Capítulo 19
Maddison
Por supuesto que el apartamento de Cayden era amplio y estaba limpio.
Ese hombre amaba el orden. Pero amaba más la gama cromática de colores burdeos y rojos y grises.
Tanto su sofá como los cuadros, los muebles y las cortinas se coordinaban perfectamente en esos colores.
Y encima tenía buen gusto eligiendo los paisajes que te devolvían la mirada desde las paredes.
—¿Un poco de vino?
—No suelo beber demasiado.
—¿Necesitas algo?
—A ti —murmuré.
Cayden todavía no se había quitado la chaqueta cuando ya se estaba abalanzando sobre mí. Mi cuerpo reaccionó al instante, estremeciéndose por completo. Un cosquilleo recorriéndome desde las puntas de los dedos de los pies hasta la nuca.
Había extrañado tanto sentirme deseada de verdad.
Con mi ex casi no tenía relaciones, porque nuestros trabajos no coincidían y él siempre estaba cansado. Cada vez que conseguía seducirlo, me sentía una miserable justo después. Como si lo obligase a corresponder mi pasión por encima de sus propios deseos.
Sin embargo, Cayden ardía bajo las yemas de mis dedos. Si rozaba su mentón o su cuello, reaccionaba estremeciéndose y jadeando contra mi boca. Besaba mis labios como si de verdad necesitara mi sabor y mi aliento para seguir viviendo un día más.
La diferencia resultaba abrumadora para mí.
Enredé mis dedos entre los mechones sedosos de su cabello castaño, totalmente embriagada por su sabor y protegida por su calor.
Las manos grandes de Cayden se acoplaron en mi cintura, pegándome más a él.
Obligándome a encorvar un poco la espalda a fin de que nuestro beso se volviera más profundo, más violento.
Un hambre voraz que nos consumía como la llama a una vela.
—No tienes idea de lo cachondo que llevo toda la noche —murmuró contra mis labios antes de darme una sugerente lamida.
Repasé con lengua el rastro de saliva que dejó sobre ellos, sin perder detalle de cómo se le oscurecía la mirada. Ni en mis sueños había visto a un hombre tan atractivo como Cayden. Y si aquello que hacíamos era un pecado, entonces pecaría toda la vida. Estaba cansada de ir por el camino correcto.
Deslicé una de mis manos hasta su entrepierna y palpé su erección por encima del pantalón. Cayden dejó ir el aire de golpe. Sonreí, satisfecha por lo que sentía. La noche que nos acostamos, no me dio tiempo a verle la polla. Quería descubrir su tamaño, su textura y su sabor.
—Desnúdate para mí —ordenó.
Eso no era lo que tenía en mente, pero su petición —o, más bien, exigencia— aumentó considerablemente mi excitación. Un hormigueo en la nuca apareció de golpe cuando él se alejó y se dejó caer sobre el marco de la puerta que daba al pasillo.
Con las manos en los bolsillos, se quedó mirándome, ansioso por ver si le obedecía y yo.
Lo que Prince no sabía era que me encantaba que me ordenasen cosas en la cama.
Pero él era el primero que lo llevaba a cabo.
Sin perder detalle de su mirada, colé mis dedos por los tirantes del vestido y lo dejé caer al suelo.
Como mis pechos eran pequeños, no solía llevar sostén nunca.
No lo necesitaba. Pero eso a Cayden no pareció importarle.
En cuanto posó los ojos sobre mis tetas, se relamió sutilmente; como si estuviera viendo algo exquisito.
Y joder… me hizo sentir tan sensual. Tan magnífica.
Con él no necesitaba convencerme de que era válida, porque ya me lo demostraba de un simple vistazo.
También me solté el pelo y me quité los tacones, dejándome como mi madre me trajo al mundo. Tan desnuda que solo la brisa nocturna me acariciaba.
—Túmbate sobre el sofá y tócate para mí.
Joder… Era tan directo.
Con movimientos bastante coquetos, hice lo que me pedía, separando bien las piernas, para que supiera lo caliente que me tenía. El hambre de Cayden quemaba en la lejanía. Sabía que buscaba provocarme, llevarme al límite, y eso me encantó.
—Estoy esperando, nena.
Mis dedos se movieron por mis pechos, acariciando mis pezones endurecidos.
Por un segundo estuve tentada a pedirle que los lamiera y los mordiera, pero mantuve la calma porque quería descubrir hasta dónde sería capaz de llegar.
Sin cortar el contacto visual con Cayden, seguí trazando un camino hacia mi entrepierna y separé mis pliegues, exponiéndome a él de la forma más íntima posible.
Lo vi rozarse la polla por dentro del pantalón, y solo de imaginar que se la sacaba y me la enseñaba, que se acariciaba conmigo, me humedecí todavía más.
Ese hombre me ponía tanto.
Mordiéndome el labio inferior, inicié una serie de caricias lentas sobre mi clítoris y mi entrada, totalmente empapada y caliente. Nunca me había masturbado para otra persona. No de esa manera, al menos. Y me agradó que Cayden fuese el primero.
—¿Estás imaginándote mi boca en tu coño, nena?
—Sí…
—¿Quieres que te coma hasta que te corras? —preguntó.
—Sí, joder. Sí.
Cayden caminó con tanta tranquilidad que por un segundo pensé que era la única al borde del abismo. Pero cuando se inclinó sobre mí y besó mi vientre, y lamió mi ombligo, olvidé todo.
—Voy a devorarte, Mad. Voy a lamerte de arriba abajo, y no me detendré.
—No lo hagas.
Nada más cubrir mi sexo con su boca, grité. El roce de su lengua directamente sobre mi clítoris envió un ramalazo de placer por todo mi ser. Tanto así, que los dedos se mis pies se encogieron y aplasté su cabeza con mis muslos, sin querer dejarlo ir.
Cayden castigó mi osadía dándome un mordisco en el monte de venus. Pegué un respingo, y él tomó una de mis piernas con fuerza antes de hundir la lengua en mi interior y comerme entera.
Este hombre sí que sabía cómo devorarte. Cómo llevarte al límite.
No aguanté ni cinco minutos antes de correrme sobre su lengua y retorcerme como una culebrilla.
—Deliciosa —murmuró Cayden, dándome un último lametón.
Quería más. Quería todo de él. Pero también sabía que era mi momento de aprovecharme y descubrir qué escondía debajo de la ropa.
—¿Por qué sigues vestido? —me quejé, sentándome sobre el sofá.
Aún me temblaban las piernas.
Cayden se limitó a tomarme del mentón y besarme, hundiendo la lengua en mi boca de una forma jodidamente sexual.
—¿Tantas ganas tienes de verme la polla?
Las mejillas me ardieron por la manera en que lo dijo, aunque no dejaba de ser cierto.
—Solo deseo estar en igualdad de condiciones.
Cayden se levantó un momento y se sacó la camisa con algunos botones todavía abrochados.
Su pecho musculoso quedó a la vista, junto a los rizos oscuros que creaban un caminito hasta su entrepierna.
En cuanto se quitó el cinturón y desabrochó los pantalones, la boca se me secó por completo. Era… Sí, era jodidamente perfecto.
—¿Más?
—Sí —me relamí—. Más.
En cuanto estuvo completamente desnudo, me abalancé hacia él y me aferré a su cintura para no caerme en tanto mi boca lamía y mordía sus pectorales.
Un fuego abrasador tomó el control de mi cuerpo y ya no pensé en nada que no fuese apagarlo.
Saciarme por completo. Devorar a ese hombre de la cabeza a los pies.
Cayden me apartó el pelo de la cara, dándome margen a hacer lo que me viniera en gana.
—Te veo hambrienta.
No respondí, porque mi boca seguía ocupada sobre su cuerpo, pero un gimoteo abandonó mis labios a modo de respuesta afirmativa. ¿Cómo no iba a sentir el hambre consumiéndome… si estaba ofreciéndose en bandeja?
—Llévame a la cama —pedí.
Cayden no tardó ni dos segundos en tomarme en brazos y arrastrarme hasta el dormitorio. Rodeé sus caderas con las piernas y hundí el rostro en la curva de su cuello; no solo aspirando su exquisito olor, sino también lamiendo y mordiendo su piel.
Quería marcarlo. Que no se olvidara de mí en días.
Que supiera que la pasión que ardía dentro de mi pecho estaba fuera de control… y era por su culpa.