Capítulo 14
Cayden
Nunca pensé que acabaría consumido por un fuego tan intenso como el que Maddison encendía en mí. Solo con aspirar su olor al pegar la nariz a su nuca podía sentir que todo mi ser ardía.
La quería para mí.
Si pensaba en Theo tocándola o besándola, un ser monstruoso dentro de mí se revolvía con furia.
No pensaba dejarle el camino libre. Y, a juzgar por la manera en que Mad respiraba y se revolvía entre mis brazos, ella tampoco estaba pensando en ese imbécil.
—Estás… mal de la cabeza… Prince.
—¿Eso significa que deseas que te suelte?
Estuve a punto de liberarla, pero ella pegó más su culo a mi entrepierna y usó su mano para agarrarse a mi antebrazo con fuerza.
—No. Al diablo contigo y con todo.
La tomé de la mandíbula y giré lo suficiente su cabeza para alcanzar la comisura de sus labios. Besarla en esa postura resultó ser jodidamente difícil… pero muy estimulante para los sentidos.
Mad gimoteó, frotándose contra mi erección. La misma que ella ya había provocado tan solo unos minutos antes. Siseé por la fricción, abarcando su vientre con una mano mientras con la otra la mantenía en el sitio; más que dispuesta a recibir mis besos, mis mordiscos.
Aquello estaba jodidamente mal, pero no me importó.
Sinceramente, no pensaba con la cabeza de arriba mientras nos acoplábamos contra la pared de la cabina del ascensor, acariciándonos con una desesperación inhumana.
—Prince…
Solo ella me llamaba así, y solo ella conseguía que se me pusiera aún más dura.
Acaricié la piel de su muslo a través de la abertura del vestido, totalmente embriagado por su calor, su suavidad y su olor.
Maddison apoyó una mano contra la pared, encorvándose un poco.
Eso me dio margen para subir la tela y dejar al aire lo que parecían ser unas bragas negras de encaje… con muy poca tela.
—¿Cómo cojones vas por la vida con esto?
—Es sexy —fue su respuesta.
Joder si lo era.
Nada más dejar su culo al aire, comprobé que eran solo unas tiras finas y muy frágiles las que se pegaban a sus caderas. De un solo tirón las acabé rompiendo.
—Oye… esas bragas…
—Olvídalo. No te hacían justicia.
Ella se giró hasta quedar frente a mí, con el vestido subido hasta sus caderas y uno de los tirantes caídos. La imagen que mostraba era suficiente para que terminase corriéndome en mis pantalones sin necesidad de tocarme.
¿Desde cuándo era tan malditamente sexy esa mujer?
—No pienses, Prince. Ni se te ocurra… pensar en nada —gruñó, atrayéndome para que la besara.
Cubrí su boca en un beso hambriento que le erizó toda la piel. Maddison me acogió como si hubiese pasado toda la vida esperándome y aquella fuera su grandiosa bienvenida.
Un par de besos con ella y ya sentía que nadie me pondría tan caliente ni tan en alerta como Maddison.
Sus dedos desabrocharon algunos botones de mi camisa, buscando con anhelo acariciar el vello que salpicaba mi pecho, el trazo que creaban hacia el sur. El bulto en mis pantalones era tan obvio que no me molesté en ocultarlo. Simplemente le dejé explorarme tanto como quisiera.
—Dime que tienes condones por algún lado.
—Tengo condones.
—Bien —gimoteó, besándome por el mentón y mordiéndome la manzana de Adán—. Bien, porque no te perdonaría que me calentaras de esta manera para nada.
Quise reírme, pero no lo logré.
Pegué su cuerpo todo lo que pude a la pared y volví a besarla. Quería comérmela a besos hasta el cansancio. Por todas las veces que deseé su boca y tuve que hacerme el loco, mirar para otro lado y olvidarme de ella.
Su sabor era muchísimo mejor de lo que recordaba. Una explosión en el paladar. Tan dulce y picante como Maddison.
Cuando ella desabrochó mis pantalones y coló la mano debajo de mi ropa interior, acariciándome con un par de dedos, noté una sacudida a la altura del estómago. Aquello era real. Realmente era Maddison la que se arqueaba y la que anhelaba mi polla.
No era un maldito sueño, como tantas otras veces.
—No tenemos mucho tiempo, Mad —murmuré cerca de su oreja, presionándome contra su mano para así buscar más fricción—. Tendrá que ser rápido.
—Sí —gimoteó al sentir cómo le mordisqueaba el cuello y le lamía el lóbulo de la oreja—. Sí, joder.
Tiré de los tirantes del vestido, descubriendo sus pechos. Aunque ella se quejara siempre de tenerlos pequeños, a mí me parecieron una delicia. Capturé uno de sus pezones con los labios y chupé con suavidad, escuchándola gemir.
Maddison arqueó la espalda y agarró mi polla con la mano, masturbándome con la misma parsimonia con la que yo devoraba sus pechos. Un juego de poder e igualdad donde ninguno saldría ganando, porque estábamos jodidos desde el primer beso que compartimos.
Deslicé una de mis manos entre sus piernas y cubrí su boca de nuevo con un beso demoledor. Estaba tan malditamente mojada y lista para mí. Solo tuve que separar un poco sus pliegues con los dedos para llegar a su clítoris y acariciarlo con el pulgar.
Maddison volvió a gemir, esta vez contra mi boca. Parecía al borde del colapso; tan deshecha por el placer que en cualquier momento se correría.
Y eso me encantó.
—Prince…
Sonó casi a una súplica.
Me hubiera gustado darme todo el tiempo del mundo para acariciarla y besarla y lamerla, pero no teníamos mucho, así que saqué un condón de mi cartera y rasgué el envoltorio con los dientes. Ella me ayudó bastante, dado que terminó de bajarme los pantalones un poco y liberar mi polla.
Su expresión de sorpresa al verla, casi como si fuera la mejor maldita cosa que hubiese visto jamás, me puso tan nervioso como cachondo.
—¿Satisfecha?
—Hasta que no la pruebe, no puedo decirte —repuso, juguetona.
Terminé de colocarme el condón y le di la vuelta, obligándola a arquear la espalda para que sus caderas se elevaran un poco. Solícita, Maddison apoyó las manos sobre la superficie de la cabina.
Le aparté el pelo hacia un lado, la agarré de la cintura y me ensarté en ella hasta el fondo. Maddison jadeó tan fuerte que hasta su interior se contrajo, apretándome tanto que no pude ni moverme. Se sentía jodidamente estrecha y caliente, tan húmeda. Era el puto paraíso.
—Relájate un poco, Mad… —murmuré, besando su nuca y sus hombros desnudos.
Ella clavó las uñas en mi antebrazo y suspiró cuando lamí cerca de su oreja.
La quería disfrutando, no pasándolo mal.
—No importa… Es que hace tanto… —dijo, ahogando un gemido cuando me retiré y volví a entrar en ella—. Maldita sea…
Sí, entendía el punto. Y tendría que haber sido mucho mejor. Maddison se lo merecía. Pero, joder, un polvo en un ascensor no daba para mucho más. Tendría que compensarla por ello.
Otro día.
En otra oportunidad.
La abracé con fuerza por la cintura antes de iniciar una serie de acometidas lentas y profundas que le arrancaban una sinfonía de gemidos. Toda la cabina temblaba bajo el peso de nuestros cuerpos encontrándose una y otra vez y otra vez.
Nunca imaginé que Maddison pudiera ser tan sexy, pero allí estábamos, mandando a la mierda cualquier código moral y follándonos como si no hubiese un mañana.
Con la espalda totalmente pegada a mi pecho, echó la cabeza hacia atrás y me dio mayor acceso a su cuerpo. Sin dejar de embestirla una y otra vez, empapándome con sus flujos y su calor, me entretuve jugando con sus pechos y con su cuello. Lamiendo y mordiendo y pellizcando.
Quería llegar a todas partes. Que me sintiera incluso cuando todo terminase.
—Eres jodidamente sexy…
Su respuesta fue ahogar un gemido.
Sonriendo de lado, y con cierto esfuerzo, llevé una mano a sus labios y dejé que ella lamiera mis dedos de una forma tan sensual que estuve a punto de correrme.
—Joder…
—Prince, no te detengas.
—No lo haré, preciosa.
Cuando mis dedos estuvieron completamente empapados con su saliva, los llevé hasta su clítoris hinchado y lo acaricié al mismo compás de mis embestidas. Maddison me apretó aún más, dificultándome el avance a su interior. Pero eso solo lo hizo muchísimo más placentero.
—Córrete para mí, Mad —le pedí.
La sostuve de la cintura cuando el clímax se apoderó de ella apenas unos minutos más tarde.
Temblaba tanto que me costó seguirle el ritmo mientras gemía mi nombre y clavaba sus uñas en mi piel.
El ardor que sus rasguños me provocaron no fue nada comparado con las contracciones de su vagina, exprimiéndome al máximo.
Y aunque quise saborear un poco más el momento, acabé por seguirla, vaciándome por completo en su interior.
Aun así, no me retiré al instante. Me quedé un poco más así, abrazándola, oliendo y saboreando su piel a pesar de que en algún momento alguien llamaría al ascensor y nos vería. Pero me importaba una mierda.
El haberme acostado con Maddison lo cambiaba todo por completo.
Habíamos cruzado una línea que siempre estuvo ahí, bien marcada, parpadeando con luces de neón. Y ahora teníamos un oscuro y perverso secretito que no podría salir de allí.
¿Qué sería de nosotros a partir de entonces?
—Debería volver a la fiesta —dijo ella, cogiendo sus bragas del suelo—. O volver a casa.
—Te llevo.
—No será necesario. Prefiero coger un taxi.
Aunque me miró con esos ojos grandes y expresivos, no logré comprender qué se le pasaba por la cabeza.
—Avísame cuando llegues.
—Claro.
Cuando salí del ascensor y las puertas se cerraron, dejé ir un suspiro.
Definitivamente todo acababa de empeorar entre nosotros.