Saga Sin Reglas Capítulo 17
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Capítulo 17

Maddison

No me sorprendió en absoluto que Cayden tuviera el coche de sus sueños. Tantos años insistiendo en que algún día tendría un Lamborghini, y allí estaba, brillante y nuevo. Como si apenas lo tocara, solo por si acaso.

—¿Cómo has bautizado a esta criatura? —pregunté, juguetona, nada más subir y colocarme el cinturón.

Fingir que no me puso nerviosa su cercanía fue muy fácil. Cayden jamás se daría cuenta que las piernas me temblaban al verlo allí, con los primeros botones de la camisa desabrochados a causa del calor y el pelo un poco despeinado; como si se le hubiese olvidado echarse fijador.

—De ninguna manera. En mi defensa diré que no conduzco demasiado.

—El otro día no llevabas este coche.

—Tuve que pedirle a mi secretaria que me dejase el suyo —admitió.

Eso tenía sentido.

Coloqué la radio en una emisora cualquiera, y bajé el volumen de manera que pudiéramos mantener una conversación decente.

En principio, pensé en no venir a la cita. Habría sido mucho más fácil. Pero, tras siete días comiéndome la cabeza, decidí que no quería detener ese fuego que ardía en mi interior y que Cayden potenciaba.

Estaba cansada de portarme bien.

—¿Dónde vamos?

—A un restaurante japonés. ¿Te gusta?

—No está mal.

Él sonrió de medio lado.

—Pensé que no vendrías.

—Ya, yo también. —Como no se me daba bien dejar los temas a un lado, aparcados hasta que se encontraba el momento idóneo, aproveché la comodidad del coche para sacar a relucir lo que tanto nos preocupaba a los dos—. No se lo dijiste a Max.

Cayden no me miró, pero se le notaba en la cara que no se sentía orgulloso de ello. Aunque tampoco era algo que le quitase el sueño.

—No. ¿Querías que lo hiciera?

—No realmente. Max es mi hermano, no mi marido.

—Eso mismo dijo Gideon —repuso, ocultando lo divertido que le parecía aquella coincidencia.

—¿Entonces? Mira, no quiero complicar algo que es mucho más sencillo de lo que parece.

Y tampoco me apetece pasar una velada incómoda porque no nos atrevemos a decir en voz alta lo que de verdad sentimos —me sinceré—.

Lo de la otra noche estuvo de puta madre, y no sé qué esperabas tú, o qué quieres, pero no me importaría que se repitiese en más ocasiones.

Después de la decepcionante relación que tuve con mi ex, solo quería pasármelo bien sin dolores de cabeza ni miedos que me acecharan por las noches. Y Cayden no era el tipo de persona que te hacía daño a propósito. Lo conocía tan bien que con él todo resultaba mucho más fácil.

Además, follar con él fue todo un espectáculo.

Aún fantaseaba con besar su cuello, arañarle la espalda y montarlo hasta que se me cansaran las piernas.

Necesitaba descubrir sus puntos débiles; ahí donde un simple beso era capaz de tumbarlo sin remedio.

Sentir que el deseo iba en ambas direcciones y no me tenía por una inmadura, una desesperada o alguien inalcanzable.

—¿Propones que seamos… amantes? —Cayden aprovechó que nos detuvimos en un semáforo para mirarme—. ¿Follamigos?

—Odio muchísimo que todo tenga que llevar una etiqueta, pero… llámalo como quieras. Tú me atraes y creo que yo a ti también. ¿O no? —entrecerré los ojos sobre él.

A lo mejor me había invitado a cenar para pedirme que fuéramos colegas otra vez, y nada más. Que olvidáramos lo ocurrido y así evitar problemas de cara al futuro.

—Mad… parece mentira que no me conozcas.

—Como siempre eres tan parco en palabras.

Él colocó una mano sobre mi pierna y apretó con fuerza. Solo con eso ya me alborotó todas las hormonas.

—Reconozco que esperaba poder hablar con calma cuando llegáramos al restaurante, pero ya que sacas el tema, claro que deseo volver a estar contigo.

—Y, aun así, no me has escrito en siete días.

—No sabía muy bien si era lo correcto —dijo, y sonaba sincero—. Tú tampoco me has escrito.

Apartó la mano y volvió a ponerse en marcha.

Eché de menos ese simple contacto.

—Tampoco lo tenía claro. A ratos pienso que estoy loca, y en otros… —suspiré—. Londres queda muy lejos, y Max no tiene por qué enterarse. Ya sabes, una aventura que sea solo tuya y mía —sugerí.

—¿Y si en algún momento te cansas?

—Te lo diré a la cara y volveremos a ser solo amigos.

Demasiado fácil… y por eso me asustaba, porque no las tenía todas conmigo. Cayden era muy importante para Max y para mi familia. Siempre sería bienvenido a mi hogar, tuviera veinte, cuarenta o sesenta años. Y si las cosas salían mal entre nosotros, todo se enturbiaría.

Pero confiaba en que éramos dos adultos responsables de sus propias pasiones y sentimientos.

—Con una condición.

Bufé, dispuesta a soltarle que no acataría orden alguna, mas Cayden clavó en mis esos increíbles ojos azules y perdí el hilo de cualquier pensamiento que resbalara sobre mi cabeza.

—No volverás a entrar en aplicaciones de mierda. Ni yo tampoco. Si tenemos una aventura, será exclusiva.

Tragué saliva al sentir el peso de su petición sobre sus hombros. De todos modos… ¿por qué pensaba que buscaría en otra parte lo que él ya me ofrecía en bandeja? Aparte de no haber conseguido nada en el último mes, no me interesaba ningún otro.

Lo quería a él.

—Exclusivos —repetí.

Cayden asintió con la cabeza.

—Bien —accedí de buena gana—. ¿Por qué no lo hacemos divertido desde el principio?

Antes de que él preguntase nada, tiré del elástico de mis bragas de encaje y me las saqué por las piernas. Benditos vestidos, siempre lo simplificaban todo. Las sostuve con el dedo índice y las agité cerca de él, esbozando una sonrisa ladina.

—¿Serás capaz de comportarte sabiendo que estoy sin nada debajo de este vestido?

Un gruñido emergió de su pecho, a modo de queja. Y sonó tan sexy.

Enseguida noté que me humedecía.

Ese hombre era mi perdición.

—¿Vas a empezar a tocarme la moral desde el minuto uno?

—La moral no lo sé, pero otras cosas… —dejé caer, relamiéndome.

La respiración de Cayden se aceleró solo de escucharme. Y sin mediar palabra, me quitó las bragas y se las guardó en el bolsillo del pantalón.

—Te has puesto cachonda, nena. Déjame ver cuánto. Métete un par de dedos antes de que lleguemos al restaurante.

Dios, me encantaba que Cayden supiera seguirme el juego. Había soñado con alguien así toda la vida.

Obedeciendo su orden, separé las piernas e introduje una mano debajo de la falda, acariciando mis muslos, algo mojados. Cuando llegué a mi sexo, aún más húmedo si cabía, hundí ligeramente los dedos entre mis pliegues. Un jadeo ahogado brotó de mis labios.

—Nena…

Saqué la mano y le mostré los dedos brillantes por mi excitación.

—Acércalos a mi boca.

Joder, ese hombre iba a conseguir que me corriera sin tocarme.

De nuevo, obedecí. Rocé sus labios con las yemas y los introduje lentamente en su boca. La lengua de Cayden me hizo cosquillas a medida que lamía con un ansia animal. Como si estuviera devorando la comida más deliciosa del mundo.

—Dulce. Jodidamente dulce.

—Prince…

—De hoy no pasa que te sientes en mi cara, nena —prometió.

Noté una sacudida en mi vientre, totalmente excitada. Solo quería jugar, pero él era mucho más avispado que yo y había conseguido darle la vuelta a todo. Colocarme entre la espada y la pared. Y se sentía tan jodidamente bien.

Por fin había encontrado al compañero que mi cuerpo necesitaba.