Capítulo 22
Cayden
Traté de llamar a Maddison alrededor de veinte veces durante el día. Y no respondió a ninguna. Tampoco a los mensajes. Simplemente estaba enfadada —y con razón— y no era capaz ni de mirarme a la cara.
Al día siguiente, durante mi reunión con Gabriel Porter, no paraba de mirar el móvil, con la esperanza de ver algún mensaje suyo.
No llegó nada.
Y yo me sentí torpe e incómodo mientras cerraba la compraventa con el señor Porter. Estar mal con Maddison me distraía muchísimo. Más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Precisamente por eso jamás me había planteado tener pareja.
No quería que las malas rachas perjudicaran mi trabajo.
Para mí era muy importante cumplir mis sueños, llegar a ser alguien conocido por darle una segunda oportunidad a edificios que la gente no se detenía a mirar dos veces, y si algo lo ponía en riesgo, lo apartaba sin miramientos.
Con Maddison no lo conseguí. Ella sí que me importaba. Ya no solo porque crecimos juntos, compartiendo un montón de momentos importantes, sino porque ella, en sí, era una buena chica y una persona muy competente. Sabía cómo colarse en la vida de uno y ponerlo todo patas arriba.
Ya fuese deseo o cariño, o una mezcla de ambos, Maddison era importante. Y si estábamos mal, no lograría concentrarme en otra cosa.
Después de firmar con Gabriel Porter y darle la enhorabuena —muy a su pesar—, decidí tomarme el resto de la mañana libre. Estaba cansado de darle vueltas al asunto.
—¿Un mal día? —preguntó mi secretaria cuando pasé por su lado, quitándome la corbata.
—No sabes cuánto —rezongué—. No me pases ninguna llamada.
—Vale, jefe.
Cerré la puerta de mi despacho y me dejé caer sobre el sillón. El dolor de cabeza no se iba. Sentía que un montón de relámpagos se desataban en el interior de mi cráneo.
Permanecí así al menos una media hora. Cuando abrí los ojos de nuevo, y descubriendo que no había un solo mensaje de Maddison, decidí escribirle otra vez.
Cayden:
¿Puedes dejar de ser tan cabezota y hablarme?
Maddison:
¿Cabezota?
Pensé que igual a mi hermano le molestaba que siguiera hablándote.
No sé, como te gusta mantenerme en secreto.
Exhalé un suspiro.
Sí, definitivamente teníamos que solventar de una vez aquel asunto.
Cayden:
Déjame llamarte.
Maddison:
¿Para qué?
Cayden:
Joder, nena.
Para solucionar esto.
Maddison:
Como quieras.
No tardé ni cinco segundos en llamarla. Necesitaba oír su voz y que ella escuchara la mía. Dejarle claro que no era un miserable ni un mentiroso.
—Mad —dije cuando descolgó—, tienes que dejar de comportarte como si te hubiese hecho algo horrible.
—¿Que ocultaras mi presencia en tu casa no te parece malo?
—Fue una estupidez, lo sé. Pero, en serio, Mad… ¿de verdad quieres que tu hermano se entere de esa manera?
—Me importa una mierda mi hermano. Él no decide dónde estoy ni con quién —espetó, furiosa—. Eres tú quien lo coloca en un pedestal y esperas que todos los demás lo veneremos como a un dios.
—Eso no es cierto.
—¡Claro que lo es, Prince! ¿Qué te pasa? ¿De pronto te da miedo que te diga que eres un cerdo por follarte a su hermana?
Sí. No. No era ese el punto.
Todo se volvía más complejo si escarbaba un poco en la superficie. Max significaba mucho para mí. Y no quería hacerle daño.
—Aunque no lo creas, Mad, no buscaba esconderte.
Simplemente no me sentía listo para dar ciertas explicaciones.
Y de pronto me presionas y te enfadas, y te largas de mi casa, y me dejas en ascuas todo un puto día —repuse, presionando el tabique de mi nariz con los dedos—.
¿De verdad crees que esta es la mejor forma de solucionar las cosas?
—Bueno, es que a mí las decepciones y los enfados no se me pasan en cinco minutos.
—Y lo comprendo. Pero no quiero convertir esto en una batalla campal, ¿entiendes? Una guerra de reproches es lo último que quiero contigo.
—¿Qué deseas, entonces? ¿Vivir escondidos, como si estuviéramos robando bancos por ahí?
Al percibir su tono de voz relajado, mis hombros también dejaron de estar tan tensos. Hablar siempre solucionaba las cosas, para bien y para mal. Y necesitaba que Maddison entendiera mi punto.
—Por ahora, me conformo con divertirme a tu lado. Pasarlo bien y compartir lo que nos apetezca. Luego ya se verá.
—Eso no suena bien.
—¿Por qué no? ¿Cómo vamos a decirle a tu hermano lo que ocurre, así sin más? ¿Crees que no se plantaría aquí a partirme la cara y a arrastrarte de vuelta a Londres?
Maddison guardó silencio.
Finalmente suspiró.
—Tal vez tengas razón. Hemos sido descuidados.
—No, joder —ladré, de pronto asustado—. No es un error.
—Lo haces ver como uno.
—¡Porque me importáis los dos! —solté de golpe.
Odiaba abrirme, sincerarme. Hacía que me sintiera débil y expuesto—.
Y estoy en el puto medio, tratando de sobrellevar esto sin que nos afecte negativamente.
Lo siento, ¿vale? Por no decirle a tu hermano que estaba ocupado, o contigo, pero es jodidamente complicado.
Max no se tomaría bien esto. No al principio.
—Ser unos cobardes tampoco nos beneficia.
—Igual deberíamos dejar que esto avance antes de decir nada.
—¿Lo que tenemos? —preguntó, y esta vez sonó como si le costara mucho hablar—. ¿Y qué es lo que tenemos, Prince?
—No necesito ponerle nombre, nena. Lo que hay entre nosotros es una pasión fuera de control. Un fuego que arde y nos consume y nos lleva a anhelar más. Te aseguro que lo de la otra noche fue genial, y estoy deseando tenerte conmigo otra vez.
»Odio discutir —añadí, y lo hice con un tono de voz más suave—. Y más aún si es contigo.
—Tú y yo hemos discutido mogollón de veces, Prince.
—No por esto.
La escuché suspirar al otro lado.
—Vale, vale. Quizá he sido demasiado extremista. Pero es que no quiero vivir siendo tu secreto o algo de lo que te avergüenzas.
—¿En serio crees que me arrepiento de haber estado contigo? —el teléfono tembló en mi mano—. ¿Qué demonios?
—Así es como me sentí —reconoció al otro lado de la línea—, como si fuera solo un pasatiempo, algo que ocultas de los demás por vergüenza o vete a saber.
Genial. Qué poca confianza me tenía.
—Maddison, tú no eres algo que ocultaría a los demás.
No eres una mancha en la camisa, eres una mujer increíble con la que me lo paso bien y a la que aprecio.
Cada minuto contigo es valioso para mí. Aunque creas que soy un ligón, que disfruto acostándome con unas y con otras, lo cierto es que no invierto mi tiempo en quien no me interesa.
Soy muy selectivo con las personas que me hacen compañía. Y a ti te elegiría siempre.
Si se asustaba con aquello, tendría que pedirle disculpas. O quizá no, porque todo era cierto.
Aunque usaba muchas aplicaciones a la hora de buscar una cita, un plan distinto, no me dejaba engatusar por cualquiera.
Necesitaba a alguien que me estimulara más allá de lo físico.
La química en la cama estaba bien, pero una buena conversación en la mesa era algo superior. Y con Maddison había encontrado ambas.
—Así que deja de decir tonterías —agregué, y soné más mandón—, porque no voy a repetirlo.
—¿Es una amenaza, Prince? —preguntó, jocosa.
—Es una orden —corregí—. Métete en la cabeza que eres importante y no un pasatiempo.
—Tendrás que convencerme de ello.
—Lo haré —prometí.
—Genial. No vuelvas a fallarme.
—No lo haré.
—Prince.
—¿Sí?
—Tú también me haces sentir a gusto. Por eso no quiero que la cagues.
Un nudo se instaló en mi garganta.
¿Y si le hacía daño sin darme cuenta y la perdía para siempre? ¿Sería capaz de soportarlo?
Lo dudaba mucho.