Capítulo 13
Maddison
—¿Qué ha pasado? ¿Algo va mal con el cáterin? —fruncí el ceño a medida que nos alejábamos de la fiesta—. ¿Uno de los camareros ha cometido una falta?
El cáterin que encargamos para la fiesta de cumpleaños de Michael era el mejor de toda la maldita ciudad, pero nadie estábamos exentos de cometer errores o tener un mal día.
Si alguno de los camareros había hecho algo malo, le llamaría la atención y trataría de compensarlo de alguna manera.
Por algo estaba allí, con el teléfono en la mano, a la espera de cualquier contratiempo.
Normalmente se encargaba de esto alguno de los chicos que trabajaban en la empresa, o incluso Judah, pero ninguno pudo venir y me enviaron a mí. Y estaría aún de morros de no ser porque al fin un hombre interesante se dejaba caer frente a mis narices.
—No, en realidad no.
—¿Entonces?
—Te ahorraba una mala noche, eso es todo.
Detuve mis pasos en seco y lo aparté de un suave empujón.
—¿A qué te refieres, Prince?
Él exhaló un profundo suspiro.
—Theo es un gilipollas. Y me estaba poniendo enfermo ver cómo intentaba ligar contigo.
—¿Qué? —no di crédito a lo que escuchaba—. ¿Acabas de arruinar una conversación interesante por…? ¿Por qué, exactamente? ¿Celos?
La sangre hervía dentro de mis venas. ¿Cómo se atrevía a joderme de esa manera? ¿Y por qué? No tenía sentido.
—¿Celos? —Prince parecía a punto de echarse a reír en mi cara—. Claro que no, Mad. Se llama sentido común.
—Pero si a ti te falta de toda la vida, joder.
¿Es que también te has confabulado con mi hermano para joderme cualquier intento de cita?
¿Es eso? —como no era seguro alzar la voz, lo arrinconé fuera de la sala, en el pasillo que llevaba a los baños y al ascensor—.
Tu descaro es casi tan grande como tu ego, Prince.
—Escucha —tomó mi mano con fuerza, y al ver que me resistía, cedió solo un poco y rodeó mi muñeca con los dedos. Quemaba ahí donde él tocaba—, Theo es un imbécil. Y aunque des por hecho que estoy comportándome así por celos, no es así. No te daría nada bueno.
—Oh, claro. Porque planeaba casarme con él y tener hijos, ¿verdad? —siseé con rabia—. ¡Solo estaba siendo amable!
—Y ligando contigo.
—Sí, Prince; y ligando conmigo.
—Por eso es mejor que te quedes quietecita y no te vayas a su casa. Es conocido por todos que Theo no trata bien a las tías.
—¿Ah, sí? ¿Ahora te preocupas por mí y porque no me rompan el corazón?
—repuse, burlona. Liberé mi muñeca de su agarre al pegar un tirón—.
Pues lamento informarte que lo que quería era romper mi celibato, Prince.
Me da igual si miente a las tías, si les hace creer que irá en serio o algo así.
No buscaba una relación duradera, sino una noche divertida donde pasármelo bien. Pero claro, tenías que fastidiármela.
El pecho de Cayden subía y bajaba muy rápido, como si le costara respirar. Hasta sus pupilas se habían dilatado un poco. Se le veía como un león rabioso al comprobar que su presa no se dejaría matar sumisamente.
Y verlo así disparó algún tipo de chute de adrenalina dentro de mi cuerpo, porque enseguida noté que la boca se me secaba y el pulso se me aceleraba.
Un deseo velado quemándome las entrañas mientras mis ojos se deslizaban desde sus iris a su boca.
Esos labios carnosos y rosados que tenían pinta de hacer maravillas.
—¿Tanto necesitas un jodido polvo? ¿Por qué no vas a cualquier pub un lunes por la noche y gritas a los cuatro vientos que necesitas un poco de marcha, ya que estamos? —casi rugió, acorralándome contra la pared más cercana—. Estoy seguro de que no te van a faltar ofertas.
—No seas tan ridículo, Prince. Y no uses tu cuerpo para someterme.
—Someterte… —bufó. Sus párpados se entornaron cuando colocó un brazo por encima de mi cabeza, quedando con medio cuerpo inclinado hacia mí—. Tendría que hacerlo, sí. Meterte en vereda.
Tragué saliva.
No, no, no. Aquello era malo. Terrible.
Mis rodillas temblaron al sentir su fragancia penetrando por mis fosas nasales y embriagándome por completo. Olía tan bien. Tan masculino.
Coloqué ambas manos sobre su pecho con la idea de apartarlo, mas las fuerzas me fallaron y acabé por apoyarme en Cayden. Él jadeó en respuesta.
—¿De qué vas? ¿Crees que soy algún tipo de objeto que uno esconde en el cajón, para que nadie lo vea?
—Llevas dos malditas semanas torturándome con tu maldita necesidad de echar un polvo. Dos. Malditas. Semanas —insistió, deletreando con furia cada palabra—. ¿Y sabes qué? Me he cansado.
—Tampoco importa tu opinión —gruñí—. Volveré a la fiesta y me ocuparé yo sola de mis asuntos.
Él soltó una carcajada seca.
—Realmente te vale cualquiera, ¿no?
Lo empujé lejos de mí y le clavé la mirada encima como si quisiera apuñalarlo allí mismo.
—Que te jodan.
Aunque debería haber regresado a la fiesta, no lo hice. Tal era el enfado que me consumía. A cambio, caminé hasta el ascensor y me metí dentro. Pero antes de que pudiera darle a cualquier botón, Cayden entró conmigo y me pegó contra la pared de la cabina con una fuerza sobrehumana.
—¿Qué… coño… haces? —exclamé al sentir sus brazos rodeándome por completo.
—Darte lo que necesitas, Mad. Estoy harto de fingir que no deseo ser yo quien calme esa pasión que quema en tus venas.
Tendría que haberlo alejado. Lo sabía. Pero el corazón y la razón rara vez se daban la mano.
Normalmente ganaba siempre lo que uno realmente anhelaba, aunque fuera perjudicial para la salud.
Y esa noche, mientras las puertas del ascensor se cerraban, dejé que mi pasión y mis ansias tomaran el control de mi cuerpo.
Si iba a caer en la tentación, por lo menos haría que valiese la pena.
Y ya me arrepentiría al día siguiente.