Capítulo 12
Cayden
—¿Por qué demonios has tenido que invitarme a una fiesta de cumpleaños?
Aparté la mirada de la banda de música que tocaba a un lado de la amplia sala y miré a Gideon, sentado a mi lado, con una mueca de incomodidad.
—¿No se supone que los tipos como tú no maldecís?
—Ja, ja. Qué gracioso.
Sonreí a la par que acercaba la copa de champán a mi boca y le daba un sorbo.
Tomarle el pelo a Gideon me ayudaba a no pensar en Maddison. La veía pasearse de un lado a otro, asegurándose que todo estaba en su sitio y el cáterin no metería la pata. En teoría, le tocaba a su compañero encargarse de esta fiesta, pero había enfermado y ella lo sustituyó en el último momento.
Tanto mejor. Esto me ayudaría a ganármela antes de que fuese demasiado tarde.
Tenía que convencerla de que trabajar en esa empresa era una estupidez, y para ello había invitado a varios inversores y conocidos de Michael, el cumpleañero.
Con la excusa de que era un momento de celebración, reuní a las personas adecuadas para presentárselas a Maddison.
O que ellos mismos lo hicieran por su cuenta.
Si le ofrecían un puesto de trabajo mucho mejor, es probable que ella lo aceptara.
O eso esperaba, al menos.
—Te he traído porque no soportaría estar aquí mucho tiempo. Odio los cumpleaños.
—¿Y por qué demonios has invitado a tanta gente? Para empezar, deberías haberte quedado quietecito.
—Ya te comenté que necesitaba hacerlo.
—Sí. Pero, a mi parecer, es mucho más fácil si hablas con ella —señaló a Maddison con un movimiento de la cabeza.
No soportaba que se la estuvieran comiendo con la mirada. Llevaba un vestido de cóctel negro bastante sencillo, de tirantes finos y una pequeña abertura en la pierna derecha. Los tacones y las joyas resaltaban tanto que era imposible pasar de largo. Sencillamente estaba bellísima.
¿Por qué no me había fijado antes? Aún conservaba los lunares de su hombro izquierdo, y la pequeña cicatriz debajo de su barbilla.
En el pasado, me había quedado mucho tiempo viéndolos. Eran como las señales de identidad de Maddison.
—No la conoces.
—No, y no querría. ¿Por qué le tenéis tanto miedo?
Casi me eché a reír.
¿Miedo? Ni de coña. Es que esa mujer no cedería si la presionaba un poco. Era demasiado impulsiva como para sentarse a escuchar y entender lo que ocurría.
—Te aseguro que Mad no asustaría ni a un cervatillo recién nacido.
—Pero ni su hermano ni tú sois sinceros con ella —apreció Gideon.
Eso de que hubiese estado a punto de ser cura era un problema.
Que encima hubiese estudiado psicología, lo hacía aún peor.
Aparte de ser una persona bastante reflexiva, también era muy observadora.
Se daba cuenta de todo. Sí, se le daba de puta madre escuchar, pero también era puntilloso hasta el extremo.
No existía nada que se escapara de su radar.
—Es mucho mejor así. Estamos moviéndonos en terrenos peligrosos.
Le había contado a Gideon todo lo que ocurría. Él era muy bueno como psiquiatra, así que sus consejos me salvaban la vida en ciertas situaciones. Excepto con Maddison.
Por mucho que él insistiera, no le diría la verdad.
—Tendríais que hacer terapia conmigo. Max y tú. Es extraño que nunca vayáis de frente cuando las cosas se ponen mal.
—¿Y eso por qué?
—Porque las personas, de normal, hablan de sus emociones y sus pensamientos. Hablan mucho.
—Si eso fuera cierto, tú no tendrías trabajo.
Gideon ladeó un poco la cabeza hacia la derecha.
—Te explicaría la diferencia entre hablar de aquello que nos infla el ego y aquello que nos hace sentir miserables, pero estoy seguro de que no es el discurso que quieres oír esta noche.
—Venga, no te lo tomes a mal. Valoro tu esfuerzo, pero necesito que Maddison esté lo más tranquila posible.
—Pues más te vale que le prestes atención, porque está hablando con Theo Montgomery, y todos sabemos que él solo busca una cosa.
Todos mis sentidos se pusieron en alerta al mismo tiempo. Dejé la copa a un lado y comprobé que, en efecto, los dos hablaban al otro lado de la sala. Maddison sonreía muchísimo, como si el muy idiota le estuviera lanzando a la cara todo su repertorio de halagos. Y probablemente fuera el caso.
Theo era un completo imbécil. Intentaba tirarse a todo lo que tenía falda. La mayoría de sus secretarias abandonaban al mes de entrar a trabajar con él porque las acosaba hasta lo indecible. Y si no tenía una denuncia —o varias— era únicamente porque nunca dejaba pruebas de nada.
¿Y ahora buscaba llevarse a la cama a Maddison? Ni de puta coña.
Pero ella sí que parecía interesada en aquel paripé. Theo, aunque fuese imbécil, gozaba de un atractivo físico muy evidente. Alto, moreno, ojos claros. Y un tono de voz muy sugerente.
—Mierda —dejé ir entre dientes.
Gideon, junto a mí, chasqueó la lengua.
—Sería mejor que rescataras a tu princesa antes de que la roben.
—No es mi princesa. Y no van a robarme nada.
Gideon se limitó a encogerse de hombros.
—Tú sabrás.
Solo me quedé en mi asiento porque no veía peligro, de momento. Y porque no tenía mucho sentido que me presentara en medio de esos dos, con la idea de joderles la conversación.
Hubiese sido un puto canteo.
Aun así, no les quité la vista de encima.
—Está a puntito de invitarla a su casa —dejó caer Gideon un rato después, viendo cómo cada vez estaban más cerca el uno del otro—. ¿Seguro que no…?
Lo callé con un gruñido.
Si eso pasaba, tendría que intervenir. Y no porque Theo fuese una amenaza —solo era un idiota con el ego por las nubes—, sino porque me negaba en rotundo a la que usara como a las demás. Maddison no era ningún pasatiempo con fecha de caducidad. Merecía algo más.
Y yo quería darle eso algo más.
Aunque no pudiese.
Aunque estuviera prohibido.
Mientras los demás se lo pasaban bien en la fiesta, solo tuve ojos para Maddison. A veces los interrumpían y ella se daba una vuelta por la sala, asegurándose que todo seguía en orden, pero rápidamente volvía junto a Theo y permitía que le regalase los oídos con palabras falsas.
Estaba tan guapa esa noche. Tan apetecible.
Tengo que dejar de pensar en estas mierdas.
Frustrado conmigo mismo, me levanté del asiento y fui a hablar con algunos compañeros de la empresa. No tenía sentido que me quedase aislado cuando fui yo quien se encargó de preparar la fiesta sorpresa.
Eso sí, elegía los mejores lugares en los que colocarme, vigilando desde lejos a Maddison. Si ese imbécil le hacía algo…
Dios, qué ganas de borrarle la sonrisa de la cara.
—¿Y qué haréis con la compra del hotel Vaughnat? —preguntó uno de los presentes.
Mi compañero y socio principal de Prince Staintment, se hinchó como un pavo y no dejó de hablar al respecto durante un buen rato.
Él era el encargado de planear nuestro contrato del siglo.
Si conseguíamos ese hotel, lo remodelábamos y le cambiábamos el nombre antes de su venta, nos haríamos mucho más ricos.
Pero, sobre todo, ganaríamos tanto prestigio que nadie dudaría nunca más en cerrar un trato con nosotros.
Por no hablar que ese asunto ayudaba a que mi mente estuviera centrada en algo que no fuese Maddison o todo el asunto turbio que envolvía a su jefe.
Aunque George, mi compañero, no dejaba de hablar, no seguí el hilo de su conversación en ningún momento. Mis ojos seguían en Maddison. En su vestido negro. En la porción de piel que dejaba ver. En su pelo rubio, liso y largo hasta la cintura.
¿Cómo podía estar tranquila a sabiendas de que tenía revolucionados a dos hombres al mismo tiempo?
Como si estuviera escuchando mis pensamientos, alzó la mirada y se encontró con la mía en la lejanía. Una sonrisa ladina curvó sus labios pintados de rojo. Y ese simple gesto bastó para que mi corazón y mi polla se agitaran a la par.
—Voy a tomar una copa, ahora vengo —dije rápidamente.
Caminé hacia la mesa donde se encontraba Gideon, pero él no estaba. Lo habían retenido en una conversación y, al parecer, se lo pasaba en grande, porque los tenía a todos entretenidos de cojones.
Como mi amigo no podía salvarme de mi propia frustración, cogí una de las copas de champán frío recién servidas y me la bebí de un trago.
¿Qué estaba haciendo con mi vida?
Nada más girarme de nuevo, vi que Maddison tomaba de la mano a Theo y lo acompañaba a un lugar más apartado. El corazón me dio un vuelco dentro del pecho. ¿Acaso iban a acostarse o algo así?
No pensaba permitirlo.
Sin medir las consecuencias de mis futuros actos, prácticamente me acerqué a ellos en varias zancadas y coloqué una mano sobre la cintura de Maddison. Ella se tensó tanto que parecía a punto de romperse.
—¿Interrumpo algo?
—Pues la verdad es que s… —empezó a decir Theo.
—Es importante —dije, mirándola solo a ella—. Sobre la fiesta.
A pesar de su cara de fastidio, Maddison asintió con la cabeza.
—Volveré enseguida —prometió a Theo.
Justo cuando nos alejábamos, lo miré y sacudí la cabeza a modo de negación; advirtiéndole de que no la esperase. Porque Maddison no regresaría.
Ya me encargaría de eso.