Saga Sin Reglas Capítulo 10
5%

Capítulo 10

Cayden

Resoplé cuando el teléfono volvió a sonar a pesar de que lo estaba ignorando. ¿Quién cojones llamaba a las seis de la mañana? ¿Es que no había otra hora para molestarme en mi día libre?

Miré la pantalla y maldije al ver el nombre de Max en la pantalla.

Por supuesto que él era el único capaz de molestarme.

—¿Qué pasa?

—¿Estabas dormido?

—¿Tú qué crees, Sherlock? —aun así, me incorporé sobre la cama al mismo tiempo que me apartaba un mechón rebelde de la frente—. Diferencia horaria.

—Ah, ya —escuché que tamborileaba sobre alguna superficie con los dedos—. Es importante.

Elevé la mirada al techo, preguntándome si su padre había tenido otro amago de infarto. Con ese sería dos en menos de un año. Y si Maddison se enteraba, no dudaría en coger el primer avión y plantarse en Londres.

—¿Tu padre?

—¿Qué? Ah, no. Él está bien. En Venecia, de viaje. —Hizo una pausa—. Necesito que me ayudes con algo.

—Tú dirás.

Aquella dinámica se repetía constantemente, y es que solo confiábamos el uno en el otro para ciertos asuntos.

El día anterior, Max colocó sobre mi bandeja de entrada un correo con toda la información necesaria de Gabriel Porter. Gracias a él, podría gestionar aquella compraventa con despreocupación. Al final cedería, si sabía lo que le convenía.

Y ahora que Max necesitaba mi ayuda, no le torcería el gesto. Haría cualquier cosa por ese hombre.

—Han puesto a la venta el hotel Vaughnat, en Nueva York. Uno de los hoteles más impresionantes que se ha diseñado jamás. Recuerdo que querías hacerte con él.

Solté un jadeo al escucharlo.

¿El hotel Vaughnat estaba a la venta? Si consiguiera comprarlo, sería la adquisición del siglo para mi empresa. Nos haríamos más ricos de lo que ya éramos.

—¿Qué demonios?

—Me enteré de casualidad, y he conseguido información sobre por qué se pone a la venta.

—¿Problemas financieros?

—Su actual propietario, el que tiene el ochenta y tres por ciento de las acciones, va a ser acusado de cómplice por prostitución. El tipo se ha dedicado a abrir otros hoteles en Tailandia, con la esperanza de que nadie supiera lo que se cocinaba dentro.

Joder.

Eso no era un asunto menor.

—¿No es eso similar a…?

—Bingo —dijo Max—. El jefe de mi hermana está en el ajo.

Esos dos trabajaban juntos, pero es complicado.

Para acusarlos, primero necesitan reunir unas cuantas pruebas más.

El punto es que todo el mundo se ha bajado del barco en cuanto el nombre de Vaughnat ha salido en la lista negra.

Nadie quiere trabajar con él por temor a que los investiguen como cómplices.

—Y crees que tu hermana estará en peligro en caso de que la policía vaya contra Howard Jones —comprendí.

—Ese tipo me da mala espina. Estoy seguro de que está buscando cómo lavarse las manos. Sobre todo, ahora que uno de sus cómplices está en el punto de mira. Es una rata acorralada, y todos sabemos cómo actúan esos animales cuando se sienten en peligro.

Presioné el tabique nasal con los dedos, conteniendo un suspiro.

—¿Y qué quieres que haga yo?

—Comprar el hotel, dado que es tu momento. Y alejar a mi hermana de Jones.

—Lo primero está chupado; podemos hacer una buena oferta. El problema es tu hermana. No va a acceder a dejar el trabajo.

—Entonces tendremos que convencerla de que necesita algo mejor.

Casi me dio por reír.

—Buena suerte con ello.

—Hablo en serio, Cay —rezongó al otro lado de la línea.

—Tu hermana es ingobernable. Es un puto huracán. No hay quien la detenga. ¿Qué te hace pensar que a mí va a escucharme?

—Siempre tuvisteis buena relación, ¿no? En el pasado, os escuchaba hablar durante horas en el piso de abajo. Teníais buena conexión.

—Solo éramos unos críos —repuse.

—Hay cosas que nunca se pierden, Cay. Y es mi hermana. No quiero que manchen su nombre por culpa de un puto violador de niños.

Aunque me hubiera gustado decirle que no, fue imposible. Maximus era mucho más que un hombre preocupado por su hermana pequeña. Era un hombre que estaba lejos y no podía hacer según qué cosas por sí mismo, y eso lo limitaba muchísimo.

Solo le quedaba yo, después de todo. El único capaz de proteger a Maddison del escándalo.

El problema residía básicamente en ella. No aceptaría ningún tipo de imposición ni petición acerca de su trabajo. Ella quería trabajar allí, ser la reina, y no soltaría tan rápido lo que tanto trabajo y esfuerzo le costó conseguir.

Vigilarla podía ser algo más accesible, siempre y cuando dejara de hablarme de cómo necesitaba que alguien la cubriera de besos y caricias. Esas imágenes debían ser eliminadas de mi cabeza, morir calcinadas, o me metería en un puto lío.

¿Pero qué iba a hacer? Maddison me importaba, ya fuese por el cariño residual de tantos años siendo amigos o porque era la hermana de alguien a quien admiraba y apreciaba por encima de todo. No tenía sentido alguno mirar hacia otro lado. Incluso si eso me colocaba sobre la cuerda floja.

—¿Has probado a hablar con ella?

—Se cabrearía, me llamaría mentiroso y me bloquearía de todos lados. A mí no va a tomarme en serio. En cambio, a ti…

—Llevamos años sin vernos.

—Precisamente por eso, Cay, eres el indicado. Para ella eres inofensivo.

No tanto, pensé.

Que estuviera conteniéndome no significaba que fuese todo de color de rosa. Maddison era la manzana roja que me rehusaba a morder. Pero si la tenía constantemente frente a mis narices, cabía la posibilidad de que terminase devorándola.

Claro que no compartiría esos pensamientos con Max.

—Muy bien —cedí—. Pero voy a tener que buscarme una buena excusa para tenerla cerca estos días.

—De hecho, creo que tengo una idea.

Cómo no. Max nunca daba puntada sin hilo. Era experto en tener todo planeado de antemano, y así conseguir lo que se proponía sin contratiempos.

—Soy todo oídos.

Mientras Max narraba su plan y yo apuntaba todo, no dejé de pensar en lo jodida que sería mi vida a partir de entonces. Si no me permitían apartar a Maddison de mi camino, ¿cómo cojones iba a resistir la tentación? ¿Cortándome la polla?

Solo esperaba que no me diese demasiados problemas, porque entonces tendría que ser honesto con Max. Y nada me provocaba más desasosiego que hablarle de cómo me atraía su hermana y lo jodidamente difícil que era mantener mi radar fuera de ella.

Estoy jodido.