Saga Sin Reglas Capítulo 18
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Capítulo 18

Cayden

La idea de traer a Maddison a mi restaurante japonés favorito se me ocurrió casi por casualidad, como si quisiera compartir con ella algo de mí. Algo más allá de mi cuerpo.

Como en Londres casi siempre estábamos en casa de sus padres, no teníamos citas de ningún tipo.

Ni yo la acompañaba a sus cafeterías favoritas ni ella era la que se sentaba junto a mí en mis restaurantes favoritos.

Sencillamente éramos como dos buenos colegas que compartían la misma casa, pero nada más.

Y en cierto modo me arrepentía de haberme contenido tanto, porque sentía que había perdido muchísimo tiempo con ella. Mucho tiempo de saber qué tipo de café le gustaba, si el sushi lo prefería con wasabi o no, o si le gustaba que la sorprendieran con pequeños detalles.

—¿Siempre traes aquí a tus conquistas? —preguntó ella cuando nos sirvieron los platos con las piezas de sushi.

—No —dije, y estaba siendo honesto—. Vengo mucho con Gideon, eso sí.

No solía invitar a nadie a comer a mis sitios favoritos precisamente para que no me amargaran la experiencia.

Me gustaba volver y sentir que había vivido muy buenos momentos allí dentro.

Y cuando no conocías a la otra persona, resultaba muy difícil confiar en que no te la liaría porque no querías tener una relación seria o porque no la habías llamado en dos días.

—Es curioso cómo te haces amigos de las personas más… peculiares.

—¿A qué te refieres? —pregunté, con una ceja enarcada, al mismo tiempo que tomaba con los palillos uno de los nigiris.

—Mi hermano es un abogado adicto al trabajo que, además, siempre está colaborando con altos cargos para conseguir información. Y Gideon iba para cura.

—De eso hace ya bastantes años.

—No deja de sorprenderme que un hombre renuncie a un estilo de vida tan… sacrificado y opte por estudiar psicología en su lugar.

Como yo sí sabía la historia, no lo veía extraño. Gideon se dejaba llevar mucho por sus emociones. Y también por las personas a las que apreciaba. Lo extraño hubiese sido verlo de cura, lejos de los suyos, volcándose de lleno en su propia fe.

—¿Qué esperabas de mí, Mad? ¿Que me codease con un montón de economistas y abogados, y nos reuniéramos los miércoles para ir a un club de streptease?

—A lo mejor —cabeceó—. Te pega más.

—Tu hermano es un abogado del carajo y tiene cuatro amigos contados. La mayoría con trabajos bastante normalitos.

—Touché. —Sonrió antes de meterse el sushi en la boca con un gesto demasiado sensual. Estaba provocándome, no me cabía duda—. Así que a mí me traes porque me consideras especial.

—Porque considero que no vas a montarme un numerito.

Maddison estiró la pierna por debajo de la mesa y me rizó la pantorrilla con la punta de su tacón.

—Me tienes mucha fe, Prince.

—Te conozco lo suficiente. Y quería que fuese una velada agradable.

Por lo menos, tanto como se pudiera. Nunca pensé que ella misma se postularía para ser mi amante, amiga con derechos o como coño lo llamasen hoy día. Para mí, era Maddison a secas. Una mujer preciosa a la que deseaba con cada fibra de mi ser.

—¿Sabes? Hace algún tiempo, Max me comentó que estuviste a punto de comprometerte. ¿Qué pasó con esa chica?

—Éramos incompatibles.

Y, además, decidió tirarse a uno de los accionistas de mi empresa porque consideraba que tenía más poder que yo y la beneficiaría de cara al futuro. Se arrepintió luego, claro, y vino a contármelo; pero ya no confiaba en ella.

Pese a que la mayoría de las personas no perdonarían jamás una infidelidad, en mi caso lo hubiera hecho.

Entendía que la carne era débil y que, en ocasiones muy precisas, la pasión nos cegaba y nos espoleaba a cometer actos que no haríamos de estar mucho más tranquilos.

Pero Jane no se dejó arrastrar por un deseo arrollador, sino por la avaricia y la soberbia.

Dos pecados que no casaban en absoluto conmigo.

Y ya no quería estar con una persona que me traicionaría a la mínima y no confiaba una mierda en mí.

El futuro se construía sobre unos cimientos firmes, no sobre un montón de mentiras y dudas.

—Lo lamento.

—No es nada —aseguré—. Eso fue hace tiempo.

Tres años, para ser precisos. Ya ni me acordaba de cómo me sentía junto a ella.

—Es curioso que tú nunca te dejaras ver con una pareja seria. Max decía que tenías alergia al compromiso, pero no creo nada de eso.

—¿Hoy te has levantado curiosa, Mad?

Ella subió por mi pierna con una caricia tentativa de su pie, distrayéndome de la cena. Me dieron ganas de sujetarla y acercarla más a mí, a ver si era tan valiente como para ir a otras zonas de mi cuerpo. Zonas que empezaban a endurecerse a consecuencia de sus jueguecitos.

—Solo quiero asegurarme que tenemos las ideas claras.

—Ni tú quieres una pareja, ni yo tampoco.

Mad cabeceó, dándome la razón.

Finalmente metí la mano libre debajo de la mesa y atrapé su pierna a la altura de la rodilla. Ella contuvo un jadeo de sorpresa.

Como estábamos rodeados de mucha gente, no cometería la irresponsabilidad de acariciarla allí mismo y empaparme con sus jugos. Pero ya que andaba tan rebelde, habría que enseñarle cómo se jugaba de verdad.

—Solo sexo, sí.

Ladeé una sonrisa.

Con ella nunca sería solo sexo, simplemente porque era Maddison. Y porque parecía conocer lo que me gustaba mucho mejor que yo mismo.

Rocé el interior de su muslo con los dedos, notando cómo se erizaba y se agitaba en su silla. Debía estar expectante. Ansiosa por ser tocada.

—¿No echas de menos Londres?

—A veces —murmuró ella. Empezaba a sonrojarse un poco—. ¿Y tú?

—No demasiado.

—¿Por qué elegiste Manhattan?

—Porque aquí es más fácil desarrollar mi trabajo —dije. Mis dedos dibujando formas inconclusas sobre su piel.

—En la prensa se dice que estáis negociando sobre el hotel Vaughnat.

—Sí. Pero está jodida la cosa. Es un edificio muy conocido y, por tanto, muy caro. No todos ven clara la posibilidad de darle una segunda vida.

Y eso me obligaba a estar más horas en la oficina, llamada tras llamada, reunión tras reunión. Siempre rodeado de informes que los demás se pasaban por el forro de los cojones.

Quería ese edificio por sobre todas las cosas, pero me faltaba dinero. Confianza. Y un golpe de suerte.

—¿Por qué encuentras placer en restaurar edificios y propiedades, y luego venderlo por el doble de su precio de compra? Quiero decir, entiendo lo del dinero, pero… ¿no es un poco aburrido?

—¿Recuerdas los castillos abandonados que tanto te gustaban?

De pequeña solías soñar con vivir en uno de ellos.

Era fácil desearlo porque, en cierto modo, estaba al alcance de tu mano.

Pues con ciertos edificios y propiedades pasa lo mismo.

La gente los anhela, pero nadie se tomaría el tiempo de reformarlos, porque requiere demasiado tiempo y dinero.

Es preferible comprarlo como algo nuevo, como algo que está ahí, esperándote, y que puedes disfrutar desde el primer minuto.

»Yo hago que eso sea fácil. Pongo frente a sus narices lo que tanto desean, con un lazo rojo. Sin trampas. Un regalo para sus sentidos.

Maddison sonrió.

—Visto así… supongo que siempre hay una segunda oportunidad para todo.

Aparté un poco la falda del vestido y acerqué más su pierna, de manera que se acomodara sobre mi muslo. Ella presionó la punta del zapato contra mi entrepierna. Al descubrir lo que pasaba, arqueó una ceja.

—¿Te has puesto así solo porque me estás tocando un pie? —preguntó ella, jocosa.

—Estoy así porque sé que estás manteniendo una conversación conmigo sin nada debajo. Con el coño al aire, mojado, a la espera de que mi mano lo cubra y lo mime —corregí.

Ella suspiró bajo.

El rubor de sus mejillas se acentuó.

—Eres un descarado, Prince. Y tienes la boca muy sucia.

—Espero que se ensucie más esta noche, nena.

Tanto a Maddison como a mí nos costó centrarnos en la cena, pero lo conseguimos.

De vez en cuando, mi mano rodeaba su tobillo y subía por su gemelo hasta la parte de atrás de la rodilla.

Y mientras ella contenía un jadeo, a caballo entre la excitación y la indignación, yo le abría un poco más las piernas; para que supiera que la quería así, abierta para mí.

Una vez terminamos de cenar, Maddison aprovechó que debía ir a buscar nuestras cosas a consigna para ir al baño. La vi caminar con los muslos apretados, y esa simple imagen me excitó como nunca.

—¿Lista para volver a casa? —pregunté cuando volvió, con el pintalabios retocado y una sonrisa ladina.

—Claro.

Abandonamos el restaurante, el uno pegado al otro. Maddison caminaba como si quisiera deslumbrar a todos los presentes con el suave balanceo de sus caderas. O quizá el problema lo tenía yo, que era incapaz de quitarle la mirada de encima y todo de ella me excitaba muchísimo.

¿Cómo coño pasé por alto su atractivo antes de reencontrármela en Manhattan? Probablemente porque nunca quise darle importancia a aquellas emociones que despertaba en mí. La veía inaccesible en todos los sentidos.

Pero ya éramos adultos, y medíamos mejor las consecuencias de nuestros actos.

Le abrí la puerta del copiloto y me quedé unos segundos mirando cómo se acomodaba en el asiento, se colocaba el cinturón y bajaba el espejo para comprobar que todo estuviera en el sitio.

En el pasado actuaba igual, cuando subíamos al coche de sus padres para ir a cualquier lado a cenar o comer. Sacaba uno de sus espejitos portátiles y se pasaba todo el viaje peinándose un mechón rebelde, comprobando que su pintalabios estaba bien o sencillamente admirándose. Toda una coqueta.

Y aunque no comprendía muy bien ese afán suyo por verse perfecta, lo cierto es que no me importaba en absoluto. Conservaba tantos recuerdos de ella, que me hacía feliz comprobar que no había cambiado un ápice. Que la imagen de mi cabeza seguía casando con la realidad.

—¿Vives muy lejos de aquí? —preguntó ella cuando me subí.

—No realmente.

—Y… ¿te apetece compañía esta noche?

Mi respuesta fue colocar una mano sobre su muslo desnudo y apretárselo con fuerza.