Saga Sin Reglas Capítulo 21
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Capítulo 21

Maddison

Nada más abrir los ojos, lo primero que noté fue que no estaba en mi cama. Ni en mi habitación. Ni mucho menos olía a ese perfume afrutado que solía usar por toda la casa. En realidad, mis fosas nasales solo captaban la fragancia de Cayden; envolviéndome como una segunda piel.

Rodé sobre el colchón y comprobé que el dolor que sentía en los muslos y en las caderas era por el sexo, y no porque hubiera soñado todo y estuviese retenida por algún capo de la mafia.

Eso hubiese sido un error garrafal. Pero no, se trataba de Cayden.

De sus besos y sus caricias y la forma en que follaba.

Joder, hacía tanto tiempo que no me despertaba así, satisfecha y dolorida, que me quedé unos minutos sin moverme. Solo disfrutando de la tranquilidad, del silencio, de mis emociones.

Si alguien me hubiese dicho un mes antes que volvería a encontrarme con Cayden Prince, y que, además, acabaríamos envueltos en una relación pasional, me hubiera reído como una villana a punto de llevar a cabo sus planes malignos.

No tenía ningún sentido. Siempre di por hecho que ese hombre era inalcanzable e intocable.

Que estábamos destinados a ser solo compañeros en la misma mesa y en la misma casa, porque era amigo de mi hermano —su mejor amigo— y no nos quedaba de otra. Pero la vida tantas vueltas.

Durante muchísimo tiempo, una parte de mí soñaba y fantaseaba con besar a Prince.

Con descubrir el sabor de sus labios y el tacto de sus manos.

Me había tocado muchas veces pensando en él.

Imaginándolo sobre mi cuerpo, con su boca deslizándose por mi vientre y mis pechos y mis muslos.

Pero era solo una fantasía. Nada real. Una imagen que evocaba en mi mente, en la tranquilidad de mi habitación, donde nadie pudiera interrumpirme.

Sin embargo, la realidad superaba a la ficción. Y aquella pasión quemaba en mis venas.

Salí de la cama y me coloqué el vestido, la ropa interior y los zapatos mientras meditaba acerca de mi futuro. No estaba segura de si aquellas visitas se prolongarían mucho más. Y odiaba la incertidumbre que me provocaba. Se me daba muy mal fingir que algo no me importaba.

Además, comerme la cabeza era mi pasión.

Abandoné la habitación y me dirigí directamente hacia la cocina.

Olía a café recién hecho. Cayden estaba en la cocina que conectaba con el salón, con una taza en la mano y el periódico en la otra.

Solo llevaba unos pantalones de deporte oscuros encima.

Descalzo, con el pelo aún húmedo de la ducha y los labios ligeramente hinchados parecía un puto dios de la guerra a punto de volver a la batalla.

O de tomar a su mujer tras una ardua pelea.

Sin darme cuenta, apreté los muslos cuando un cosquilleo se apoderó de mi cuerpo. No estaba bien que solo viera a Cayden como alguien a quien besar y toca cada vez que me diese la gana. Era mucho más.

—Buenos días —saludé como si nada.

Él levantó la cabeza y sonrió.

—¿Has dormido bien?

—Sí, supongo que sí.

—¿Café?

Sacudí la cabeza.

—No, estoy bien —me senté en uno de los taburetes de la isla de la cocina—. ¿Siempre madrugas tanto?

—Tengo el horario de sueño jodido —admitió, dejando a un lado el periódico—. Soy incapaz de pasar más de seis horas seguidas en la cama.

—Qué envidia. A mí me encantaría pasarme una media de diez horas debajo de las sábanas. A veces el mundo se me hace insoportable.

—¿A ti? ¿Con lo vehemente que eres?

—Ya ves —encogí un hombro—. Hasta yo odio madrugar.

—Quizás podrías evitarlo si trabajaras en otro lado.

Fruncí el ceño.

—¿Sabes? Max también está muy pesado últimamente con ese tema. ¿Por qué os importa tanto dónde trabajo? Pagan bien y el horario no es complicado.

—Pensamos que mereces algo mejor, nada más —dijo, algo esquivo.

Traté de calmar mis sospechas dando por hecho que solo era una casualidad. Que esos dos veían mi trabajo como poca cosa. Y no era para menos que caminaran por el mundo con esa opinión, si ganaban una millonada al año desde el escritorio de su despacho.

Adictos al trabajo, pensé. Se piensan que todos somos iguales.

—¿Y qué tipo de empleo vendría mejor en mi casa? ¿Tu secretaria? —pregunté, inclinándome hacia él.

Cayden aprovechó mi cercanía para colocarme un mechón detrás de la oreja.

Ese simple roce envió un montón de mariposas a mi estómago.

—Vales demasiado para tenerte encerrada una media de diez horas al día en un despacho.

—Que no se entere tu secretaria.

—Ella está contenta con su empleo. Es resolutiva e ingeniosa.

—¿Tengo que preocuparme? —le cuestioné, jocosa.

A lo mejor se tiraba a su secretaria y por eso le tenía tanta estima.

No es que me molestara las amantes de Prince, en realidad.

Antes de que estuviéramos juntos, era libre de vivir su vida como le diera la gana.

Pero esperaba que no mezclara su vida anterior con la actual mientras nos acostábamos.

Que cumpliera su palabra de ser exclusivos.

—No. Antes te cortejaría a ti, la verdad —repuso él, rascándose la barbilla como si nada.

—Oh —murmuré al comprender—. ¿Y es guapa?

—¿Qué? —se alarmó—. ¿Me lo estás diciendo en serio?

Sonreí cual villana de película infantil.

—No sé.

—Mad…

—Es broma, idiota. Por desgracia, solo me gustan los hombres. Y digo «por desgracia» porque estoy segura de que la vida es mucho mejor cuando compartes la cama con alguien que es igual de blandita y sensual que tú. Dormir sobre un par de tetas debe ser como estar en el paraíso.

Cayden se echó a reír con ganas.

—Echaba de menos tus desvaríos.

—Ya, yo también.

El teléfono de Cayden sonó en ese momento. Vi de refilón la pantalla y me sorprendió que mi hermano lo llamara a esas horas.

—Tengo que cogerlo.

—No hay problema.

Respondió al tercer toque.

—Max. —Esperó a que respondiera—. Eh, sí. Algo así. —Pausa—. No, hoy no me toca ir a la oficina. Con tantas reuniones que hemos tenido esta semana, necesitaba un descanso.

—Y también un polvo que te ayudara a relajarte —dejé caer.

Su cuerpo se tensó de golpe.

—¿Qué? Claro que no. Estoy solo en casa. Debe haber sido imaginaciones tuyas.

Arqueé una ceja al comprender que le estaba mintiendo a mi hermano. ¿Acababa de negar mi presencia allí? Joder, sí que empezábamos pronto con los embustes.

¿Qué coño le pasaba a Cayden? ¿Por qué se veía tan nervioso de pronto?

—¿En serio? —siseé.

Él alzó la mano, pidiéndome que me callara, pero no me dio la gana. Lo aparté de un manotazo y bajé del taburete con la adrenalina disparándose por todo mi ser.

—Max, espera un segundo… —Colocó la mano sobre el auricular—. ¿Podemos hablar de esto en cuanto cuelgue?

—No, Prince. No me da la gana. ¿Qué le importa a mi hermano si estoy aquí, eh?

—Nena… Dame unos minutos.

Bufé y fui a buscar mi bolso, el cual dejé tirado la noche anterior sobre el recibidor. Cayden siguió mis pasos, intentando controlar mi enfado, pero no sirvió de nada.

—Que te jodan, embustero de los cojones —dije, con la esperanza de que mi hermano lo escuchara.

Sin darle opción a réplica, abrí la puerta y salí con la sensación de que todo estaba empezando muy mal entre nosotros.

No soportaba los secretos.