Saga Sin Reglas Capítulo 11
6%

Capítulo 11

Maddison

—¿Una fiesta de cumpleaños, dices? —repetí, por si acaso no había escuchado bien.

—Sí —dijo Cayden al otro lado—. Es el cumpleaños de uno de los accionistas y nos gustaría prepararle una bonita velada. Algo discreto, tipo cóctel. Con música en directo, cena…

Observé la pantalla de mi ordenador con interés. Teníamos un hueco justo para el día que Cayden necesitaba. Y un cumpleaños como ese podría venirnos de perlas a la empresa. Cuantas más personas fueran testigos de nuestro trabajo, más encargos nos harían.

Además, los cócteles se nos daba bien. Judah y yo éramos expertos en montar la mejor fiesta de todas para celebrar cualquier evento.

—De acuerdo, cuenta con nosotros. Pero saldrá un poco más cara, ya que nos has avisado a último momento y es posible que en el cáterin nos exijan un extra.

—No hay problema con el dinero, Mad.

Por supuesto que no. Los compañeros de Cayden debían estar montados en el dólar. Compraban y vendían edificios muy importantes, reformados, y se embolsaban una gran cantidad de dinero por ello. Cada venta suponía más ceros en sus cuentas corrientes.

A veces me daban un poco de envidia. Tenía que ser una aventura vivir sin mover un dedo, solo firmando contratos y recibiendo dinero por tener buen ojo a la hora de darle una segunda oportunidad a edificios que a nadie le importaba.

—Muy bien. Te iré informando de todo.

—Gracias.

Su llamada inesperada me dejó con un regusto amargo en el paladar toda la mañana. Dado que me desinstalé la app, no había vuelto a hablar con él. Y sí, su número estaba grabado en mi teléfono, pero no era lo mismo. Carecía de motivos para hablarle.

De todos modos, tampoco quería perder el tiempo con él. No éramos amigos, ¿no? Solo viejos conocidos. Como dos primos lejanos que se alejaban con el paso de los años debido a sus intereses.

Él jamás sería algo más que Cayden Prince, el mejor amigo de mi hermano. Mi primer crush, pero no el actual.

Ya no tenía edad para estar pensando en esas tonterías.

—Uh, alguien está de morros —dijo Mariah nada más verme bajar a comer con ella—. ¿Qué pasa?

—Nada especialmente llamativo. Tuve una cita anoche y fue un jodido desastre.

—¿Tan mal follaba? —preguntó, bajando la voz.

Salimos del edificio y nos dirigimos al restaurante de pasta italiana que había al final de la calle. Barato y bueno, justo lo que mi cuerpo necesitaba ese día.

—No llegamos tan lejos. El tipo se pasó tooooda la noche hablando de su ex.

—¿Qué? —Mariah agrandó los ojos—. ¿A quién se le ocurre?

—A este lunático, al parecer. Dudo mucho que deseara una cita como tal. Probablemente necesitaba volcar toda la mierda sobre una mujer que le diese la razón acerca de su ex.

—Un clásico.

Cabeceé, dándole la razón.

—Está claro que tu vida amorosa y sexual está en su peor momento.

—Todo es culpa de esta ciudad —refunfuñé, deteniéndome en el paso de peatones al ver que estaba en rojo el semáforo—, no hay nadie normal.

—Yo soy normal.

—Pero no me gustan las mujeres. Ojalá.

Mariah dejó ir una risita.

—Agradezco el cumplido, pero no serías mi tipo.

Le di un codazo juguetón.

—Gracias por subirme los ánimos, supongo.

Cruzamos el paso de cebra y Mariah me devolvió el empujón.

—Vamos, mujer. No necesitas que te diga que estás buenísima. Eso ya lo sabes.

—Empiezo a creer que he envejecido como diez años de golpe desde que mi ex me dejó. ¿Cómo es posible que con veintisiete años no sea capaz ni de ligarme al hombre más simple del mundo?

—Porque ellos quieren sentir que dominan, y contigo es complicado.

—¿Qué? —la miré como si se hubiese vuelto loca—. ¿De qué hablas?

—Tu personalidad es arrolladora. Eres un puto tren en marcha, incapaz de detenerse ni aunque vea el peligro. Contigo es todo o nada, ¿entiendes? Se nota desde fuera.

Nunca lo había visto de esa manera, y nunca pensaría que eso fuese algo negativo. ¿No era mejor que supiera lo que quería? Marear la perdiz no estaba entre mis atributos. Si quería algo, iba a por ello. Todo lo demás dejaba de importar.

¿Sería posible que los hombres me vieran tan inaccesible? Porque, joder, no me apetecía una mierda jugar el papel de damisela en apuros con tal de echar un polvo.

—He metido la pata, ¿verdad? —se lamentó Mariah, deteniéndose frente al restaurante—. Lo siento. A veces soy demasiado sincera.

—No, no. Está bien. Es justo que me digas las cosas como las ves y las piensas —encogí uno de mis hombros y empujé la puerta. Un delicioso olor a carbonara llegó hasta mi nariz, abriéndome el apetito—. El problema es que no puedo dejar de ser yo misma.

El chico que había en la puerta nos atendió con una sonrisa antes de llevarnos a una de las mesas cercanas a la puerta. Mariah eligió la silla junto a la ventana y yo me quedé la que daba al pasillo. Por lo menos no había tanta gente como otras veces.

—¿Por qué no te planteas elegir a hombres más… imponentes?

—Define imponente —pedí.

Mariah apoyó los codos sobre la mesa y me miró con esos ojos de cervatilla que no había cometido un crimen en la vida.

—Hay hombres que son dominantes por naturaleza y no se asustan al ver a una mujer de tus características. De hecho, les gusta. Es como tener una rival a su altura.

—¿Y tú cómo sabes todo eso?

—Soy muy asidua a leer todas las mierdas que la gente sube a los foros de internet.

Es interesante —dijo como si nada—. Sigo una página donde las personas envían sus dudas y sus anécdotas más vergonzosas, y casi siempre pasa lo mismo: la persona que parece tenerlo muy claro es la que más difícil lo tiene.

—Excepto si encuentra a un igual.

—Exacto.

El camarero nos trajo la carta. Mariah ordenó una botella de agua para las dos y unos colines de entrantes. Las dos sabíamos ya qué nos gustaba comer cuando pisábamos ese restaurante.

—Mh… Muy trillado. Y difícil. ¿Cómo sé qué tipo de hombre es imponente?

—Porque no se achantaría ante tus comentarios.

No supe por qué, pero la imagen de Cayden vino a mí como lo haría un rayo. Tan rápido, que casi terminé mareada.

Él no se dejaría amedrentar por mí. Es más, solía seguirme el rollo o simplemente dejaba pasar mis comentarios fuera de lugar como si no fuera con él la fiesta. Y estaba completamente segura de que en la cama se comportaría igual.

No dejaría que alguien como yo lo sometiera, porque él ya tenía experiencia de sobra en controlar cada maldito aspecto de su vida. Se limitaría a dar placer y recibirlo, y a estar siempre dando órdenes.

Y eso, lejos de ofenderme, me excitó de algún modo.

Es justo lo que necesitaba. Alguien como él… pero sin que se tratara de Cayden Prince.

—¿Alguien en mente? —preguntó entonces Mariah, bastante curiosa.

—No —mentí—. No conozco a nadie en Manhattan, y los que entran en esa definición están al otro lado del charco.

A pesar de que soné bastante serena, pude ver en la expresión de mi compañera que no me creía en absoluto.

Por supuesto que había alguien en la ciudad capaz de ponerme en mi sitio. Siempre lo hizo, en realidad. Cuando éramos pequeños y cuando éramos adultos.

Joder, todo era una mierda.

No quería caer en la tentación con Cayden Prince, pero la vida se empecinaba con ello todo el maldito rato.

—Ajá. Qué pena, entonces.

Apreté los labios y asentí con la cabeza.

El camarero llegó justo a tiempo, y eso me dio algo de margen para dirigir la conversación a otro tema. No me apetecía seguir hablando de sexo, citas y cosas así.

Si todo giraba en torno a Prince, no me interesaba.

Y a cabezota no me ganaba nadie.