Saga Sin Reglas Capítulo 20
11%

Capítulo 20

Maddison

Ni siquiera me percaté de que estaba sobre la cama hasta que Cayden se acopló entre mis piernas y todo su peso cayó sobre mí de golpe. El roce directo con su piel calentó todo mi ser.

Cada uno de sus besos, ya fueran a parar sobre mis labios, mi mentón o mi cuello me tenían totalmente deshecha. Jadeando por más, como si no pudiera obtener suficiente. Y ciertamente así era.

Con Cayden siempre querría más.

—Voy a necesitar de todo mi autocontrol para no romper la maldita cama por tu culpa —gruñó cerca de mi cuello.

Rodeé sus hombros con los brazos y lo atraje todavía más. Notaba la humedad de mis piernas empapándole el bajo vientre, pero a ninguno de los dos pareció importarnos.

—Puedes romperme a mí en su lugar.

—Joder, Mad —gruñó, tomando mi boca de nuevo.

Nos besamos tanto que los labios empezaron a dolerme. Los dedos de Cayden se movía por mis muslos, mis caderas, mi cintura. A veces se detenía en mis pechos y pellizcaba mis pezones, provocándome una mezcla de dolor y placer indescriptible.

Empezaba a desesperarme cuando se apartó y abrió uno de los cajones de su mesita de noche. Sacó una caja de condones, aunque solo cogió uno de ellos.

Fue jodidamente sexy ver cómo se lo colocaba, sin quitarme la mirada de encima. También se tocó un poco, como si estuviera invitándome a tomarlo todo de él.

—Prince, ven aquí ahora mismo.

—¿Ahora me das órdenes tú, nena?

—Sí —gruñó, tirando de él hasta que su cuerpo quedó sobre el mío—. Te necesito.

—Eres una impaciente, nena.

—Y tú un imbécil.

Riéndose contra mi boca, tomó mis piernas y tiró de mí hasta colocarlas sobre sus hombros. La postura me dejaba totalmente indefensa y expuesta.

—¿Vas a seguir quejándote?

—Si no me follas ahora mismo, sí.

Cayden giró la cabeza un momento y lamió uno de mis gemelos.

—Te ocuparía la boca con mi polla, pero estoy a punto de correrme y quiero hacerlo dentro de ti.

Maldita sea. Por su culpa deseé que me callase de esa manera. Que me permitiera bajar por su cuerpo y devorar su miembro hasta que me llenara con su esencia.

Como si quisiera borrarme aquella idea de la cabeza, se ensartó en mí de golpe. Todo mi cuerpo se contrajo ante la invasión. Colmaba cada centímetro de mí y era jodidamente maravilloso.

Cerré los ojos por inercia, acostumbrándome a su invasión. Cayden, por el contrario, comenzó a moverse; lento y certero. Como si buscara llegar hasta lo más profundo de mi ser.

Sus jadeos pronto se intensificaron, y yo me obligué a mirarlo desde abajo. El pelo le caía sobre los ojos, su boca entreabierta y enrojecida se veía jodidamente sexy, y una pátina de sudor hacía que la piel le brillase.

—Prince…

—Solo tú me llamas así. Y me pone tanto.

Lo repetí varias veces más, entre gemidos y gritos que él me provocó con sus envites. Cada vez que se empujaba dentro de mí, mi cuerpo se movía sobre la cama y el cabecero golpeaba contra la pared. Lo sentía por todas partes: su mirada, su boca, sus manos. Todo.

Estaba a merced de Cayden y no podía hacer nada más que dejarme arrastrar por el placer. Por ese fuego que amenazaba con consumirme por completo.

—Eso es, nena. Sigue llamándome —demandó, inclinándose para besar mis labios con cierta dificultad debido a la postura en la que nos encontrábamos—. Estoy aquí. Estoy aquí para ti.

Atrapé su cara con las manos y lo obligué a quedarse así unos minutos; su aliento y el mío mezclándose a través de los gemidos y las frases cortas que repetíamos como si de un mantra se tratase.

Cada beso que conseguíamos conectar enviaba un relámpago de placer al centro de mi ser.

Y cuando pensé que soportaría un poco más, que me aferraría con garras y dientes a Cayden, el orgasmo se apoderó de mí y mis piernas cayeron hacia abajo debido a los temblores.

Él me sujetó con fuerza, todavía empujando dentro de mí. Acelerando y ampliando el clímax. Cerré los párpados con tanta fuerza que diminutos puntos de luz llenaron la oscuridad que me envolvía. Susurré un Prince que él correspondió con un gruñido… segundos antes de unirse a mí entre espasmos.

Cuando se hubo liberado por completo, cayó sobre mí, prácticamente desplomado. Lo envolví con los brazos y besé su frente. No había nada más íntimo que el abrazo de dos amantes después de un orgasmo.

El silencio que se instaló entre nosotros fue cálido y agradable.

A veces no se necesitaba llenar una habitación con palabras vacías.

Había ansiado algo similar desde días atrás, desde la primera vez que la boca de Cayden se posó sobre la mía, y ahora que por fin lo había obtenido, solo me quedaba alargarlo todo lo posible.

Anclarme a la forma en que su cuerpo encajaba con el mío, como si nos hubieran cortado por el mismo patrón.

Durase mucho o poco, esperaba que cada uno de nuestros encuentros fuera tan bueno y placentero como el anterior. Incluso más. Para que, en caso de que se acabase, ninguno sintiera que había cometido un error o que no había aprovechado el tiempo lo suficiente.

—¿Te quedas a dormir esta noche? —preguntó él, pasado un rato.

Se levantó con cuidado y tiró el condón a la papelera. Verlo desnudo, acariciado únicamente por la luz de la luna que se colaba por el enorme ventanal de su dormitorio, me dejó embelesada. Como si estuviera en presencia de un dios griego recién llegado del Olimpo.

—Sí —murmuré—. Sí, claro que sí.

Cayden apoyó una mano sobre mi muslo, inclinado hacia mí, y besó mi frente.

Un beso tan cariñoso que hasta mi corazón se agitó con violencia.