el único propósito de conseguir tiempo libre a la hora de organizar el cóctel en el hotel Vaughnat.

Nos acababan de conceder una noche en su salón principal, pese a los cargos que caían sobre su propietario, y no pensaba desaprovechar la oportunidad.

Cayden me había pedido el favor y no lo decepcionaría.

Sabía lo importante que era ese asunto para él y lo mucho que necesitaba hacerse con las escrituras del hotel.

Tanto mi compañero como yo nos dedicábamos todos los días a llamar a los mejores cáterin, a las floristerías, también a las pequeñas empresas donde siempre ordenábamos los regalos que recibirían los invitados.

Todo debía salir bien. Era imprescindible que la gente se quedara con un buen sabor de boca y apostaran por comprar el edificio.

Si no lo conseguíamos, Cayden perdería la oportunidad de su vida.

A medida que me ocupaba de ese asunto, también quedábamos para comer o tomar un café. Los dos estábamos muy ocupados. Él convenciendo a sus socios, y yo cuidando cada detalle como si fuera la boda del mismísimo presidente de los Estados Unidos.

A meticulosa no me ganaba nadie. Ya apuntaba maneras cuando trabajaba en Londres al mismo tiempo que me sacaba la carrera, o cuando ayudaba a mi madre con su papeleo y con el correo. Cada detalle era importante, y la gente siempre se fijaba en todo; aunque pareciese que no.

Pasar tiempo con Cayden, aunque fuera escaso y solo nos permitiera una conversación liviana, se convirtió en mi momento favorito del día.

Ya no sentía que estuviera vigilándome, tal y como le exigió Max, sino que realmente quería estar conmigo.

Y alguien como yo, tan dada a comerse la cabeza con prácticamente cualquier tontería, lo agradecía sobremanera.

También nos enviábamos mensajes y nos llamábamos un rato antes de dormir. Se sentía jodidamente bien recibir ese trato de un hombre que no era tu pareja. Para mí significaba que le importaba de verdad y no era solo un polvo puntual. No se trataba de amor, sino del cariño que nos unía.

Además, me resultó muy gratificante conocer más a fondo a Cayden.

Al menos, al Cayden adulto. Pues sus manías y sus gustos peculiares seguían ahí —la pasta sin tomate, aunque con orégano; el café solo con miel; las corbatas coloridas; los trajes borgoñas; su perfume—, pero otras cosas eran nuevas para mí. Y también para él.

Ya no usaba el mismo champú ni la misma espuma de afeitar —hubiera sido imposible, dado el país en el que vivía—, pero seguía conservando los gemelos que su padre le regaló al cumplir veinte años, los cuadros que compró en su pequeña estancia en Francia, unos seis años atrás, y cada mañana pasaba por su cafetería favorita a comprar muffins y llevárselos a su secretaria y sus socios.

Contrario a lo que pensé de él en un principio, Cayden siempre vigilaba con lupa todo lo que pasaba a su alrededor, y se preocupaba por hacer sentir bien a las personas.

Exactamente como el Cayden que conocí de joven y de niña.

Pero incluso el estrés hacía mella en él, y un miércoles por la noche, casi de improvisto, me llamó para preguntarme si estaba en casa.

Si podía venir a verme, porque ya no soportaba más la carga física y mental de tantas reuniones, tantas visitas al hotel y a otros despachos.

Lo hizo tan tarde, que casi me asustó. Pero cuando se presentó en mi puerta, con ropa de deporte y el rostro algo sudado —seguramente por el ejercicio—, sencillamente me relajé y lo tomé de la mano, guiándolo hacia el baño.

Cayden no dijo nada cuando lo ayudé a desnudarse en tanto la bañera se llenaba de agua caliente.

Era el único capricho que me permití a mi llegada a Manhattan: un apartamento que tuviera bañera, porque amaba darme baños con espuma y sales.

Y él no pareció sorprendido al verlo. Probablemente ya se lo esperaba, viniendo de mí.

Lo llevé hasta la bañera y lo ayudé a meterse dentro. Cayden era largo y pesado, todo músculos y piel bronceada. Una delicia para todos los sentidos.

—¿Vienes? —preguntó, haciendo hueco.

Mordiéndome el labio inferior, asentí y me desnudé también. Una vez me sumergí en la bañera, Cayden me atrajo hacia él y ocultó el rostro en la curva de mi cuello.

Necesitaba ese momento de paz. Ese silencio agradable que se construía alrededor de dos personas que mantenían algún tipo de unión.

Ni siquiera se trataba de algo sexual o sensual. No era una provocación, sino una petición silenciosa por su parte. Y respondí, claro que lo hice.

Porque Cayden me importaba.

—Hay algo que quiero confesarte desde hace algunos días —empezó a decir.

Todo mi cuerpo se tensó.

Él debió notarlo, porque acarició mi espalda con su amplia y húmeda mano.

—Si te has tirado a otra, prefiero no saberlo.

Cayden rio suavemente contra la piel de mi hombro.

—No es eso, malpensada.

—¿Entonces?

—Max no pagó al taller para reacondicionara tu coche. Lo hice yo.

Fue mi turno para reír.

—¿Crees que no lo sé? —como él alzó la cabeza, mirándome con sorpresa, sonreí—. Eres muy obvio, Prince.

—O tú me conoces muy bien.

—Mh… No es necesario que me pelotees. Solo te he preparado un baño.

—Es más que eso —aseguró, rodeando mi cintura con sus brazos y atrayéndome hacia su pecho—. Siempre haces más de lo que necesito y te pido.

Acariciando su antebrazo con los dedos, reposé la cabeza sobre su hombro y bajé un poco mis defensas.

Un baño caliente y espumoso siempre sacaba lo mejor de las personas. Nosotros éramos una prueba de ello.

—Debe ser frustrante que alguien se interponga entre algo que deseas y tú. Un muro inquebrantable que lo ensombrece todo.

—Ojalá solo fuera un muro. El problema es que el dinero siempre lo enturbia todo, para bien y para mal —hizo una pausa—. Empiezo a creer que estoy pagando mi propio karma.

—¿A qué te refieres?

—A veces no soy del todo legal con las personas a las que compro sus propiedades.

Los presiono con información de ellos que sé que no quieren que salga a la luz.

Nada grave —añadió rápidamente, y sonó avergonzado—, solo multas, problemas financieros…

A la gente no le gusta que sepan que no son lo que aparentan.

Entonces, aprovecho esa fragilidad para tentarlos con una oferta.

—Independiente de que me parezca mejor o peor, Prince…

No creo que esto sea karma. El karma casi nunca actúa, según mi experiencia.

A las personas malas les va todo bien y a las buenas personas les va todo mal.

Por alguna extraña razón, son los guerreros de Dios todo el maldito tiempo.

Pero tu problema es que trabajas con más personas, y ellos tienen la potestad de elegir por sí mismos lo que creen que es mejor o peor para sus negocios.

Y convencer a un grupo grande siempre es complicado. ¿No te lo enseñaron en la universidad?

Cayden dejó escapar lo que pareció un amago de risa.

—Solía ser bastante popular en la universidad, así que no tuve problemas en ese sentido.

Puse los ojos en blanco.

—Por supuesto que no.

—Pero sí, tienes razón en la última parte. Convencer a muchas personas al mismo tiempo siempre es un maldito dolor de cabeza.

—Eso te pasa por hacerte empresario. Tendrías que haberte dedicado a algo más tranquilo, como diseñar coches o encerrarte en una sede de la NASA —bromeé.

Los labios de Cayden, que en ese instante se deslizaban por mi mejilla y mi mentón, me hicieron cosquillas al reírse.

—¿No te gustaría tener un negocio conmigo?

—No te veo muy diplomático a la hora de convencer a un cáterin de que el salmón ahumado con salsa de ostras es un plato que no tocará nadie, mientras que los rollitos de sushi son amados por todos y volarán nada más aparecer en escena.

Probablemente les dirías que da igual lo que pongan, siempre y cuando sea comestible.

—Entonces podemos retirarnos a una granja y vivir del campo.

—¿Tú y yo? ¿Solos? Acabaríamos matándonos.

—Sí, pero de placer —ronroneó contra mi oído.

Escapé de sus garras y coloqué una mano sobre su pecho.

—No durarías ni una semana en una granja, Prince. Eres un chico de ciudad, como yo. Nos gusta demasiado la contaminación, el tráfico imposible y que sigan vendiendo trozos de pizza a un dólar a las tres de la mañana.

—Nunca me habían rechazado con tanta contundencia.

Le di un toquecito en el mentón con el índice, obligándolo a mirarme.

—No seas tan blandito. Sopórtame un poco más, Prince.

—Ese es el problema, nena. Que te soportaría siempre.

No supe a qué se refería, o si quería decir algo más profundo, pero se borró de mi cabeza en cuando posó su boca sobre la mía.

El beso que compartimos en esa ocasión, suave y delicado, me reconfortó por completo.

Enviando suaves olas de calor por todo mi cuerpo y vaciando mi mente de cualquier pensamiento intrusivo.

Al final, el agua se nos quedó fría mientras compartíamos besos y conversaciones absurdas, pero no nos importó.

De alguna manera, aquellas dos horas que conseguimos robar al reloj nos ayudó a unirnos un poco más. Como algo más que amantes, pero sin llegar, ni de lejos, a una relación de pareja.

A fin de cuentas, lo que Prince y yo compartíamos era una pasión fuera de control. Y eso no cambiaría jamás.