Capítulo 23
Cayden
Tiré sobre el escritorio la carpeta y me senté en el sillón, totalmente devastado. El dolor de cabeza que me taladraba el cráneo no me daba tregua. Y nadie en la reunión ayudó con su actitud. En realidad, solo empeoraron mi jaqueca.
¿Cómo podía torcerse tanto la compra de un hotel? ¿Solo por la mala fama de su actual propietario? Cuando acabáramos con la reforma, nadie se acordaría de él. Porque era un delincuente de mierda y se pudriría en la cárcel.
Solo quería convertir ese edificio en un hotel magnífico. Un hotel de verdad, con alguien competente al mando. Donde la gente se sintiera a gusto y viviera momentos únicos.
Pero nadie en la empresa conseguía obtener un sí rotundo. Los había que se negaban en rotundo, otros que dudaban todavía, y a medida que pasaban los días y las semanas, ese proyecto se ensuciaba cada vez más.
Ya no se me ocurría qué más hacer.
El teléfono sonó en ese momento, sacándome de ese estado de furia constante que me invadía últimamente. Al ver que se trataba de Gideon, respondí de inmediato.
—¿Qué tal ha ido la reunión?
—Como una puta mierda —gruñí.
—¿Cómo es posible que todavía no os pongáis de acuerdo? No entiendo mucho del tema, pero suena a negocio del siglo para vosotros.
—Y lo es —le di la razón—, pero el actual dueño ha ensuciado mucho el nombre y creen que eso nos perjudicará a la hora de venderlo.
—Menuda gilipollez. La mayoría de las personas ni siquiera miran las noticias. Hay muchos lugares donde han ocurrido cosas cuestionables y siguen funcionando. Joder, es solo un edificio, no el puto hotel Cecile.
Casi consiguió que soltara una carcajada ante su último comentario.
Sí, menos mal que no nos encontrábamos en esa tesitura. Ahí sí que entendería que nadie quisiera comprar el puto hotel; a nadie le gustaba los sitios macabros o con un pasado más que cuestionable respecto a asesinos seriales, fantasmas y cosas paranormales.
—Eso estoy tratando de hacerles ver, pero solo nos reunimos para perder el tiempo. Y se nos acaban las oportunidades. Si no nos ponemos de acuerdo, el hotel acabará en la ruina o vete a saber.
—¿Y si consigues reunirlos allí y les muestras el edificio en todo su esplendor?
—¿A qué te refieres?
—No les convence por lo que ocurre con su dueño, vale. Pero si vieran cómo es por dentro, sus capacidades, tal vez cambien de opinión. Un cóctel o una fiesta, no sé.
Eso sí sonaba bien. Si los accionistas comprobaban en primera persona cómo de magnífico era el hotel Vaughnat, tal vez optaran por cambiar sus votos y dar el sí.
—Joder, Gideon, eres un puto genio.
—No te creas. Si fuera más listo, no estaría metido hasta las trancas en mitad de una relación fallida.
—¿Hablas de tu hermano y tu cuñada?
—Ex cuñada —me corrigió—. Y sí, me refiero a ellos.
—Pero si rompieron hace un año.
Una relación que pasó del amor al odio en cuestión de días, y que salpicó a Gideon por ser cercano a ambas partes. Como si él fuera un hijo, cuya custodia debían compartir.
—Mi hermano es un imbécil. Le dejó una deuda bastante considerable a mi ex cuñada, y ella está que trina porque aún no le ha devuelto el dinero.
—Comprensible.
—Exacto. No puedes decirle a una mujer con la que ibas a casarte que se joda, porque no vas a devolverle un solo centavo.
—Joder con tu hermano.
—Exacto.
—¿Y qué vas a hacer?
—No lo sé. Es complicado. Los dos me importan, pero sé que él se está comportando como un cretino. Y el cariño no lo puede excusar todo.
Aunque él no podía verme, cabeceé en señal de asentimiento. El cariño, la bondad y la simpatía no eran infinitos, como tampoco un escudo protector. A veces, uno tenía que hacerse responsable de sus propias cagadas y seguir adelante.
—Si necesitas algo…
—Lo sé —respondió Gideon. Se le notaba cansado—. Por ahora, me tranquiliza saber que no tengo que darle la razón a ninguno. Solo espero que dejen de tocarme la moral.
De estar en el lugar de Gideon, no me hubiese mostrado tan sereno.
Pero claro, mi amigo era demasiado bueno.
Hasta que llegaba a su límite. Estaba seguro de que Gideon ocultaba a un hombre mucho más dominante y severo debajo de aquella empatía que lo caracterizaba. Solo necesitaba el estímulo adecuado.
—¿Quieres ir a cenar? —pregunté.
—Sí, sería genial.
Seguro que nos vendría bien para despejarnos.
—Nos vemos en el restaurante de siempre a las ocho —dije, y colgué.
Un minuto después, llamaba a Maddison con la intención de convencerla para que me ayudase a organizar un buen cóctel.
Me lo jugaba todo a esa carta.